Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Matías Vallés

Al azar

Matías Vallés

El abucheo a España

Pedro Sánchez, en el recibimiento de los Reyes en el Palacio Real.

Pedro Sánchez, en el recibimiento de los Reyes en el Palacio Real.

Los asistentes a un acto gritan con ferocidad poco creativa. Abuchean por tanto a España, protagonista de la fiesta. Su odio perfecto está sustentado por las redes, que permiten habitar una realidad virtual sin fisuras. Encarnan sus insultos en Pedro Sánchez, a quien culpan ahora de que haya catalanes y otros seres exóticos en el país. La intensidad del griterío sacude las imágenes, el recurso al tópico omite que es la protesta más combustible de los últimos tiempos. Un hermoso recordatorio a diez meses de distancia del asalto al Capitolio estadounidense, aunque la pereza hispana garantiza que se ahorrarán la molestia de rodear el Congreso.

El abuchómetro del martes es la mejor encuesta, mide la hostilidad al Gobierno con mayor precisión que el CIS desacreditado. Te cargas el templo de los sondeos y el pueblo se toma la estadística por su cuenta. Al igual que ocurre con los proyectiles artilleros, la violencia de los insultos les obliga a perder exactitud. Son tan poco certeros como tildar de «paleto» a Sánchez. Si un madrileño de Tetuán desciende al catetismo, el cosmopolitismo se ha puesto por las nubes, aparte de calcular el epíteto que los integristas reservan a los españoles periféricos.

La turba de ultraderecha incendia la Fiesta Nacional en un aquelarre contra España, sobresaliente Letizia al apoyar a Sánchez encontrando por una vez la diana adecuada para su concienzudo tono reprobatorio. Quien recibe aplausos también puede ser vituperado, con el aliciente de que los insultos le trasladan la futura composición de las cámaras, pero la hoguera viene atizada por ejemplares como Carmona, que recibirá medio millón anual de las eléctricas por militar en el PSOE, partido de los señoritos. Los invitados silban sin discriminar, si fueran demócratas advertirían que su podio del odio solo resulta intolerable porque la ceremonia coloca al Rey y su consorte un peldaño por encima del presidente elegido democráticamente. Y tampoco cuelan los aplausos compensatorios a Felipe VI, que no sobreviviría un día en La Zarzuela sin el sufrido apoyo socialista.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Recuerda que con la entrada en vigor de la Normativa Europea PSD2 se requiere un doble proceso de validación a la hora de realizar la transacción.
Te recomendamos tener a mano tu móvil. Estamos aquí para ayudarte, 963 030 967.

Compartir el artículo

stats