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Matías Vallés

El Rey Mago de Oriente

El vulgar viaje a España de un monarca español ha sido seguido con la expectación que se reserva para una restauración de la corona

El rey emérito Juan Carlos I es recibido por el alcalde de Sanxenxo, Telmo Martín.

¿Es noticia que Juan Carlos I vuele a Galicia para comer percebes y pasear en balandro?, ¿es apasionante que un hijo almuerce con su padre, aunque ambos sean Reyes y exista el riesgo de que acaben a mandobles? El vulgar viaje a España de un monarca español ha sido seguido con la expectación que se reserva para una restauración de la corona, precisamente la institución que el navegante ha desacreditado con notable voracidad y rendimiento económico, según puede atestiguar la simpar Corinna que lo tiene agarrado por los tribunales.

Un español viaja en avión, no se veía nada igual desde Eurovisión. El mérito indudable de haber consolidado el trono adquiere una perspectiva desconcertante, al observar el encono de Juan Carlos I para serrarle las patas a la silla del Águila, el título de Carlos Fuentes. Se ignora por qué huyó el longevo monarca y también por qué ha vuelto. La única certeza apunta a que ha buscado en todo momento la opción que más dañara a su hijo, y a un Gobierno que solo casualmente es de izquierdas.

El titular de prensa que nunca existió reza que «Juan Carlos I vuela hoy de Bahrein a Ginebra portando el maletín con dos millones de euros en metálico que le regaló el sultán». Se trataba de una noticia más interesante que la asistencia a una regata, porque su protagonista era además a la sazón Jefe del Estado. Durante las cuatro décadas que duró su reinado, pasó más tiempo en el extranjero que los dos años de su actual exilio. Y nadie se atrevió a insinuar que el ajetreo requería una mínima transparencia.

Felipe González presidía el Gobierno cuando desveló que un texto legal no podía publicarse porque el Rey se hallaba otra vez en tierras suizas, sin posibilidad de rúbrica. Juan Carlos I cazaba en África sin el mínimo escrutinio ni el conocimiento del Gobierno cuando un helicóptero militar español se estrelló en Afganistán, con 17 muertos. Por no hablar de la expedición elefantiásica a Botsuana. En cambio, hoy se conoce cada hoja de la ruta planetaria del Emérito, como si fuera un rockero en gira triunfal.

La sobreexposición paterna de aeropuerto en aeropuerto cursa con la víctima habitual, la credibilidad de su hijo. El Rey Mago de Oriente genera más comentarios que si trajera la república como regalo a España. Su transparencia casi exhibicionista contrasta con la opacidad de su hijo. Se desconocen los días que Felipe VI y Letizia Ortiz pasan en el extranjero, disfrutando de vacaciones paradisiacas. Fue Juan Carlos I quien los convocó con más exigencia que urgencia a la misa de Pascua de Mallorca desde el Caribe, un retorno atropellado que cursó con el engorroso registro en Miami. Los ilusos republicanos deberían lograr al menos que los monarcas informaran de sus viajes de lujo mientras ejercen el poder, no solo cuando se han visto obligados a abandonar La Zarzuela.

Juan Carlos I se instaló en los Emiratos Árabes que detesta porque la atmósfera de las mil y una noches se haría más insoportable para Felipe VI y para Pedro Sánchez que la contemplación del yate Scheherezade de Putin para Europa. El rey español de Arabia ha logrado en el desierto la mayoría absoluta de la Familia Real, al congregar a hijas y sobrinos mientras su odiado hijo se limita a la pareja y a la parejita.

No hay institución más secreta que la monarquía. Según sus entusiastas de pago, la ejemplaridad congénita que acarrea la institución dispensa de la siempre onerosa labor de escrutinio. Sin embargo, los escándalos filtrados por el muro de silencio vuelven a confirmar que la inmunidad y la impunidad son sinónimos. Los semáforos acaban por imponerse porque hay alguien vigilando, en ausencia del guardián se impone el daltonismo.

El detallado trayecto del Rey Mago de Oriente se justifica reinterpretándolo en términos de marketing para Sanxenxo. Nadie puede negar que las vacaciones de un monarca conllevan una notable publicidad, aunque sin llegar a la promoción turística que se alcanzaría matriculando a la cantante Chanel, por no abandonar la galaxia de los espectáculos con récords de audiencia.

Con todos los respetos para los pueblos que suspiran por la aniquilación de su personalidad a manos de los visitantes, el turismo es más coprófago que omnívoro, sin ningún reparo a plantarse en Auschwitz o en Chernóbil. En todo caso, se concreta así la efigie de uno de los jefes de Estado más longevos de España, en dura competición con su predecesor, que en sus estatuas ecuestres puede ser inmortalizado con la gorra de béisbol del revés y en calzón corto. 

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