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Juan R. Gil

ANÁLISIS

Juan R. Gil

Vota Ximo

El president de la Generalitat ejecuta una remodelación de su gobierno autonómico en la que opta por la gestión frente a los perfiles políticos

Ximo Puig y Josefina Bueno, en el acto celebrado hace tres años de entrega del carné socialista a los nuevos militantes. hector fuentes

Hubo un momento en que Ximo Puig pensó en ofrecerle a Leire Pajín la conselleria de Sanidad. Fue a finales de enero, a la vuelta del fin de semana que el jefe del Consell pasó en Benidorm por la eliminatoria del Festival de Eurovisión, que precisamente se celebró anoche. Desconozco si el president finalmente llegó a insinuarle siquiera la posibilidad a la exministra, ni sé tampoco si esta, retirada desde hace tiempo de los ardores del frente, habría estado por la labor de volver a enfundarse el uniforme de combate. Pero lo cito como antecedente de la crisis que pudo haber sido y no fue. Una crisis que registra para la historia el logro de conformar el primer gobierno autonómico con más mujeres que hombres. Que se fija como objetivo situar a la Comunidad en la primera fila de las transformaciones que marcarán la vida de las futuras generaciones. Pero que en términos de desenlace político fue juzgada ayer desde dentro mismo del PSOE como demasiado plana.

Lo de Leire habría supuesto una apuesta arriesgada, no en vano su carrera como servidora pública está unida a la de José Luis Rodríguez Zapatero, sobre cuyo gobierno, tanto de la nación como del partido, siguen haciéndose juicios muy severos. Pero habría sido una apuesta política. A esta remodelación del Ejecutivo autonómico que ayer acabó de sustanciar el president de la Generalitat, le encaja sin embargo como un guante la fábula clásica: ha sido larga y anticipada como el parto de los montes, pero al final todo el proceso ha acabado dando a luz, políticamente, un ratón: con la excepción de la catedrática de la Universidad de Alicante y todavía senadora territorial Josefina Bueno, ensayo que dependiendo de cómo salga puede tener un recorrido más largo, todo lo demás son, nunca mejor dicho, movimientos de andar por casa. Aun así, o por eso mismo, hay lecturas que entresacar.

1. Devaluación. Pese a ser las metas trazadas tan ambiciosas, el perfil del nuevo Consell es más liviano que el del anterior. Y eso que el que cesa tampoco era para tirar cohetes. Han salido Vicent Soler, un histórico del socialismo valenciano; Ana Barceló, presidenta del PSPV-PSOE y, de forma inesperada en el lado de Compromís, Vicent Marzà, referente nacionalista. Les sustituyen personas de escasa relevancia en sus organizaciones o de condición más técnica que política. El PP achacó ayer este resultado a la incapacidad de Puig para reclutar personalidades contrastadas a un año de las elecciones. Pero se diría que la razones más bien hay que buscarlas en la tesis de Puig de que será la gestión de la cosa pública, antes que el énfasis en lo ideológico, lo que decidirá el resultado de las próximas elecciones. Es la disyuntiva que planteaba la opción de Leire Pajín: ¿ponemos al frente de Sanidad, el departamento que consume mayor presupuesto, tiene más personal y responde a un derecho fundamental, el que más se identifica con el estado del Bienestar, ahora que tras los recortes de la crisis de 2008 y la extenuación provocada por la de 2019, se enfrenta a los mayores desafíos de su historia, le entregamos el timón de esos cambios, decía, a alguien capaz de sentar de dos bofetadas (dialécticas, of course) a toda la bancada del PP mientras le enseña los dientes a la de Vox, o a un profesional que se sepa desde dentro y a día de hoy el sistema, aunque su desempeño político sea desconocido? La respuesta es que Leire Pajín no formará parte del nuevo Consell que tomará posesión mañana, y que el departamento de Sanidad pasará a estar dirigido por un médico de trayectoria política ignota. El problema es que la política no es un hobby, sino un arte. Y no todo el mundo es artista.

2. Desequilibrio. Ximo Puig reconoció haber cometido un error al no nombrar, en el primer Botànic, allá por 2015, a ningún conseller alicantino por la cuota del PSOE. Lo corrigió en cuanto pudo. En el Gobierno autonómico que se reunió por última vez el pasado viernes había dos políticos procedentes de Castellón (incluido el propio president), cuatro de Alicante y seis de València, lo cual era un balance ajustado (Alicante representa algo más del 37% de la población de la Comunitat y alrededor del 33% del PIB), pero aceptable. En el que tomará posesión este lunes, la representación valenciana en el gabinete pasa a ser de ocho personas, mientras se reduce la de Alicante (de cuatro a tres) y la de Castellón (de dos a una). Ya sé que me tacharán de pueblerino los mismos que festejan cada nombramiento de un ministro valenciano como si fuera el 14 de julio. Pero lo cierto es que la composición del nuevo gabinete refleja menos que el anterior la del territorio sobre el que gobierna, que es, mayormente, de las Torres de Serrano hacia afuera, no hacia dentro. Y no es una cuestión de origen (sería estúpido que reclamara ocho apellidos una provincia como la de Alicante, la mayor parte de cuyo censo no es nacido aquí, con un 23% del mismo procedente de fuera de España), sino de conocimiento y, por tanto, de capacidad de interpretación: se empieza perdiendo matices y se acaba braceando en medio de una inundación cuyas señales viste demasiado tarde. Por eso hay que tener cuidado a la hora de poner la mesa y repartir los cubiertos. En este rebotànic no hay ningún alicantino en la cuota de Podemos, sólo hay una en la del PSOE y la única fuerza en la que está bien representada Alicante es Compromís: dos consellerias de cuatro que le tocan. De donde se deduce que nada de esto es premeditado ni obedece a lógica alguna. Simplemente, no caen.

Hubo un momento en la larga digestión de esta crisis en la que Puig valoró la posibilidad de ofrecerle a Leire Pajín que volviera al frente para hacerse cargo de Sanidad

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3. Malas prácticas. La izquierda reivindica el valor del discurso. Incluso en ocasiones, en tanto que expresión de unos ideales, por delante de los hechos. Por eso paga tan cara la contradicción entre palabra y obra. El conseller de Economía, Rafa Climent, y la portavoz adjunta del grupo, Aitana Mas, entre otros, declararon públicamente que no cabía hacer remodelación alguna del Gobierno autonómico y que los consellers de Compromís eran inamovibles. Horas después, Vicent Marzà dimitía como responsable de Educación. Es decir, que no es que no lo hubiera consultado con su fuerza política ni con sus compañeros de gobierno. Es que ni siquiera les avisó. La renuncia de Marzà hizo, por cierto, que la dirección de la coalición se reuniera por primera vez en al menos un bienio, otra contradicción a cargar en la mochila de quienes hicieron bandera de la transparencia y emblema de procesos como las primarias. Y de la situación de la vicepresidenta Oltra, ni hablamos, ya hablan bastante ella misma, sus enemigos y sus compañeros de partido, en orden creciente en intensidad.

Si algo han tenido de relevantes los sucesos de esta semana es que han puesto en evidencia el alarmante agotamiento de un proyecto que resultó en su día ilusionante para muchos votantes como fue el de Compromís. Y cómo de incapaces son los dirigentes que fundaron ese proyecto de dejar paso ahora o, al menos, de renovar su propuesta. Marzà apareció para explicar su dimisión ante una pancarta que hablaba de lo importante que para Compromís son las personas. Pero no había rastro de los intereses ni las necesidades de las personas en esa comparecencia.

4. El Parlamento se calienta. Con todos los vaivenes que la política valenciana está sufriendo últimamente, el Parlamento autonómico se configura como un teatro de operaciones que puede resultar más relevante conforme se entra en la larga carrera electoral que llegará hasta mayo de 2023. Seguramente por eso, Puig ha optado por atar en corto al grupo parlamentario socialista, aprovechando la dimisión forzada de Manolo Mata, síndico portavoz desde que el primer pacto del Botànic desalojó del poder a la derecha hace siete años. Mata, con personalidad propia para lo bueno y para lo malo, fue siempre un verso suelto. De hecho, desde Presidencia de la Generalitat abundaron los reproches achacándole a él (cosa difícil de creer) toda la responsabilidad en que el PSOE aceptara apoyar en las Cortes la tasa turística, aunque fuera con condicionantes. Una vez dejado el cargo, Puig ha optado por garantizarse que no habrá ninguna fuga en el guión previsto de aquí a que acabe la legislatura y para eso ha puesto a alguien como Ana Barceló, con menos recursos retóricos que Mata, pero de fidelidad y dureza contrastadas.

Las Cortes se van a recalentar. El líder del PSOE envía allí a Barceló para que nada se salga del guión. En Compromís, Marzà en plan francotirador puede volver locos a todos

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Puig busca el orden, aunque en el lado de sus socios se avecina tormenta. Marzà no pudo ser el portavoz parlamentario de Compromís entre otras razones por la férrea oposición de la pata de la coalición que lidera Mónica Oltra (Iniciativa) a que fuera él el designado. Ahora, liberado de la conselleria, en competencia no disimulada con Oltra por hacerse con la candidatura a la Generalitat en las próximas elecciones y en su condición inédita de francotirador, Marzà puede volver locos a propios y extraños. En todo caso, que las Cortes se revitalicen como foro no le viene mal a la izquierda, si es capaz de no despedazarse, porque el PP tiene ahí su flanco más débil: Mazón no está en el Parlamento autonómico y su delegada, María José Catalá, o no sabe, o no quiere, o no le dejan ejercer como portavoz de lo que se supone que sería una alternativa de gobierno. Dicen en València que Mazón no es conocido. ¡Pues anda que la portavoz en las Cortes...!

5. Josefina Bueno. Aunque en las lecturas de esta crisis que se hagan desde la capital del reino no ocupará más que un pie de página (una conselleria en Alicante sigue siendo vista desde València como una extravagancia meramente temporal), la apuesta de mayor enjundia es la de situar a la exdirectora general de Universidades, Josefina Bueno, al frente del departamento de Innovación. Bueno tiene por delante desafíos notables: la financiación de las universidades, la implantación de Medicina en Alicante, la consolidación de Distrito Digital como punta de lanza de la nueva economía valenciana... Pero también se enfrenta a problemas que son los que, en parte, acabaron arrastrando al abismo a su predecesora: el camelo de la Agencia Valenciana de la Innovación, la supuesta dirección de un ente sobre el que en realidad la consellera no tiene mando, como el mentado Distrito Digital, o acciones sobre las que convendría mayor transparencia, como la Fundación Ellis.

Al final, los cambios han quedado en meros movimientos de andar por casa, salvo en el caso de Josefina Bueno. Si el ensayo sale bien, el PSOE tendrá una opción para la Alcaldía

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A Carolina Pascual no le dejaron crear su equipo y ella tampoco fue capaz de imponerlo. Josefina Bueno tendrá que tomar decisiones porque tiene que hacer frente a todo eso con solo un año por delante y bajo la presión de que las expectativas van a ser enormes. Querrán, además de lo antedicho, que definitivamente haga que se note en Alicante que hay una conselleria en Alicante y que ejerza de consellera «de distrito» porque, si le saliera bien, ahí es donde tendría el PSOE una candidata a la Alcaldía caída por su propio peso y sin necesidad de imposiciones. Casi nada.

Todo lo que ha pasado en esta crisis nos devuelve al punto de partida, el «dilema Pajín». Entre marcar una línea más definida ideológicamente u optar por la transversalidad y la gestión, Puig ha elegido esto último. Ni siquiera ha querido situar a su conseller mejor valorado, Arcadi España, como coordinador político. Se encargará desde Hacienda de preservar los fondos europeos. Lo que resulta capital. Pero no será suficiente si detrás no hay una acción política bien hilvanada. Eso les deja, a Puig y al PSOE, sin margen No hay ya varias figuras, ni siquiera secundarias. Sólo hay una. No quedan voces autorizadas; sólo va a escucharse una, tantas veces amplificada como se pueda. No hay Redondos, pero tampoco Bolaños. En la Comunitat Valenciana, los socialistas definitivamente se juegan todo en las próximas elecciones a una sola carta, a una sola persona. «Vota Ximo». No hay otro eslogan. Se dirá que eso ya se sabía. Sí. Pero una cosa es verlo y otra leerlo en el Diario Oficial de la Generalitat.

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