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José María de Loma

El palique

Jose María de Loma

La tarde perdida

Foto de archivo

Se me ha ido la tarde igual que se le va a uno un tren a Bilbao delante de las narices. Se ha ido y ya no está. Ya no vuelve. Una tarde menos. El sopor comenzó tras el almuerzo, sopa, salmonetes y flan. Era un sopor como de domingo. Pero era día entre semana. Le dije al sopor que no procedía, que no era su día, que tenía faena, trabajo y afanes. Pero nada. El sopor hizo su trabajo sin sopor y me dejó como al ralentí. Si hubiera llegado a dormirme habría sido un rato provechoso por reparador. E incluso podría haber soñado. Pero nada. Ni siquiera pude atender a la tele, que estaba puesta y sintonizada en un canal donde hablaban de la importancia de la higiene en los dromedarios. «No te joroba», he acertado a pensar. Únicamente.

Al recuperar el tono vital, la noche ha caído como cae en las malas novelas: de repente. La noche cayó de repente. Y en este plan. Pero no cayó de repente. Cayó como cae la noche decente y no traidora: poco a poco. O sea, primero se da cierta escasez de luz. Luego el sol se va escondiendo. Entramos en la penumbra y finalmente se hace de noche. Se encienden las farolas. Salen los noctámbulos, cierran las filatelias y los antros comienzan a expender sus brebajes, ora placebos, ora embriagantes.

Y aquí estoy yo: compuesto y sin tarde. Una mala tarde la tiene cualquiera, lo que no tiene cualquiera es una no tarde, una tarde huida, desaparecida. Una mañana que enlaza con la noche. Imaginé entonces el paseo que no di, la columna que no redacté, el café con leche (templada) con sacarina que no me tomé, los mensajes telefónicos que no recibí. Todo eso podría haber hecho esta tarde. Tendré que acudir a la Enciclopedia de los Ratos Perdidos para documentarme acerca de esta tarde no vivida. Tal vez haya sido neblinosa, fría, muy de enero, pero con nubes como de carnaval y con metáforas asomadas a los balcones.

Ahora, la noche me habla de vivir deprisa, tal vez para compensar la pérdida de la tarde. Adivino entonces una madrugada que aprovechar. Sin fantasmas ni temores. Puede que en un bar que pongan versos con limón, brebajes contra el desengaño, tapas de esperanza y música de primavera.

Tras vivir esa noche, me levantaré tarde (¿mañana perdida?). Asomará entonces el mediodía y la tarde me enseñará la cara de nuevo. Otra tarde. La de hoy. A esta la cogeré. Ya la estoy agarrando. Si adelanto el almuerzo será más larga. Y si no almuerzo no habrá sopor. Puedo merendar disyuntivas.

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