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La ministra de Hacienda, María Jesús Montero.

Los trastornados proverbiales, que abundaban antes, creían ser Napoleón y, a falta de gorro, uniforme, botas, espadín, medallas y caballo, se metían la mano dentro de la camisa desabrochando un botón. Puesto a idear, podrían haber asumido una identidad falsa, la del coronel Aureliano Buendía, pongamos por caso, pero no; optaban por asumir una identidad auténtica aunque diferente.

En ésas estaría pensando la ministra María Jesús Montero cuando, siendo portavoz del Gobierno, aseguró en su momento que los periodistas mentían al decir que el dirigente del Frente Polisario Brahim Gali había entrado en España bajo una identidad falsa con el beneplácito gubernamental. En realidad, aseguró la ministra Montero, sus papeles indicaban sólo una identidad distinta pero real. Resulta que se habría hecho pasar por un peluquero de Argel, pongamos por caso, pero la prensa, ese enemigo de la verdad y del progreso —Pablo Iglesias dixit— siempre quiere tergiversarlo todo.

 A menudo he tenido la tentación de responder a cualquiera de los burócratas de turno que, cuando intento llevar a cabo algún trámite, me piden que les dé una dirección soltando la de una calle y número de Madrid al azar, Castellana 115, pongamos. Quieren una y se la doy; en ningún momento me han precisado que fuese la mía. Pues con Brahim Gali debió pasar lo mismo: un pasaporte, le pidieron, y les dio uno que encima era del todo real. Quizá el nombre fuese diferente, e incluso la fotografía, pero ya se sabe que los extranjeros de cualquier otra etnia nos parecen todos iguales. Y qué decir ya de los nombres musulmanes que, encima, cambian a la que tienen su primer hijo varón, Así que la portavoz Montero tenía motivos de sobra para enfadarse ante tantos melindres horros de justificación. 

 Lo más divertido del asunto es que, según parece, el dirigente del Polisario cuenta con la nacionalidad española al haber nacido en los tiempos aquellos en que esa parte del Sáhara se consideraba una provincia nuestra y hasta tenía representantes en las Cortes franquistas. Gali disponía, pues, de los documentos suficientes para entrar en España sin necesidad de tener que asumir una identidad diferente. Los disimulos tendrían poco que ver con los papeles reglamentarios y mucho más con la necesidad de las autoridades españolas de cubrirse las espaldas, no se fueran a enfadar los marroquíes (que se enfadaron). Cae, pues, por su propio peso el acierto absoluto de la Abogacía del Estado al solicitar que se oculten los detalles del caso Gali, se expulse de él a las acusaciones particulares y se entierre todo el asunto bajo un velo de discreción. De lo contrario, nos deberían aclarar por qué motivo no dijo Brahim Gali que era Napoleón, siguiendo a los clásicos.

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