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Antonio Gil Olcina

Antonio Gil Olcina

Catedrático de Geografía. Rector honorario de la UA

Veroños

Turistas británicos disfrutan del sol en la terraza de uno de los hoteles que ha reabierto en Benidorm de cara al otoño. | DAVID REVENGA

Veroño es neologismo, procedente de la fusión parcial de los vocablos verano y otoño, no admitido por la Academia; sin duda, por su escasa difusión y poco uso, limitado a especialistas e interesados en Climatología o Meteorología. Sin embargo, alude a temperie perfectamente percibida por el gran público a causa de sus temperaturas marcadamente superiores a las que tocarían por época, como evidencian los llamados veranillos de San Miguel, San Martín y San Diego de Alcalá, fechas todas ellas posteriores al equinoccio de otoño (22-23 de septiembre). Así pues, no es solo voz expresiva y eufónica, sino plena de significado, alude a la prolongación del verano meteorológico en el otoño astronómico, situación nada extraña en la Región climática del Sureste Ibérico, entre la alicantina Sierra de Bernia-Morro de Toix y el granadino Cabo Sacratif, de 38º40’ a 36º40’N.

Ninguno de los mecanismos climáticos que interaccionan en el Sureste Ibérico posee una proyección equiparable a la de la subsidencia subtropical, no solo como causa primordial del máximo de Azores, sino asimismo por su responsabilidad capital en las más intensas y prolongadas sequías, así como en la escasez estival de precipitaciones; ya que el verano seco es un rasgo de subtropicalidad y no de mediterraneidad, aseveración esta última tan arraigada y frecuente como errónea y carente de fundamento. A la hora de justificar la poquedad e irregularidad pluviométricas de esta región climática ningún factor iguala, sin desconocer e infravalorar otros, a la subsidencia subtropical, hegemónica en estío, durante buena parte de otoño y primavera una mayoría de años, de ahí el “buen tiempo”. Recordemos también la proximidad del desierto sahariano, inmenso hogar de aire tropical continental, masa esta que, en función del análisis en superficie o relieve isobárico y estación, inhibe las precipitaciones, las embarra o, incluso, potencia. El primero de estos episodios es consustancial a advecciones meridianas de aire sahariano, causantes de golpes u olas de calor; la estabilidad está garantizada por la presencia en los niveles superiores de crestas subtropicales o anchas dorsales protectoras de aire cálido; a los efectos que ahora nos ocupan, no es excepcional en las franjas costera y prelitoral alicantinas que, en octubre y noviembre, algunos días o semanas sea precisa la ropa de verano. A diferencia, el aire tropical continental en origen supone un serio riesgo potencial de aguaceros muy copiosos e intensos cuando un largo recorrido o prolongado contacto con las aguas mediterráneas, a veces en viaje de ida y vuelta, le permiten enjugar su déficit hídrico y adquirir una elevada humedad específica.

Para una mayor y mejor comprensión de la trascendencia pluviométrica del veroño, parece oportuno recordar, siquiera sea sucintamente, los hechos siguientes: en última instancia, el gran responsable de los esporádicos diluvios del Sureste Ibérico es el Mediterráneo; colosal reservorio de agua y calorías, enriquece en ambas al aire en contacto, proporcionándoles, a través del vapor de agua, junto a esta la energía necesario para la génesis de gigantescas nubes puestas en pie, enormes cumulonimbos, que interesan todo el espesor (9-11 km) de la troposfera. El suministro de vapor de agua es más abundante si la evaporación es muy activa y elevadas las capacidades de absorción y retención de aquel por el aire en presencia; una y otras crecen a medida que lo hace la temperatura, incremento inherente a los veroños. Rememoremos también que, cara a la circulación preponderante del oeste, las tierras prelitorales y costeras alicantinas quedan de espaldas al Mediterráneo; de ahí que los vientos llovedores no sean de componente oeste (ponientes, mistrales, lebeches o garbinos), sino este (levantes y gregales, primordialmente); son estos vientos del primero y segundo cuadrantes los que, en su caso, conducen aire supramediterráneo muy húmedo e inestable.

Tras el equinoccio, a medida que avanza el otoño, a más de 50ºN el aire frío recupera posiciones, de modo que sus descensos latitudinales ganan extensión y fuerza. Puede ocurrir que en el Sureste Ibérico, donde con frecuencia el tiempo es aún veraniego, con aire relativamente cálido (crestas, dorsales) en altitud, se hagan presentes o no, a esos niveles, irrupciones de aire frío: en el primer caso inestabilizan la atmósfera, en el segundo permanece estable y tranquila. Sucede, por ello, que unos veroños conocen diluvios, agravados por las elevadas temperaturas de las aguas marinas; otros, en cambio, prolongan el seco verano. En tierras alicantinas no faltan ejemplos arquetípicos de unos y otros.

Tras un verano cálido y prolongado más allá de su duración astronómica, un aguacero torrencial sobre el Bajo Segura y su entorno el 8 de diciembre de 1965 ocasionó, los días 9 y 10 siguientes, la inundación autóctona de la Vega Baja: el veroño había auspiciado este diluvio cercano ya el solsticio de invierno. Pasado este, más de dos décadas atrás, el veroño de 1944 había permitido los fortísimos jarreos de Navidad, los días 25 a 28 de diciembre, que ocasionaron violentas llenas del Guadalentín, con destrucción del Reguerón e inundación del sector meridional de la Vega Media. En noviembre de 1987 la Vega Baja volvió temporalmente a su antigua condición palustre, enteramente alagada por una lluvia que, en menos de 24 horas, excedió en Orihuela la precipitación anual media; para evacuar las aguas estancadas, fue precisa la voladura de la mota izquierda del Segura en San Fulgencio. El inicio del temporal que, en la primera semana de noviembre de 1987, anegó las comarcas de La Safor, Marina Alta y Bajo Segura no fue anunciado ni previsto: los diluvios correspondientes fueron excepcionalmente copiosos e intensos, al punto que Oliva proporcionó el récord español de precipitaciones máximas en 24 horas, para la serie 1961-1990, con 817 mmm recogidos esencialmente en menos de 12 horas el 3 de noviembre; dos días después, Orihuela recibía 316 mm. No es aventurado concluir que con semejantes alturas o volúmenes guardaron estrecha relación los valores llamativamente elevados de las isotermas marinas en superficie frente a las costas oriental y suroriental de la Península Ibérica durante el verano (26-28 ºC) y veroño (21-26 ºC) de 1987, grave riesgo potencial que se tradujo en los catastróficos acaecimientos citados. Así pues, los veroños prolongan y amplían, a la vez que intensifican, el periodo de máximo riesgo de lluvias catastróficas en el Sureste Ibérico.

Como veroños de consecuencias opuestas a las anteriores, y no menos notorios, baste mencionar los de 1969 y 1978 en la Marina Baja, con gravísimas dificultades para el abastecimiento de Benidorm. El primero, que culminaba un cuatrienio de sequía, resultó extraordinariamente fructífero en materia hidráulica para la comarca, al aguijar actuaciones. A comienzos de septiembre de 1978, en el Ministerio de Comercio y Turismo, el gravísimo problema, extremadamente perentorio, se concretó en un dilema rotundo: transferencia naval de recursos hídricos o interrupción de la actividad turística (“cierre”) de Benidorm. Se estima que el volumen transportado por dos buques-tanque, en octubre y noviembre, fue de 500.000 m3; con un coste de 170 millones de pesetas (340 ptas/m3); dicho valor, desorbitado en circunstancias normales, no lo fue dada la entidad y trascendencia del problema, ya que la arriesgada y bien resuelta operación de emergencia no solo conjuró riesgos higiénicos y sanitarios, sino que, además, en última instancia, salvó la imagen de Benidorm. Además, la angustiosa experiencia amparó y acicateó decisiones que han permitido enfrentar, con indudable éxito, el desafío de la escasez e irregularidad natural de disponibilidades hídricas en la Marina Baja.

En consecuencia, el neologismo veroño tiene carta de naturaleza en la Región climática del Sureste Ibérico, es voz nueva, formada a expensas de dos tan antiguas y cotidianas como verano y otoño; resulta expresión inequívoca, sugerente, inmediata a su acepción y rebosante de significado; a disposición, sin riesgo de transnominación o metonimia, de medios de comunicación y gran público.

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