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Daniel McEvoy

Esperando a Godot

Daniel McEvoy

Tres, seis, veinticinco

Pere Aragonés, durante una rueda de Prensa. | ANDREU DALMAU

Espero que no interpreten ustedes el título de este artículo como un ejercicio cabalístico, pues estoy convencido de que, cuando les explique su génesis, comprenderán perfectamente a dónde quería ir a parar cuando lo pergeñé.

Pero antes, permítanme que les introduzca una interesante efemérides que acaeció el pasado miércoles, 24 de noviembre, día en que se cumplió el aniversario de la publicación, en 1859, de un libro que revolucionó el pensamiento científico de su época, y que aún es discutido por algunos: El Origen de las especies, de Charles Darwin.

El contenido de este libro, al menos el sentido general de la teoría que Darwin plasma en él, es bien conocido por todos y aceptado, con las matizaciones introducidas por los estudios posteriores y por la evolución de la ciencia en los campos de la biología y la genética en los dos últimos siglos, por la mayoría. Sin embargo, pocos conocen cuál era el título completo original de la obra, y muchos menos aún cuál era el que Darwin había pensado en un principio y posteriormente desechó.

On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida), era el título original que les comentaba, título que el autor fue acortando en las sucesivas reediciones. Pero el título que Darwin había elegido en un principio era todavía más enrevesado: An Abstract of an Essay on the Origin of Species and Varieties Through Natural Selection (Resumen de un ensayo sobre el origen de las especies y la variedades a través de la selección natural).

Como es obvio, el editor mostró serias objeciones a un título tan farragoso y le pidió que eliminara las palabras «resumen», «ensayo» y «variedades»; arguyó también que el asunto de la «selección natural» era un concepto con el que los lectores no estaban familiarizados, por lo que asimismo debería desaparecer. La consecuencia fue el cambio total del título por el que conocemos hoy en día y que es mundialmente famoso.

Yo quería titular mi artículo de hoy «Estoy hasta la mismísima coronilla de que los ciudadanos tengamos que cumplir las normas a rajatabla, mientras muchos políticos y algunas administraciones se las pasan por el forro, sentencias judiciales incluidas». En INFORMACIÓN siempre he sido libérrimo tanto en el título como en el contenido de mis artículos, pero este me parecía demasiado largo, por eso lo dejé en un simbólico «Tres, seis, veinticinco» que son los guarismos que representan el «tres per cent» que Maragall acusó a Pujol de cobrar como comisión en toda la obra pública que se ejecutaba en Cataluña, el seis por ciento de contenido audiovisual en catalán que Esquerra Republicana ha puesto como condición para la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, y el 25% de clases en español que el Tribunal Supremo ha establecido como mínimo para ser impartido en los colegios de Cataluña.

Pido disculpas por anticipado, pues mi indignación quizás me lleve a escribir esta semana palabras más gruesas de las que estoy acostumbrado a utilizar, pero es que unas declaraciones del president de la Generalitat Pere Aragonès i Garcia, Pedrito para sus abuelos de Almería, sobre la reciente sentencia del Tribunal Supremo, a la que hacía referencia en el párrafo anterior, ha conseguido enervarme hasta el paroxismo.

En esas declaraciones, Aragonès afirmaba que si Cataluña fuera independiente no tendrían que cumplir las sentencias judiciales. Espero, por el bien de los ciudadanos que allí residen que nunca se cumpla esa circunstancia porque, habida cuenta de lo que piensan sus representantes, aquello sería una dictadura, si no lo es ya, porque resulta que los padres que quieren escolarizar a sus hijos en español, cosa inaudita en España, no van a poder hacerlo porque la Generalitat no va a acatar siquiera la sentencia que fija ese magro 25%.

Abundando en la paradoja en la que vive sumida el asombroso mundo independista, el president también ha afirmado que «…la lengua es una manera de expresar un país diverso, plural y una determinada visión del mundo (…) y el Govern trabajará en la defensa y promoción del uso social del catalán». Ein Volk, eine Sprache!, hubiera podido añadir sin pestañear el ínclito personaje.

Como decía el tristemente desaparecido profesor Lodares (víd. Esperando a Godot: El paraíso políglota, 19 de mayo de 2017), «Cuando hablamos de supuestos conflictos lingüísticos, o de cuestiones como la mal llamada ‘normalización’ lingüística, nos vemos abocados a incurrir en el anatema de luchar contra los mitos de lo políticamente correcto».

Las lenguas, al fin y al cabo, son como las especies animales. Nacen, se desarrollan, alcanzando un número mayor o menor de hablantes, y mueren. Le ocurrió al latín cuando finalmente devino en las diferentes lenguas romances que ahora existen. Al final, utilizamos un idioma en función de lo práctico que nos resulte. Si en Cataluña se habla más castellano que catalán, a pesar de la asfixiante presión que se ejerce en el sentido contrario, es porque el primero resulta más útil para conseguir el objetivo último, que es comunicarnos de una manera fluida y precisa. Ninguna política autocrática podrá cambiar este hecho.

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