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Joaquín Santo Matas

Aquel mitin del 26 de enero de 1936 en Alicante

Francisco Largo Caballero

En estos tiempos en que tanto se habla del lenguaje inclusivo, de la paridad entre hombres y mujeres, del feminismo así como de las bondades democráticas de la II República, si no fuera por el empeño en resucitar tiempos pasados a través de una maniquea Memoria Histórica donde los buenos y los malos son siempre los mismos, obviaría recordar determinadas actitudes de mujeres dirigentes socialistas en contra del voto femenino, o el poco interés que tuvieron las izquierdas, y también las derechas, en llevar a mujeres como candidatas al Congreso de los Diputados.

En el periodo 1931-1936, de entre más de mil hombres electos, solo ocuparon escaño nueve mujeres, Julia Álvarez, Francisca Bohigas, la única derechista, Clara Campoamor, Veneranda García-Blanco, Dolores Ibárruri, Victoria Kent, María de la O Lejárraga, Margarita Nelken y Matilde de la Torre.

Famosa fue la oposición tajante que las socialistas Kent y Nelken mostraron ante Clara Campoamor a que las mujeres pudieran ejercer el derecho al voto, con la excusa de su escasa preparación y un carácter conservador influenciado por la Iglesia que pudiera propiciar una victoria democrática de las derechas, como así fue, aunque por abrumadora mayoría.

En efecto, el 19 de noviembre de 1933 hubo elecciones generales donde el PSOE no quiso participar; las derechas obtuvieron 204 escaños, los centristas 168 y las izquierdas 94. Ello propiciaría que estas últimas no aceptaran el resultado de las urnas y organizaran una revolución en 1934, para imponer la dictadura del proletariado, que solo triunfaría en Asturias y parcialmente en Barcelona. Del talante socialista del momento baste decir que Margarita Nelken, tras una larga estancia en la Unión Soviética de Stalin que la dejó prendada, propuso al volver a España que se fusionaran el PSOE y el PCE, diciendo literalmente que “es preciso de una vez llegar a la unificación orgánica e ideológica perfecta con nuestros camaradas comunistas, de los cuales, en el fondo, no nos separan más que tiquismiquis (sic)”. El gobierno moderado que las izquierdas han llamado ‘Bienio Negro’, acabaría con las elecciones del 16 de febrero de 1936 que le dieron a las fuerzas frentepopulistas una clara pero controvertida victoria al ponerla en entredicho el concienzudo estudio de los historiadores Manuel lvarez Tardío y Roberto Villa García que las tildan de fraudulentas.

Y aquí es donde entra en juego la campaña electoral en Alicante y el protagonismo que tomó el líder socialista y ugetista Francisco Largo Caballero, antiguo colaborador de la dictadura del general Primo de Rivera que lo nombró miembro del Consejo de Estado. Conocido por el ‘Lenin español’, lo que hoy en día no puede sonar a lisonja, dado lo que opinaba Vladimir Ilich de la libertad, la violencia y la democracia, se podrá decir que eran otros tiempos y circunstancias, de acuerdo, pero que no se hable ahora del talante y respeto democrático que mantuvieron las izquierdas durante la II República porque es falso; y no se trata de opiniones subjetivas sino de reproducir textualmente testimonios de sus dirigentes recogidos por la prensa. Ya en una conferencia dictada en el verano de 1934 en Ginebra había dicho Largo Caballero: “No creemos en la democracia como valor absoluto. Tampoco creemos en la libertad”. Décadas atrás su admirado Lenin le abrió el camino con aquel “todos quieren la libertad, pocos saben para qué”. El 20 de enero de 1936 en un mitin celebrado en Linares manifestó: “La democracia es incompatible con el socialismo”.

Llegamos a la mañana del domingo 26 de enero de aquel dramático año que trajo la guerra civil. Organizado por la Federación Provincial Socialista de Alicante tiene lugar un mitin en un abarrotado Monumental Salón Moderno, siendo retransmitido por Radio Alicante a la Casa del Pueblo, al Teatro Nuevo y al de Verano, aunque ‘Diario de Alicante’, periódico republicano moderado, afín al torrevejense Joaquín Chapaprieta, dijo que en estos últimos lugares los asistentes brillaron por su ausencia, entre otros motivos, según los organizadores, al no funcionar los altavoces. Era la primera vez que Largo Caballero venía a nuestra tierra con el objeto de pedir el voto para la candidatura del Frente Popular. Comenzó diciendo que “la Constitución en nuestro país, lo mismo en la Monarquía que en la República, es letra muerta”.

Más adelante, en un momento de su vibrante intervención, según transcripción literal del periódico izquierdista ‘El Luchador’, se desató el clamor de los asistentes cuando dijo: “Pero con el triunfo de las derechas no hay remisión. Tendríamos que ir forzosamente a la guerra civil declarada. Y no se hagan ilusiones las derechas y no digan que esto son amenazas. Esto son advertencias. Y ya sabéis que nosotros no decimos las cosas por decirlas. Ahí está el ejemplo de octubre”. Con estas últimas frases dejaba claro el líder socialista que la Revolución de 1934 se había organizado para tirar por la fuerza a los conservadores de un poder legítimo que le acababan de dar las urnas como también ratificó el líder socialista alicantino Rodolfo Llopis que introdujo el acto electoral e iba en séptimo lugar en la candidatura unitaria de izquierdas. ‘Diario de Alicante’ se hizo rápido eco y el 29 de enero titulaba en portada. “El sistema del terror. Si no triunfan las izquierdas, ha dicho Largo Caballero, se desencadenará la guerra civil”. Precisamente uno de los logros de la Transición, ahora tan injustamente mancillada, fue el que propiciara que políticos antagónicos con la mochila cargada de un pasado cuanto menos controvertido, se la quitaran en aras a una convivencia que cerrara viejas heridas y mirara a un esperanzador futuro de libertades plenas.

Hoy en día nadie duda del respeto a la democracia de los socialistas españoles, pero que no alardeen de que siempre fue igual, y por ello, que no impongan una Memoria sesgada de la que tienen actitudes y momentos de los que avergonzarse, sin ahondar en el tema de las responsabilidades, directas o indirectas, por el asesinato del líder conservador José Calvo Sotelo como venganza por el del teniente socialista José del Castillo, a la vez vinculado con otras muertes violentas, entre ellas la de Andrés Sáenz de Heredia, familiar de José Antonio Primo de Rivera, tiroteado al parecer por Castillo que mandaba las fuerzas de la Guardia de Asalto represoras de unos incidentes derivados del entierro del alférez de la Guardia Civil Anastasio de los Reyes en donde hubo seis muertos y treinta y dos heridos. Cuando en la actualidad se sigue empleando la vieja consigna de llamar fascistas a los de enfrente, y de reiterar que el progresismo izquierdista siempre ha defendido la libertad y por ende la democracia, me alarma recordar que, en la conmemoración del último 14 de abril, se pasearon impunemente por las calles de Madrid unos comunistas portando retratos de Lenin, Stalin y hasta del también brutal dictador albanés Enver Hoxha.

No quiero pensar qué incidentes hubieran acaecido si en algún momento, alguna de esas supuestas organizaciones fascistas que al parecer tanto proliferan, se hubiera atrevido a sacar en procesión cívica efigies de Hitler, Mussolini o Pinochet. Seguro que se hubieran depurado responsabilidades. Pero aquí hasta se pudo mostrar impunemente el pasado 24 de agosto una pancarta en defensa de la figura de Stalin en la fachada principal del Ayuntamiento de Valencia. A los demócratas nos tiene que alarmar que haya determinados izquierdistas que alaban a grandes genocidas y dictadores por lo que significa de entender que están de acuerdo con regímenes donde los derechos humanos brillan por su ausencia. Recordemos que el ministro Garzón se nos mostraba hace dos años cocinando un arroz con una sudadera de la prosoviética República Democrática Alemana. Yo me pregunto, ante tanta evidencia incuestionable, de qué lado podría llegar una involución democrática en España.

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