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Rafael Simón Gil

¡Viajad, viajad en tren, malditos!

Imagen de un tren cercanías. Al fondo el aeropuerto de Alicante-Elche Rafa Arjones

Debe ser cosa de la edad, no mía, sino de los españoles, pero una vez que Europa y el Banco de España nos han dejado a la cola de la recuperación económica, afirmación que no admite matices, percibo que casi todo el mundo -además de nuestros múltiples gobiernos- se cree en el derecho de tratarnos como si fuéramos tontos, o imbéciles, o estúpidos, o borregos, o todo a la vez, si es que ello no constituye un enfermizo pleonasmo cuya cura requiere de infinita paciencia y mucha resignación pleonástica, además de una buena dosis de aceite de ricino para purgar tanta desdicha (Españolito que vienes al mundo…). Hace años fue la filóloga en economía doméstica, exministra y exvicepresidenta del Gobierno, la que nos trataba de convencer de que el dinero público no era de nadie (muchos y muchas del PSOE y UGT en Andalucía se lo tomaron al pie de la letra confundiendo “era” por “eres”). Años después, un adolescente que ocupaba la presidencia del Gobierno de forma interina nos dejó un bolso para defendernos de la pandemia independentista mientras él se iba a escribir “Política para adultos” (la última dosis de esa vacuna “chanel-literaria” sigue causando secuelas). Después, el que llegó después a presidente del Gobierno sin leer el libro del de antes, explicó en vivo, sin chistera, “dequiendependelafiscalíapuesyaestá. Pero el sigue estando, ustedes dos ya se habrán dado cuenta. Y hace solo unos meses, el azote de la casta, los privilegios y la discreta burguesía sin encanto, nos dejó huérfanos, abandonados a nuestra suerte, mudándose de la política y el humilde barrio donde vivía para refugiarse, devotionis ascetica, en la pericia mediática después de visitar al peluquero. Desde allí, con modesto jubón franciscano, vuelve a exhortar al proletariado -como buen telepredicador- de que el fin del mundo está muy cerca y él muy lejos.

Cuando ya creíamos haberlo visto todo, cuando la secular febrícula de tan sabias consejas remitía, volvemos al final del principio: otra vez tontos, o imbéciles, o estúpidos, o borregos, o todo a la vez. Hace un par de semanas otro asceta de solemnidad, presidente de una compañía eléctrica, llamaba tontos a los que habían contratado la tarifa eléctrica regulada que fijó el Gobierno del que es presidente el de después del que escribió el libro y se olvidó un bolso, no sé si me siguen, no se hagan los tontos. Y hace unos días, en plenas fiestas de San Isidro, mientras los bueyes españoles araban el campo que alimenta a los políticos, el presidente de Renfe pedía imponer peajes en carreteras y autopistas para que los mansos que aran el campo del que salen los inmensos sueldos que cobran los que no ha arado en su vida, cojan más el tren y contaminen menos 20/30. No explica el dicente si la idea surgió mientras viajaba entre las puertas giratorias del vagón de primera del tren Alicante-Murcia para, después de hora y media en 80 kilómetros, ir a Granada; o se le ocurrió desde el Corredor Mediterráneo que une Francia con Almería pasando por Lugo; o en el tren de la bruja de Cáceres a Madrid. Nuestro ilustre revisor, entre peaje y peaje, estaría leyendo Leónidas, de Glover; la Epigoniada, de Wilkies; la Peregrinación, de Lamartine; la Columbiada, de Barlow; Sicilia, de Tuckerman, y las Curiosidades, de Griswold, como hacía “El ángel de lo extraño” en el breve relato de E.A. Poe; o seguramente no. Y los bueyes arando la gleba para que no falte de nada al pasar el tren por Orihuela (Carne de yugo, ha nacido/Más humillado que bello, /Con el cuello perseguido/Por el yugo para el cuello…)

No contentos y contentas nuestros políticos de salón despreciando la inteligencia, el respeto, el sacrificio y el estoico comportamiento e infinita paciencia que para con ellos tiene el pueblo al que con tanto desdén tratan, la epítome del feminismo más “Woke”, nuestra ministra de Igualdad, inicia la campaña de Andalucía a base de sesudas ocurrencias para desviar la atención del vulgo por los problemas que afectan al gobierno Sánchez (la Gaceta de Moncloa, ante la debacle que se avecina, se ha sumado también trayendo a sus titulares conversaciones de Villarejo de hace ¡¡8 años!! sobre ciertos políticos del PP que hace años se retiraron, pero no las que mantuvo con Dolores Delgado, fiscal general del Estado, con comentarios machistas y homófobos). La compañera política del que dejó el barrio obrero para iniciar su experiencia ascética tras ir al peluquero quiere liberar a las mujeres del complejo, la estigmatización y la vergüenza de la regla proponiendo la baja por regla dolorosa. Olvida nuestra audaz emancipadora que la dismenorrea ya está reconocida como motivo de incapacitación laboral. Hemos pasado de que el sexo biológico es una construcción social y cultural, que el género no tiene género, a empoderar a las mujeres por la regla. ¿Es verdad que la mayoría de mujeres piensa así? Jerilynn Prior decía en El País: “Me preocupa que las bajas menstruales refuercen el estereotipo de la mujer débil”. Y de Montero a Montero, la que lleva las cuentas del dinero público que su compañera decía no ser de nadie, se niega a rebajar el IVA de los productos de higiene femenina para que los bueyes españoles siguen arando el campo que alimenta a los políticos. Otra vuelta de tuerca (James, y en ópera Britten) de tomadura de pelo la protagonizó nuestra ministra Calviño. Hace una semana, empoderada, se negó a posar en una foto con tres empresarios por ser la única mujer. Hace unos días, obedientemente desempoderada por Sánchez y el emir de Qatar, posó en una foto donde solo había hombres (cinco).

Para reconciliarme con lo poco que me queda de un mundo que conocí; buscando algo de luz dentro de esta perversa manipulación, esa sinietra entropía (2ª acepción de la RAE) en que nos han sumido, escucho Verborgenheit (la oscuridad), el lied de Hugo Wolf, con la canónica voz de mi barítono de cabecera Dietrich Fischer-Dieskau y el piano de Sviatoslav Richter. Su balsámica amnesia, mientras agonizo a Faulkner, me ayuda a olvidar que somos malditos viajando en el tren de la estupidez humana, demasiado humana. “Y ha seguido días y días, loca, frenética, en el enorme tren vacío, donde no va nadie, que no conduce nadie”. Hijos de la ira, Dámaso Alonso. A más ver.

(spoiler del pánico: Fernando Simón no prevé una transmisión importante de la viruela del mono).

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