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Francisco Esquivel

Tiene que llover

Francisco Esquivel

El árbol sin sueños

Uvalde llora la tragedia de la escuela Robb. REUTERS

En la previa del choque, Steve Kerr, que fuera base de los Bulls de Michael Jordan y hoy entrenador de los Warriors, compareció demudado: «No voy a hablar de baloncesto. Desde que salimos del entreno unos niños y sus profesoras han sido asesinados. ¿¡Cuándo vamos a hacer algo!? ¡Basta! Hay 50 senadores que se niegan a votar una ley estancada dos años en el Capitolio. Les pregunto: ¿Vais a poner vuestro deseo de poder por delante de las vidas de nuestra gente? ¿Os dais cuenta de que el 90% de los estadounidenses quiere un control de antecedentes para comprar armas?». Aunque clasificados para la final, los suyos perdieron ese partido.

   Tengo ante mí el cuadro escolar repleto de sonrisas de las criaturas que ya no están. Apenas salgo de ahí. Tan solo para acercarme a la imagen de Irma García, la «seño» madre de cuatro chavales, que murió como cielo protector y la de Joe, su marido con una cara de felicidad igualita a la de mi Pascual, que dos días después se desplomó al entrar en casa y así se quedó para los restos. La que no ha circulado ha sido la de la abuela del autor de la masacre quien, tras ser la primera diana del rifle, pidió auxilio. El nieto no daba un palo al agua. Dejó las clases y, encerrado en la habitación donde se alimentaba con fuego entre videojuegos y redes, aprovechó cumplir 18 para disparar de verdad y salió a estrenar la compra. En fin, lo habitual.

   El 50 por ciento de las armas que en el mundo pertenecen a civiles se encuentran en manos yanquis. Cargado de impotencia, su presidente se ha preguntado: «Por qué esta clase de matanzas casi no sucede en otra parte del mundo. ¿Por qué?». La respuesta republicana apunta a dotar de más agentes a los colegios y a entregar revólver con munición al maestro. Me tiro de cabeza a García Teijeiro, referente de la literatura infantil y poeta: «Mi árbol tenía sus ramas de oro/Un viento envidioso robó mi tesoro/Hoy no tiene ramas/Hoy no tiene sueños mi árbol callado, mi árbol pequeño». Para los descendientes directos del wéstern resulta más crudo refugiarse.

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