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José A. García del Castillo

LA PLUMA Y EL DIVÁN

José A. García del Castillo

Identidades

Archivo - El Camp Nou, estadio del FC Barcelona

Necesitamos señas de identidad para alimentar el yo individual, el que consigue que estemos alineados con nosotros mismos, coincidiendo con ideales y compromisos que nos ensalzan ante el espejo de nuestra micro realidad.

Del yo individual al yo colectivo únicamente nos separa un paso pequeño, pero en ocasiones se convierte en un inmenso abismo, motivado por el egoísmo, por la baja implicación con la colectividad o porque esas señales de identidad colectiva son frágiles o inexistentes.

La gran lucha desde los poderes públicos es convencer a los ciudadanos acerca de las bondades que tienen los símbolos, independientemente de que los cambien después a su libre albedrío, por simple antojo o porque piensen que prepararán mejor el futuro con una nueva simbología que les asegure más y mejores años de ejercicio del mando.

De esta forma el yo individual se adapta al colectivo en cuanto a los signos que se tienen o se construyen. Una bandera, una moneda, una lengua, una constitución, un estatuto o un símbolo cultural han de ser lo suficientemente aceptados por la mayoría para que el yo individual los identifique como yo colectivo y consiga que caminen en la misma dirección.

Los más entusiastas siguen pensando que aquellos espectáculos deportivos que logran aunar voluntades, se erijan en sí mismos como asuntos de Estado, cuando lo que verdaderamente plasman, es una competición deportiva sin otros componentes añadidos que la férrea consolidación de ese yo colectivo que mueve las masas.

Por ejemplo, los distintivos que ondean en un estadio de fútbol en una competición internacional, muestran esa identidad colectiva que consigue movilizar a cientos de miles de personas detrás de unos colores, un himno y una pasión. Pero de ahí a pensar que es fundamental para el transcurso de la vida identitaria de todo un país, creo que hay una larga distancia.

Las señas de identidad para conseguir el yo colectivo han de alcanzarse desde la base, nutriéndose de poderes públicos que alimenten, sin fisuras, la unidad del Estado, apoyando una competición deportiva, cultural, científica, lúdica o de cualquier otra índole y, sobre todo, respetando las demás identidades.

La gran fobia del yo colectivo español es una reminiscencia del pasado reciente que aún no ha sido posible erradicar con eficacia, probablemente porque no esté en la intención de los responsables políticos. Quizás necesitemos una nueva seña de identidad que permita superar las fobias y agruparnos en un yo colectivo que autentifique nuestra verdadera unidad como un todo.

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