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Reflexión sobre la fuente de Daniel Bañuls

La fuente de Levante creada por Daniel Bañuls en la plaza de los Luceros de Alicante, tras la restauración. PILAR CORTÉS porPabloSánchezIzquierdo*

Al querer escribir sobre la Fuente de Levante, me viene a la mente pensar qué diría nuestro escultor, Daniel Bañuls, si estuviese vivo y viera su fuente inmersa en una trifulca tan poco edificante e inquietante para su obra.

Entre unos que, al tiempo que dicen que les gusta la fuente, defienden que no les importa lo que pueda pasarle si la bombardean con ondas expansivas y agentes químicos corrosivos, otros hemos crecido entre tracas y disfrutamos de las “mascletás”, pero damos importancia a la fuente, la valoramos y la consideramos parte primordial de nuestro patrimonio.

 Aducen quienes la bombardean que está hecha con material pobre. Pobre, ¿por qué? Está hecha con el mismo material con que se ha construido todo lo denominado Arte Modernista en cualquier parte del mundo; un material que permitió esa versatilidad en la forma a la hora de construir y expresarse que nunca habría sido posible con materiales como la piedra. Tan solo tenemos que trasladarnos a Alcoi o Novelda, por ejemplo, para valorar lo que esos “materiales pobres” dieron de sí, o para comprobar que llevan años expuestos a la intemperie sin que nadie diga que son un material pobre.

Seguro que, si tirásemos esas mascletás de Luceros en el Parc Güell (por ejemplo), también se aceleraría su deterioro natural de forma evidente, y sería igual de incomprensible que lo justificaran diciendo que se puede restaurar.

¿Que el tráfico también afecta a la Fuente de Levante? Sí, claro. Y más ahora, después de haber edificado una gran bóveda en el subsuelo para albergar una parada del TRAM, sin haber pensado en absoluto en la fuente que tenía que vivir encima de ella, sin haber instalado ningún tipo de amortiguamiento. Antes estaba situada sobre un suelo firme, compactado, con tierra que absorbía todo tipo de vibraciones, pero está claro que ahora esa bóveda las reverbera haciendo que la contaminación acústica se multiplique. Así que deberíamos reducir el tráfico. excesivo que existe actualmente, lo que beneficiaría no sólo a la fuente sino también a las personas que viven en esa zona. Y estaría bien que se colocarán medidores ambientales para conocer la calidad del aire en todo momento.

Sobre el problema de la vibración del TRAM, al ser una estación terminal, los tranvías llegan casi totalmente parados.

Recordemos cómo se usaba la fuente para la celebración de los éxitos del CF Hércules, cómo se subían sobre los caballos para señalar su euforia de ganadores y cómo la sociedad reaccionó ante esa falta de empatía. Y, aunque continuaron celebrando las victorias allí, lo hicieron con más respeto por ese lugar, lo que dignificaba aún más el esfuerzo de sus victorias.

Decir que lo relatado antes es lo que más deteriora a la fuente no tiene ningún sentido si se compara con el hecho de hacer explotar junto a ella 150 kilos de pólvora en unos minutos, durante siete días consecutivos (antes eran diez o más), con su consiguiente exposición a los agentes químicos de los gases de azufre de las explosiones. Menos sentido aún con la existencia actual de la bóveda del TRAM, circunstancia que hace que la plaza se comporte como un bombo.

Decir que, si se deteriora, con restaurarla se arregla todo confirma la falta de empatía con la fuente y el poco sentimiento que esta les provoca. Recuerdo la visita a nuestra tierra de un restaurador del Louvre que afirmaba, con cierta presunción, que muchos cuadros de la pinacoteca del museo se parecían poco a lo que había pintado el artista.

La obra que Daniel aportó a nuestro pueblo es una muestra de ese arte modernista que tan poca presencia tiene en nuestra arquitectura, y menos aún en nuestra escultura. Si se me permite, señalaría que las imágenes de la que llamamos Casa de las Brujas, obra de mi abuelo Miguel Carrillo Soler, están realizadas con el mismo material que la Fuente de Bañuls y lucen como si estuviesen recién hechas.

Defendamos nuestra fuente. Alicante ha sufrido un expolio excesivo de todas sus señales de identidad, de su memoria, que hace que sus ciudadanos tengan la sensación de no reconocerse en la ciudad que los vio nacer.

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