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Antonio Ortuño

Renglones torcidos

Renglones torcidos

No recuerdo la edad que tenía, pero sí sé que era un adolescente cuando cayó en mis manos, por casualidad, el libro “Los renglones torcidos de Dios” de Torcuato Luca de Tena. La novela trascurre en un manicomio, o mejor en “un cajón de sastre”, donde malvivían los afectados por locuras de cualquier tipo acompañados por aquellos grandes discapacitados, para los que no tenían una respuesta clínica a sus enfermedades. Todos deambulaban por pasillos sin tener conciencia de que esos corredores serían los últimos que andarían en sus vidas. EL autor, del que ignoro su condición religiosa, metafóricamente los llamó como “Las primeras faltas de ortografía que cometió el creador cuando comenzó a escribir; eran los renglones torcidos de Dios”. La lectura novelada de esta obra fue mi primer acercamiento al mundo de los menos capacitados, un mundo crudo, duro y real. Tengo que reconocer que su lectura me sobrecogió, me marcó de tal forma que, más de cuarenta años después, aún recuerdo las caras de algunos de aquellos internos.

Mi segundo golpe de realidad con la discapacidad lo tuve cuando lloré, sufrí y me inundó la indignación al visionar la película de “Los Santos Inocentes”, basada en la novela de Miguel Delibes y dirigida por Mario Camus. Imposible olvidar a Charito, “La niña chica”, la hija mayor de “Paco el bajo” y de Régula que sobrevivía postrada y poco menos que encerrada, en una chabola compartiendo el único cuarto que había con toda su familia. Aunque “La niña chica” apenas tiene unos minutos en escena, me fue imposible no sentir una sensación de angustia al oír los gritos de la nena, al igual que me resultó muy difícil quitar la mirada de ese cuerpo “desparramado” en los brazos de su madre o en los de su tío Azarías.

Los avatares de la vida me han llevado a vivir muy de cerca el mundo de la discapacidad. Y les puedo asegurar que poco ha cambiado, siguen existiendo las mismas patologías, muchas todavía sin diagnóstico, las mismas enfermedades imposibles de curar. Luca de Tena diría que Dios sigue cometiendo las mismas faltas de ortografía, sigue torciendo renglones. Lo que sí ha cambiado es un par de cosas. La primera, la más rápida, la que no cuesta dinero, es la forma de nombrar a estos seres humanos afectados de graves enfermedades. Afortunadamente, atrás quedaron términos humillantes como subnormal, inválido, lisiado, incapacitado o retrasado. Hoy en día, hasta la palabra discapacitados está en tela de juicio y cada vez suena más apropiado denominarlas como “personas de distintas capacidades”.

En segundo lugar, que ya hace un tiempo que las familias que conviven con criaturas afectadas de enfermedades que no les permiten hacer una vida normalizada, se niegan a encerrarlos en casa. Sus salidas, cada vez más frecuentes a las calles y parques de pueblos y localidades, mostrando sin vergüenza alguna a sus hijos, han puesto de manifiesto las necesidades de sus retoños, necesidades a los que la administración ya no pudo ignorar, y poco a poco la maquinaria burocrática se tuvo que poner en marcha, para tratar de cubrirlas. Pero tampoco crean que se dieron mucha prisa. A pesar de que la constitución de 1978, en su artículo 49, establece que: “Los poderes públicos realizarán una política de previsión, tratamiento, rehabilitación e integración de los disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos, a los que prestarán la atención especializada que requieran…”, no fue hasta 1982 con la Ley de Integración Social del Minusválido (LISMI), en la que se establecen los principios básicos de atención a las personas con discapacidad en todos los ámbitos empezando por el educativo. Y hasta ahí llegaron, siguieron enfrascados en como nombrar a estas personas distintas (nótese que en publicaciones oficiales se seguía usando disminuido o minusválido). Parece que los legisladores se han olvidado de que la escolarización de niños con necesidades educativas especiales acaba a los 21 años, aun siendo ellos los que así lo decidieron. Después de esta edad, Educación “se lava las manos” y frente a los discapacitados y sus familias se abre un panorama desolador: La nada.

Siguiendo con una ficticia ampliación de la argumentación de Luca de Tena, podríamos decir: “Y siendo Dios consciente de su incapacidad para corregir las faltas de ortografía, de no torcerse en ningún renglón de su creación, creó unas personas sobrehumanas que pudieran, ya no enmendar sus equivocaciones, sino dar a estas criaturas la vida mas digna posible al alcance de sus manos”. En Catral estamos de enhorabuena. Hace poco menos de un mes ha desembarcado en mi pueblo la “Residencia Casa Verde Integra”. Y, rompiendo moldes y casi exclusivos en la vega baja, han formado unos hogares que dan respuesta a las necesidades, que siguen teniendo, los chicos y chicas de más de 21 años que tuvieron que abandonar el sistema educativo. El edificio, por muy bonito que sea, que lo es, solo sería un montón de ladrillos si no fuese por la dotación humana que en él trabaja. Desde la dirección, pasando por educadores, administración, personal de limpieza, y no quiero dejarme a nadie, todas y todos son verdaderas heroínas, verdaderos héroes. Son titanes con un corazón tan grande que no les cabe en el pecho y que en estas instalaciones están teniendo la oportunidad de dar y repartir todo el amor, todo el cariño y toda la dulzura que siempre han llevado dentro. Ellos creen en la discapacidad, ellos creen en sus pupilos, ellos solo buscan, a veces contra viento y marea, la felicidad, el bienestar y la paz que sus tutorados necesitan. Ellos son, para muchas familias, los verdaderos “ángeles de la guarda” de los que siempre serán los más necesitados de sus hogares.

Una vez escuché a una madre comentar a otra que: “estos niños, discapacitados, no estaban preparados para este mundo”. A lo que su interlocutora inmediatamente respondió: “perdona, pero es este mundo el que no está preparado para estos niños”. Efectivamente, este mundo tan tecnológico, tan científico, tan humanitario y de grandes avances sociales, esta España nuestra aún no está preparada para sostener la mirada a los que hemos llamado “los renglones torcidos de Dios”. Esperemos que sea una cuestión de un poco más de tiempo, de paso a paso. En mi localidad, en mi pequeño pueblo, ya hemos empezado a caminar. ¡Ojalá cunda el ejemplo!

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