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Análisis | 'Los amigos de Casado no se llaman Cayetano', por Jorge Fauró

Los benévolos

En las últimas manifestaciones de la ultraderecha contra el colectivo LGTBi no hay ideas ni conceptos, sólo palabras con un peso enorme y amenazante

Día del orgullo LGTB en Elche

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Tras visionar las imágenes de un grupo de manifestantes en el madrileño barrio de Chueca (“fuera sidosos de Madrid”, “se va a acabar el matrimonio homosexual”, etcétera), me acordé de Las Benévolas, la novela de Jonathan Littell de 2006, premio Goncourt de ese mismo año. La leí dos años más tarde y acudí días atrás al ejemplar, seguro de haber garabateado notas al margen y subrayado algún párrafo. Deduje bien. Allí estaban al final del libro y escritas a lápiz, en esas páginas en blanco tan útiles para anotar pasajes que luego me permiten rememorar qué impresión saqué de la obra y ponerla en contexto con las circunstancias. A veces lo hago para refrescar la memoria y saber si el libro me encandiló o, por el contrario, acabé detestándolo. Para saber esto último no era necesario acudir a mis notas. Las Benévolas es una novela soberbia, difícil de olvidar, tan apabullante en su contenido como cruel en su narración, sofocante a veces, desagradable otras, adictiva e imprescindible para entender lo que fue el nazismo y algún comportamiento humano posterior.

Las Benévolas es la autobiografía ficticia de un exoficial de las SS que, años después de acabar la Segunda Guerra Mundial, tira de memoria para describir las salvajadas que cometió en tiempos del Reich. Cuidadoso de ocultar su homosexualidad en el asfixiante ambiente de la Alemania de Hitler, resuelve eliminar cualquier sospecha entregándose en cuerpo y alma a la causa. Participa activamente en matanzas de judíos y narra con naturalidad la relación incestuosa con su hermana; se alista en los Einsatzgruppen de Ucrania, donde asiste indiferente a toda clase de crímenes; viaja a Stalingrado y es testigo de un horror que observa como simple espectador; gestiona la burocracia de los campos de exterminio y huye de un Berlín en ruinas sin que nada de esto afecte años más tarde a su conciencia. Simplemente, lo hizo. No hay remordimiento. Un nazi de manual.

Rebusqué entre las notas porque estaba seguro de que regresando a sus páginas hallaría explicación al hecho de que 200 manifestantes de ultraderecha, camuflados bajo la identidad de una supuesta organización afín a menesteres menos insalubres, se adentraran en pleno corazón del Madrid LGTBi para amedrentar a sus vecinos, sin autoridad que los detuviese y con los parabienes administrativos que la democracia concede. Sin una sola brizna de mala conciencia, sin desasosiego por el mal causado.

Lo que me hizo relacionar la noticia de Chueca con la obra de Littell tenía que ver menos con el nazismo o con el personaje que con una de las citas marcada con grafito: “Aún creemos en las ideas, aún creemos en los conceptos, aún creemos que las palabras se refieren a ideas, pero no es forzosamente cierto, quizá no hay ideas en realidad, quizá en realidad no hay más que palabras, y el peso propio de las palabras.”

Y así fue. Pueden visionar todos los vídeos y leer todas las noticias que quieran sobre la manifestación. Más allá de las palabras, no encontrarán una sola idea ni un solo concepto, solo palabras con un peso propio y enorme (maricas, sidosos) relativizado por la condescendencia de las autoridades que permitieron semejante disparate y que dicen, creían, pensaban, suponían, conjeturaban, presumían, imaginaban que se trataba de una protesta pacífica contra la Agenda 2030, un concepto -este sí- que a nadie parece importarle en esta polémica y que trata en realidad de fomentar la igualdad, la protección del planeta y, como promete la campaña oficial, “un nuevo contrato social global que no deje a nadie atrás”.

En la mitología griega, las diosas Euménides representaban la personificación femenina de la venganza. En las tragedias de Esquilo, persiguieron a Orestes por matar a su madre, hasta que Atenea instaura un tribunal que lo absuelve del crimen, las diosas aceptan el veredicto y pasan a llamarse Benévolas. “La hierba crece muy espesa encima de las tumbas de los vencidos y nadie le pide cuentas al vencedor”, subrayé a lápiz en otra parte de la novela. Lo que no está claro en esta historia es quiénes son las Benévolas, si los manifestantes que intimidaban a los vecinos de Chueca o las autoridades que, con suma “benevolencia”, han permitido estos hechos y saldado la protesta con 600 euros de multa. De lo que no tengo duda es de quiénes representan a los vencidos. Y estos últimos, de momento, somos el resto.

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