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Joaquín Rábago

Estados Unidos: una sociedad definitivamente enferma

Efectivos de la Policía a las puertas de la escuela de Uvalde, Texas. San Antonio Express-News/SanAnto

Ya lo dijo el reverendo Martin Luther King el día antes de ser asesinado: “La nación está enferma (…) Todo es confusión a nuestro alrededor”.

Por mucho que la siempre tan eficaz propaganda de Hollywood y los medios de aquel país trate de vendernos el “sueño americano”, lo que sucede allí se asemeja más a una pesadilla.

Cada nuevo tiroteo en un supermercado o una escuela como el de esta semana en Texas, que dejó muertos a diecinueve escolares y dos profesores, víctimas de los disparos de un joven de 18 años, es sólo un síntoma de esa enfermedad.

Hace algo más de un año, la revista médica The Lancet publicó un informe en el que atribuía los males de la sociedad estadounidense a la deriva de su sistema político durante las últimas décadas.

“Una plutocracia envalentonada que, bajo la guisa de la desregulación y la austeridad, ha incrementado su riqueza y su poder, desregulando los mercados y ajustado los presupuestos del Gobierno en beneficio propio”, escribía la prestigiosa revista británica.

Según The Lancet, el anterior presidente Donald Trump no había representado ninguna ruptura con el pasado, sino que se había limitado a “acelerar” un proceso caracterizado por la disminución de la esperanza de vida y unas políticas económicas, sanitarias y sociales llenas de fallos.

The Lancet responsabilizaba tanto a los republicanos como a los demócratas de los problemas crecientes de aquella sociedad, que atribuía tanto a la desregulación neoliberal como al hecho de que se hubiese convertido la “rentabilidad” en única medida de la gestión individual: eso que llaman en inglés “performance”.

Una cultura comercial y ególatra hasta el extremo como la norteamericana sólo puede crear alienación, infelicidad y profunda frustración cuando uno no ver cumplidos sus esperanzas o deseos, objetivo constante de una publicidad omnipresente.

No deben extrañar así fenómenos como el alto índice de homicidios y suicidios, facilitados por la espantosa proliferación de las armas de fuego, pero también el de muertes por drogas y de encarcelación.

Estados Unidos encabeza la lista de países en lo que se refiere a las muertes por armas de fuego: sólo en 2020 murieron por esa causa 45.000 estadounidenses, aunque más de la mitad de esas muertes se debieron a suicidios.

Se ha calculado que entre 1968 y 2017 fueron víctimas de ese tipo de armas 1,5 millones de estadounidenses, es decir más que todos los soldados norteamericanos fallecidos en todas las guerras de ese país desde la de la independencia en 1775.

Es algo que no debería extrañar si se tiene en cuenta que hay allí 120,5 armas de fuego por cada 100 residentes, con lo que EEUU figura por delante del Yemen (casi 53) y Serbia o Montenegro (39).

A esas muertes violentas hay que añadir otras relacionadas con la que ya se califica de “epidemia de opioides”: más de 1.500 personas mueren semanalmente en EEUU por sobredosis de algún opioide y millones sufren adicción a esas drogas, incluidas las sintéticas.

Pero hay otras estadísticas muy significativas del mal de aquella sociedad: por ejemplo, el número de reclusos. Tanto en cifras absolutas como relativas, EEUU ocupa también el primer puesto mundial con 2.12 millones de presos, seguido de China, que tiene cerca de 1,71 millones, Brasil, casi 812.000 y Rusia, 471.500.

También encabeza la superpotencia la tasa de encarcelamiento con 419 reclusos por cada 100.000 residentes en 2019 – seis años antes llegó incluso a 716- mientras que la de un país también rico como Alemania es de 76 y la de España, de 116,5 por cada 100.000 personas.

Ni que decir tiene además que la mayoría de los reclusos son negros: los afroamericanos tienen una tasa de encarcelación casi cinco veces superior a la de un blanco: en 2019 había casi 1.100 presos negros por cada 100.000 ciudadanos de ese color frente a 525 hispanos y 214 blancos.

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