Suscríbete

Información

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Rafael Simón Gil

El condenado y el burro

Pedro Sánchez.

La certeza y el tiempo bien podrían constituir el inicio de una reflexión existencial a la que casi todos nos hemos enfrentado alguna vez. Visto de manera menos solemne, a lo largo de nuestra vida sabes que muchas cosas tienen que ocurrir inexorablemente y solo te separa de ellas el tiempo. Por todas, y más trascendental, la certeza de la muerte. Pero no quisiera adentrarme en axiomas oblicuamente estigios un día de domingo, por eso enfocaré la reflexión sobre las certezas y el tiempo referidas al escenario político y de los políticos, una invitación intelectual que marida mejor con el café. Walter Benjamin señalaba que “quien no se resiste a percibir el deterioro acaba reivindicando… una justificación especial para su permanencia, actividad y participación del caos… La voluntad ciega de salvar el prestigio de la propia existencia… se va imponiendo casi en todas partes”. El filósofo alemán se suicidó en una pensión de Port-Bou acosado por los nazis, abrumado por la certeza y el tiempo. En su novela “Carta de una desconocida” Stefan Zweig, otro escritor que se adueñó del tiempo en Petrópolis para que la certeza de la muerte no se ejecutara sin su consentimiento, advirtió: “uno siempre vuelve, pero entonces ya ha olvidado”.

Les vengo perorando hace varios artículos que la deriva impuesta por @sanchezcastejon en el PSOE cuando se adueñó del partido, la que le está infringiendo y el desastre en que lo dejará cuando la sociedad española lo deje a él, es una certeza que empieza a percibirse cada vez con mayor claridad. Solo es cuestión de tiempo. Hasta hace poco era casi imposible que ningún socialista osara cuestionar el rumbo político que Pedro diseñó para el PSOE (ideológico se me antoja mérito muy alejado de las capacidades de Sánchez), no solo por cuestión de supervivencia, cargos, poder, privilegios e influencias, que también, sino porque era más importante definirse radicalmente enemigo del centro derecha (recuerden el grito de las masas cuando Sánchez ganó las elecciones: ¡Con Rivera no!) que autosecuestrarse en una red de ideologías, grupos y partidos tan ajenos a las esencias que un día figuraron consustanciales al socialismo de la Transición. Eso que Rubalcaba bautizó Frankenstein. Es verdad. Causa estupor -sigue causándolo- comprobar cómo Sánchez, arrastrando a un PSOE mudo, obediente, inane y con altas dosis de oportunismo cortoplacista, pactaba en horas con quienes minutos antes juró no acostarse por el miedo que le daría a él y a los españoles esos compañeros de tálamo. Unidas Podemos, independentistas catalanes que odian España, su democracia y sus símbolos (la entrega de los premios Princesa de Gerona no se celebrará allí porque su ayuntamiento declaró al rey Felipe VI persona non grata); Bildu de Otegui -hombre de paz, según ZP, maestro de Sánchez-, que sigue sin condenar los crímenes de ETA, y otros socios a los que les sale caspa en el sobaco cada vez que se nombra España.

Pero las cosas van cambiando, o las certezas, o el olor a desastre. Y el tiempo corre. Por eso empiezan a correr tantos y tantas que hace unas semanas no solo enmudecían ante las “genialidades” Sánchez y su gobierno, sino que le aplaudían como al rey desnudo. Pero salió el niño de la fila y puso a los adocenados frente al espejo de la realidad, de sus intereses, y ahora ya balbucean. Articulistas sumisos, periodistas de agradecidos a muy agradecidos, intelectuales de cuota variable, empresarios silentes y medios de comunicación amigos (incluso el propio BOE mediático), empiezan a deslizar, sibilinamente, que quizá Sánchez y el Gobierno esté cometiendo errores; que quizá Pablo Iglesias no era de fiar; que lo de Bildu no fue buena idea; que los independentistas y nacionalistas siguen aferrados a su aldeanismo sin comprender lo necesario que es una “Grosse Koalition”, o si no, “dejar gobernar” al más votado. E irán subiendo el tono en la medida en que la certeza les acerque al tiempo (ya verán tras la debacle en Andalucía). Y llegarán las desafecciones (incluso entre líderes ayer de Susana Díaz, hoy sanchistas y mañana del cambio del recambio); y leeremos sobre los errores del amado timonel. Pero hay que sobrevivir. En el camino, el PSOE se habrá dejado mucho más de lo que supuestamente conquistó con su secuestrador.

Ataques a la Justicia; una fiscal general, ex ministra de Justicia del PSOE, desacreditada, derrotada en las elecciones al Consejo Fiscal; Sahara, Marruecos, Argelia, Pegasus, el CNI (cuya cabeza entrega Robles a quienes odian España); RTVE en la peor ratio de su historia; la gestión del Gobierno en la pandemia; cierre del Congreso; irrelevancia europea e internacional; imposición de normas frente a consenso; indultos; puertas giratorias; política de gasto sin contención (la deuda de las autonomías supera los 310.000 millones de euros, y la deuda pública española es el 130% del PIB) a costa de un presión impositiva letal con las clases medias y modestas, Pymes y autónomos; política lingüística autonómica que ha desterrado a muchísimos profesionales por hablar español; política educativa que permite pasar de curso con suspensos, sin esfuerzo; reinas magas, matemáticas con perspectiva de género, todos y todas en bicicleta el primer día exigiendo luego a sus menestrales que les calienten el coche oficial; el abandono de los barrios obreros por regios chalés. Ha sido una política infantiloide de ministros y ministras sin personalidad, al capricho del jefe; de frases huecas y gestos vacíos sin que apareciera ningún adulto para sacarlos del recreo y ponerlos a trabajar. De ahí el miedo por la certeza y el tiempo.

Recuero la fábula del condenado a muerte que esperaba la hora fatal junto a su guardián y un burro que pastaba cerca. Cuando el emisario del rey le comunica que al día siguiente será ejecutado, el reo le ruega que si le dan unos meses conseguirá que el burro hable, proeza que agrandaría la fama del rey. Cuando al fin le conceden la petición el carcelero le dice, “tú sabes que el burro jamás hablará”, a lo que el prisionero contesta: “sí, el burro no hablará, pero en unos meses puede morir el rey, dictar una amnistía, declararse la guerra o vete a saber qué acontecimientos inauditos que me permitan seguir con vida”. El tiempo contra la certeza. “Uno siempre vuelve, pero entonces ya ha olvidado”, Zweig. A más ver.

(spoiler: el burro nunca habló. Y llegó el tiempo, y con él, la certeza).

Lo último en INF+

Compartir el artículo

stats