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Joaquín Rábago

Un paso más en el cerco de la OTAN a Rusia

Archivo - El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg -/NATO/dpa - Archivo

La casi segura, salvo oposición turca, incorporación de la hasta ahora neutral Finlandia a la OTAN es sólo un paso más en el cerco que el bloque militar occidental ha decidido imponer a la Rusia de Vladimir Putin.

Un cerco que es, por supuesto, muy anterior a la invasión rusa de Ucrania y que obedece a la llamada doctrina Brzezinski, el que fue asesor de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, destinada a impedir a Rusia reconstituir su imperio.

Representa en cierto modo una continuidad histórica: al antibolchevismo a raíz de la revolución rusa siguieron el anticomunismo de la Guerra Fría y ahora un antiputinismo, que, aunque enteramente justificado por la guerra ilegal contra el país vecino, no está exento de cierta rusofobia.

El objetivo de debilitar al oso ruso no es pues nada nuevo: ya lo intentaron en su día la Alemania imperial y otras potencias europeas hasta que el fascismo alemán de Adolf Hitler lo convirtió en programa bélico, con las desastrosas consecuencias para Europa y el mundo que conocemos.

El ingreso de Finlandia en la Alianza Atlántica decidido por el Gobierno de Helsinki y que goza, según leemos, con el apoyo mayoritario de la población, significa añadir 1.340 kilómetros más de frontera con Rusia al cerco occidental de Rusia.

Uno sinceramente no acaba de entender por qué esa adhesión va a aumentar la seguridad de ese país nórdico, como tampoco va a incrementarse la de su vecina Suecia si sigue los mismos pasos, y sí cree, por el contrario, que va a crecer la tensión en Europa con el consiguiente peligro de escalada nuclear.

Sobre todo, después del abandono por EEUU del acuerdo para la eliminación de los misiles nucleares de medio y corto alcance, un auténtico hito de la Guerra Fría, firmado por Washington y Moscú en 1987.

¿Entra en alguna cabeza que, después de las dificultades que ha encontrado el Ejército ruso para ocupar militarmente, aunque sea tan solo una parte del territorio ucraniano, iba a tener Moscú las mínimas ganas de atacar a una Finlandia neutral?

¿No parece más plausible que Rusia se sienta directamente amenazada por la posible instalación en otro país fronterizo de misiles de la OTAN dotados de cabezas atómicas como los que EEUU proyectó desplegar en Rumanía o Polonia con el absurdo pretexto de la amenaza iraní?

La invasión de Ucrania ha servido para agitar el miedo a futuras invasiones rusas de territorio ajeno y movilizar a la opinión pública contra una Rusia que hace tiempo que dejó de ser comunista para convertirse en una cleptocracia capitalista de corte autocrático y que parece sentir nostalgia de su viejo imperio.

Ya no interesa al parecer recordar que si Putin tomó la decisión de invadir Ucrania fue sobre todo por la insistencia de EEUU de abrir las puertas de la Alianza Atlántica a un país cuya adscripción al bloque occidental Moscú consideraba, con razón o sin ella, una amenaza existencial directa a la nación rusa.

Rusia había tenido ya que admitir la entrada en la OTAN de los países que habían formado parte del bloque de Varsovia y que ahora se convertían en potenciales enemigos, lo cual contravenía los compromisos verbales dados por el propio Gobierno de Washington a Moscú tras la reunificación alemana de que la Alianza no se acercaría ni un milímetro a las fronteras rusas.

Pero el eventual ingreso en la Alianza Atlántica de Ucrania o Georgia, dos repúblicas que habían formado parte de la propia URSS era una píldora demasiado grande para tragar, y así se lo hizo saber Rusia a Occidente antes de tomar la fatal decisión de atacar a Ucrania en flagrante violación del derecho internacional.

Destacados diplomáticos estadounidenses nada sospechosos de simpatizar con Rusia, entre ellos, George Kennan y el actual director de la CIA, Joseph Burns, ya habían advertido en su día de que la expansión de la OTAN sería un trágico error que podría significar el “comienzo de una nueva guerra fría”. No se equivocaron.  

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