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Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor

Ojalá fuese calvo

Estanterías con libros de lectura y texto

Por casualidad, abrí una novela a voleo y, en la página treinta y pico, leí que uno de los personajes, un universitario que comparte piso con tres amigos, aprovecha uno de sus pasos por el cuarto de baño para peinarse por enésima vez en el día. La novela, también por casualidad, la había escrito yo mismo años atrás. El personaje, un tal Luca, estudia matemáticas en Lyon y mantiene la teoría de que peinarse es «una acción siempre en curso, nunca acabada». Dura toda la santa vida. No puedes decir que estás peinado y que lo estás para siempre, de modo que al fin taches esa acción de la lista de los dolores de cabeza diarios.

El peinado no es, digamos, como el bautizo, o la circuncisión, o aquellos coches que ya no se fabrican desde hace mucho, indestructibles, o como cuando te compras cierta ropa y te dura muchísimo, sin someterse a la moda del presente absoluto inventado por algunas marcas, que en dos meses dejan lo nuevo en viejísimo, si antes no se rompe o hace bolas. Nunca puedes decir, según Luca, que estás peinado, solo que estás peinándote. «Yo aún creo en el gerundio», sentencia el personaje. Ahí cerré la novela, concluyendo que quizás nunca más volveré a tener tanta razón en otro libro del futuro. El gerundio desprende en ocasiones una fuerza y belleza arrebatadoras. Nada lo doblega. Recuerdo que en unas elecciones municipales al candidato del PP por Ourense le hicieron una pintada demoledora en un puente y lo hundieron en la miseria: «No votes a Rosendo, que es gerundio».

Parece increíble, pero de un día a otro tu peinado pasa fácilmente de factible a impracticable. Y cuando sucede, el mundo a tu alrededor se derrumba, mientras te preguntas por qué las cosas no pueden ser hoy igual que ayer. Es uno de esos momentos en los que te conmoverías si conocieses algo que durase toda la vida. Son los días en los que un peinado no es solo un peinado, sino una metáfora, quizás de cómo el ser humano puede ahogarse en un vaso de agua y ser vencido por una ridiculez. Nunca minusvaloremos un peinado con el argumento de que solo es pelo.

Peinarse se vuelve un tormento secreto en los momentos más inesperados. No es fácil que tus pelos se mantengan iguales a sí mismos de un día para el otro, y a veces dentro de un mismo día. Siempre hay una revolución pequeñita en marcha, que a veces conduce a la frustración. Hace años, mientras esperaba a que un amigo acabase de prepararse, lo oí mascullar desde el baño «Ojalá fuese calvo», producto de la desesperación. «A lo mejor era más feliz. Y rico», añadió. Solo se trató de una divertida boutade. Nadie quiere quedarse sin pelo. Nadie, en sus cabales, aspira a perder un día su cabello e iniciar, digamos, una andadura personal calva. ¿Nadie? Casi nadie. Hay un pasaje maravilloso, al final del primer volumen de En busca del tiempo perdido, en el que el narrador, seducido, cuando solo es un niño, por la personalidad de su vecino, llega a afirmar que «sobre todo me gustaría esta tan calvo como Swann». Razón por la que su padre dice: «Este niño es idiota, se va a volver un monstruo».

A punto de renunciar también a su pelo estuvo una vez mi abuela una tarde que salió a pasear y a leer esquelas en un poste de la luz. Ya pasaba para entonces de los ochenta años, y tenía la melena más larga, blanca y lisa que yo haya conocido nunca. Era un blanco recién nevado que a mí me hacía pensar en el Perito Moreno. Aquel día lo llevaba suelto. De pronto, a su altura se detuvo un automóvil del que se bajaron un hombre y una mujer. «Tiene usted una melena blanquísima», dijo la mujer con admiración. «¿Nos la vende?» Mi abuela no entendía nada. «¿Venderles el pelo?», preguntó. «Sí, el pelo. Se lo compramos. Nos encanta». «¿Y cuánto pagan?», quiso saber mi abuela, adentrándose en un terreno desconocido. A su edad, ya lo había visto todo, menos aquello. La pareja se miró entre sí, y el hombre dijo finalmente: «Cinco mil pesetas». Mi abuela debió de pensar que solo era pelo, y que crecía, y aceptó. Le entregaron el dinero en ese momento. «Si le parece, venimos la próxima semana y le cortamos la melena». Pero pasaron los días, las semanas, los años, y nadie volvió para llevarse su cabello, en lo que es aún el misterio más bello de la familia.

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