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Juan Cruz

La paciencia del sabio

John Elliot.

John H. Elliot preguntó de qué asuntos queríamos tratar cuando El País le pidió, antes de que se pusiera en marcha la última Expo de 1992, que coordinara la serie con la que el periódico quería contribuir al conocimiento de un lado y otro del mundo. Los descubrimientos de Colón y la fascinación que despertaba en el mundo (como hoy) aquella acción que causa ahora tanta controversia, lo tenían a él como el gran experto internacional.

Minucioso y claro como si aún fuera aquel escolar que se formó en Reading y que en ese momento era un sabio indiscutido como catedrático en Oxford, Elliott no esperó a que aquel periodista terminara de deletrear los asuntos. Él mismo agarró su dietario y en menos de lo que canta un gallo, por ejemplo, hizo el índice de lo que deberían ser la decena de capítulos que él se encargaría de esbozar y de dirigir. En seguida que acabó esa tarea primordial conminó al que sería su amanuense a que tomara nota de los nombres propios que colaborarían en la serie.

Uno a uno, sin otra duda que la que hay entre suspiro y suspiro, relató un centenar de historiadores indiscutibles. Había historia, ciencia, naturaleza, política…, y para cada una de las especialidades él ofrecía contactos que nadie podía discutirles. Por lo que en seguida colegimos, aquellos a los que fuimos llamando eran a su vez discípulos del profesor, entonces una autoridad a la que no se le había subido la cátedra a la cabeza.

Era un sabio sencillo, de risa fácil y también de regreso inmediato a la seriedad, que incluía no sólo su preocupación por el pasado sino su rabia porque el presente (el Brexit, Cataluña, Escocia, entre muchos otros asuntos que fueron dolores de cabeza para un espíritu obligado al razonamiento) era en muchos casos una decepción en marcha.

Era un historiador grande y un ciudadano obligado por su oficio a buscar la razón histórica y también la racionalidad presente. Cataluña, por ejemplo, fue para él un desastre objetivo, porque personas que sabían de historia habían tergiversado la propia de los catalanes para obligar a la ciudadanía a la aventura de la mentira sobre la obligación de dar a conocer los hechos. Esa, la lucha de la mentira contra los hechos, fue su misión en la vida, y como historiador fue insobornable, un hombre con los atributos del que sabe porque nunca se dejó guiar por los que no saben.

No fue un comentarista de la historia, fue un historiador. Aquí, entre nosotros, llegó a ser un español más, alertado siempre contra quienes quisieran repetir nuestra peor historia, la guerra civil. Aquí se le quiso como a un hombre de bien, un ciudadano que, por ejemplo, prefería leer los periódicos que no estuvieran de acuerdo con sus propias ideas. Hablaba catalán perfectamente y su castellano, hecho a partir de su primer viaje español, fue consolidado con el ahínco con el que amasó su conocimiento de la historia de España… y de América.

Sabía que España iba a cambiar desde 1960, cuando él mismo vio llegar aquí a europeos con costumbres distintas a la de este país entonces marcado por el fanatismo religioso y político. Luego se maravilló de “la suavidad” con que se hizo aquí la Transición. Que a España le fuera bien era uno de sus grandes deseos. Su lectura de la historia, así como sus conclusiones, tuvieron mucho que ver con esa salud que él veía en el devenir de su otro país.

Era un hombre generoso y bueno, y me da mucha pena escribir estas líneas en pasado.   

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