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Carlos Gómez Gil

Economía digital y desigualdad

La nueva economía digital va, por tanto, más allá de los espacios tradicionales de la economía para adentrarse en la esfera personal de nuestras vidas, apropiándose de información vital que forma parte de su modelo de negocio global

Facebook Messenger.

En todo el mundo avanza la llamada economía digital, impulsada por el máximo aprovechamiento de los avances tecnológicos y en las telecomunicaciones para afianzar la conformación de nuevos monopolios digitales de dimensiones globales, dotados de un poder inusitado. De la misma forma que el carbón impulsó la revolución industrial en Europa durante el siglo XIX, la digitalización y las tecnologías de la información están propulsando la economía y la sociedad global en el siglo XXI con características novedosas, marcadas por el poder absoluto de un reducido grupo de nuevas megacorporaciones, capaces de intervenir sobre todas las esferas de nuestras vidas, poniendo el planeta y las bases materiales de la vida humana a su servicio.

Las históricas dinámicas de acumulación económica están pasando del capital productivo al capital algorítmico, obtenido a través de la acumulación ingente de información manejada por grandes corporaciones tecnológicas especializadas, que utilizan para obtener gigantescas plusvalías mediante un cambio histórico en las reglas de juego. Ya sea a través de comercios de venta electrónica, mediante la utilización de plataformas digitales de entretenimiento, el uso de redes sociales, el alquiler de vehículos, el acceso a nuestros servicios de banca electrónica, el empleo de nuestro teléfono móvil o de buscadores de internet, estamos continuamente ofreciendo información personal a través de miles de millones de datos, unas veces de manera consciente y otras muchas sin tener conocimiento de ello. Esta cantidad fabulosa de datos se acumulan en empresas tecnológicas especializadas para su uso, su venta y explotación,

La nueva economía digital va, por tanto, más allá de los espacios tradicionales de la economía para adentrarse en la esfera personal de nuestras vidas, apropiándose de información vital que forma parte de su modelo de negocio global. Todas las grandes corporaciones tecnológicas, como Facebook, Apple, Microsoft o Google, avanzan sobre esquemas similares. Todas estas compañías comparten la generación de servicios y productos que son cada vez más demandados y necesitados, como ha sucedido en la pandemia. Todas ellas han diseñado estructuras fiscales opacas que les permiten eludir el pago de impuestos en los países donde operan o actuando con matrices en paraísos fiscales o territorios off shore.

Si sumamos los beneficios de estos cuatro gigantes tecnológicos solo en 2020, año de crisis y pandemia global, ascendieron a 171.208 millones de dólares, más que el PIB de 139 países en el mismo año, disponiendo así de un poder financiero extraordinario a la hora de impulsar investigaciones, invertir o adquirir empresas y sociedades en todo el mundo.

Hablamos, por tanto, de una economía digital que concentra cada vez más riqueza y poder en menos manos, generando espacios de desigualdad despiadados, nunca vistos, que añaden inestabilidad social y política. Según los últimos datos, la mayor fortuna del mundo ascendería a más de 230.000 millones de dólares, estando en manos de Jeff Bezos, fundador de Amazon, que se acaba de gastar 5.000 millones en un viaje espacial en la ingravidez de cuatro minutos. El coste de este disparatado viaje permitiría vacunar a más de 2.500 millones de personas en el mundo. Y lo peor es que le han seguido otros multimillonarios que quieren convertir sus insolentes paseos espaciales en signo de su fabulosa riqueza, en un mundo hambriento que sufre por los cuatro costados.

Naturalmente que los servicios digitales han generado avances enormemente valiosos para la humanidad, pero a medida que las tecnologías digitales evolucionan, extendiéndose la captación de información sobre las personas, así como la acumulación y el procesamiento de datos de la mano de sofisticados procesos algorítmicos, surgen también nuevos usos que dañan nuestros derechos, sin que seamos conscientes de ello. Actualmente se intentan anticipar nuestras decisiones de compra o de consumo, de condicionar nuestros gustos o actitudes, de clasificarnos en base a nuestras actitudes políticas o comportamientos sociales, e incluso de desplegar medidas policiales o de seguridad en base a la información que se obtiene de nuestros datos personales. Y todo ello sin conocimiento ni control personal o judicial alguno, por medio de aplicaciones de big data.

Es así como esta nueva economía digital avanza, creando una poderosa fracción superior de una élite mundial, producto de la expansión de la cúpula restringida de superricos que, centrados en sus propios intereses, despliegan un poder y un dominio cada vez mayor sobre los gobiernos, la economía y la sociedad. En la actualidad, quien accede y controla los datos dispone de un dominio global que es el que despliegan estas nuevas oligarquías digitales.

Por supuesto que las nuevas tecnologías digitales, los macrodatos y la utilización de algoritmos pueden mejorar extraordinariamente la vida de las personas, su salud, los servicios públicos, el bienestar y la prosperidad, pero para ello se necesita de una regulación mucho más amplia de la que actualmente existe, para evitar con ello que sirva de excusa para dar una nueva vuelta de tuerca en el avance hacia un mundo todavía más desigual e injusto.

La llamada economía digital presenta elementos inquietantes para asegurar el cambio de rumbo que el planeta exige. Más parece que algunos de sus nuevos ejes de innovación tecnocientífica están abriendo brechas gigantescas, nunca vistas, de acumulación, poder y desigualdad que hay que empezar a taponar.

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