Opinión | Oblicuidad
El magnetismo diabólico de ghislaine maxwell

Ghislaine Maxwell trial in New York / JANE ROSENBERG
En Ghislaine (pronúnciese Glen sin contemplaciones) Maxwell, el sexo de la traficante de sexo plantea algún problema a las feministas. También procede entonar el mea culpa periodístico, ante la difusión infinita del tándem de abusadores compuesto por la hija del editor Robert Maxwell y el magnate Jeffrey Epstein. Nos refugiamos en la letanía de que la dimensión de sus crímenes obliga a una reflexión en bucle, pero en realidad explotamos su magnetismo diabólico y su poderío glacial, el indudable atractivo de la pareja condenada.
El éxito de Satán nunca se fundamentó en la repulsión. Ghislaine Maxwell estaba licenciada por Oxford y era conferenciante TED, sería curioso averiguar hasta qué punto su trayectoria embarra a tan señeras instituciones. Admiradora del comandante Cousteau, obtuvo el título para pilotar el helicóptero que le regaló Epstein, y también para dirigir vehículos submarinos. Tuteaba a miembros de la familia real británica, poseía 18 teléfonos de Andrés de Inglaterra y de Sarah Ferguson, además de línea directa con el castillo escocés de Balmoral, la residencia veraniega de Isabel II.
Intenten ensamblar ahora el currículum señorial de Ghislaine Maxwell con su tarea de acompañar a la escuela, en coche con chófer, a las menores que violaba a dúo con su amado Epstein. Imaginen a la conferenciante TED dejando su tarjeta en los prostíbulos de Miami, un señuelo para efectuar nuevas capturas. Lo asombroso del ser humano no radica en la depravación desmesurada que es capaz de asumir en una sola existencia, sino en la convivencia de la perversión y la virtud ennoblecedora en la misma mente. Territorio abonado para Camus, con su tesis de que hasta la persona más miserable atesora un saldo favorable de buenas obras.
Ghislaine Maxwell velaba por los fondos marinos y surtía simultáneamente a un Epstein que exigía tres mujeres diarias. Los escandalizados deben recordar que John Fitzgerald Kennedy y más de un presidente estadounidense posterior compartieron dicha pauta sexual. Por mucho que se embellezca el relato, la intelectual trabajaba para el amigo de Bill Clinton y de Donald Trump, un sociópata con dificultades de expresión. ¿Quién mandaba pues en la pareja? Las adolescentes hoy adultas coinciden en que la heredera era la «dominadora» y la «titiritera» del cotarro. Sin embargo, las amistades de la pareja recuerdan que ella quería casarse y él no. No importa la vileza de la que presumas, siempre acabas en una maldita novela de Jane Austen.
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