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Fernando Ull

El ojo crítico

Fernando Ull Barbat

La derecha que pudimos tener

Foto de archivo

Una de las grandes dudas que existen respecto a la Transición es el hecho de cómo fue posible que aquellos que habían formado parte de la infraestructura del franquismo y que trataron de alargar su duración más allá de la muerte del dictador Franco, no sólo lograsen formar parte de los primeros Gobiernos democráticos sino que incluso creasen un partido político que se convirtió en el principal partido de derechas, absorbiendo, de manera paulatina, al resto de formaciones de pasado mucho más demócrata así como a las nuevos partidos de centro liberal. Prueba de ello es que el primer presidente del Partido Popular fue Manuel Fraga, de larga trayectoria en el régimen y ministro de Franco, y el segundo José María Aznar, perteneciente a una de esas familias defensoras de la dictadura que tuvieron una existencia muy cómoda durante su duración.

Para responder a esta pregunta y para estudiar el esfuerzo que desde posiciones que no fueron de izquierdas, pero sí profundamente demócratas se hizo para conseguir algún día el regreso de la democracia a España tras el golpe de Estado de 1936, el político, abogado y catedrático de Derecho Constitucional Oscar Alzaga acaba de publicar su exhaustiva y razonada La Conquista de la Transición (1960-1978). Memorias documentadas (Edit. Marcial Pons, 2021). Ya en su prólogo podemos leer una afirmación que nos da la clave de su contenido: la instauración de la democracia en España no fue producto de una concesión del último franquismo sino la consecuencia de una lucha por la libertad de democratacristianos y socialistas que sentaron las bases para un entendimiento posterior y por la presión de la Comunidad Europea a los empresarios españoles a los que se les dijo que si querían formar parte del mercado europeo tenía que cesar su apoyo a la dictadura e interiorizar la democracia y sus reglas como base de las relaciones comerciales. Algo fundamental ya que la institucionalización de la corrupción durante el franquismo supuso, creo yo, el alargamiento del franquismo.

Me ha recordado este libro un tema poco recordado en la España posfranquista. Me refiero al hecho de que una de las primeras decisiones que se tomaron en el segundo Gobierno de Adolfo Suárez, en diciembre de 1977, fue la destrucción de los archivos de la represión del franquismo. El ministro de Interior, Rodolfo Martín Villa, notorio franquista que todavía en 1972 se declaraba falangista y entusiasta de que se instaurase una “Monarquía del Movimiento” inspirada en los principios fundamentales del Movimiento y en la Ley Orgánica del Estado de 1966, fue la persona que se encargó de hacer desaparecer las pruebas de una represión de casi cuarenta años. ¿Cuántos archivos personales se perdieron con aquella orden de quema de documentos? ¿Cuánta información sobre la represión y los que la ejercieron, sobre chivatazos miserables y sobre vidas y carreras laborales que se truncaron se perdió para siempre? Nunca lo sabremos.

Describe Oscar Alzaga todo el esfuerzo que la oposición hizo encaminado a evitar otra guerra y a que la Transición se llevara a cabo sin violencia. Hoy en día puede parecer que aquel proceso fue relativamente sencillo. Como si después de la muerte de Franco lo lógico era que la democracia apareciese sin más. Pero no fue así. Los partidarios del régimen hicieron todo lo posible para la perpetuación de la dictadura franquista o, como mínimo, un sistema parecido con apariencia democrática que les permitiese seguir viviendo a costa de los vencidos en la guerra, disfrutando de cátedras y plazas en la Administración regaladas y en el caso de los empresarios obtener contratos a dedo previo pago de comisiones a los jerarcas franquistas. Especial referencia se hace a la figura del Rey Juan Carlos I y a la evidente deslealtad que cometió con su padre. Incluye el autor cartas que Don Juan envió a su hijo y una muy dura de Joaquín Satrústegui al actual rey emérito tras su designación por Franco.

A pesar de los esfuerzos de destacados miembros del régimen por querer pasar a la posteridad como responsables del regreso a España de la democracia muy pocos lo consiguieron, como fue el caso de Fraga. El resto, los Areilza, los Fernández Miranda o los Ruiz Giménez, dejaron la política poco después de la llegada de la democracia. El nuevo tiempo político les expulsó. La presión popular de la gente anónima, de los intelectuales, de los jóvenes universitarios y de Europa, consiguieron doblegar al entramado franquista.

¿Por qué no surgió en España un partido parecido a la CDU alemana? Al contrario que en Alemania, donde los democratacristianos se hicieron con las riendas del centro liberal expulsando a los antiguos nazis, en España los partidarios del régimen fascista, los que defendieron la dictadura incluso en los estertores del franquismo, fueron los que se hicieron con el control de la derecha política disfrazándose de liberales. Unos partidarios que trajeron a la joven democracia española los hábitos y costumbres del franquismo, sobre todo la corrupción, así como la crispación consecuencia de su idea de que mediante el sufragio libre la izquierda les había robado el poder.

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