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Mercè Marrero.

Tener flow y otras emociones indescriptibles

La palabra de moda es flow. La oigo aquí y allá. No sé muy bien qué significa, pero sé que quiero tenerlo

Cillian Murphy (Tommy Shelby) en la temporada final de ’Peaky Blinders’.

El protagonista de la serie Peaky Blinders, Cillian Murphy, tiene flow. O eso dicen en mi casa. Oigo la expresión, mientras veo una escena en la él que camina con las manos en los bolsillos de unos pantalones bombachos. Como estoy en esa fase en la que quiero parecer una madre que está en la onda y no una ignorante, callo. Intuyo que tener flow es algo parecido a ser estiloso y elegante, pero me limito a reforzar la opinión de mis hijos con un “¿A que sí?”.

Entre sentadilla y flexión, mi monitor del gimnasio anuncia que el chico de la primera fila tiene mucho flow. Lleva una visera, una malla que le marca absolutamente todo de cintura para abajo y tiene unos brazos que evidencian que ha consumido anabolizantes por encima de sus posibilidades. Es la antítesis al estilo y la elegancia, pero al tío no se le escapa un ejercicio y lo hace con una técnica envidiable y al ritmo de la música. ¿Qué significa eso de tener flow? Ni idea. Es algo bueno que nadie alcanza a describir con exactitud. Solo sé que yo también quiero tenerlo.

Hace décadas, mi madre le regaló un jazmín a mi abuela y ella lo plantó en un trozo de tierra en la entrada de nuestra casa. Durante años, perfumó todas las noches de mis veranos. El olor llegaba por la noche y desaparecía al amanecer. Un invierno remodelaron el jardín y el jazmín desapareció. Fue el mismo año en que mi abuela murió. Una coincidencia, dirán algunos. Para mí, una señal. Me entristeció tanto que decidí regalarle un jazmín a mi madre. Ella lo ha plantado en mi balcón y cada mañana despierto con sus vistas. El sábado pasado apareció la primera flor. Duró 24 horas. Es difícil describir la satisfacción. Llámalo flow, llámalo conexión, llámalo conformarse con cualquier cosa. Lo cierto es que ese detalle ha llenado mi semana con una mezcla de alegría, añoranza y certeza de que me encanta vivir.

Hace treinta años, tras la selectividad, cerré, sin saberlo, un capítulo. En ese momento, no era consciente de que no volvería a ver a compañeros a quienes había visto cada día durante años. Personas con quien lo pasaba y me sentía bien. Nos habíamos copiado en exámenes, compartido excursiones, bocadillos, las primeras marchas de la adolescencia, algún beso y festivales de final de curso. Estos últimos meses, los de la promoción de 1972 nos hemos vuelto a reencontrar. He ido a esas citas ilusionada y atemorizada a partes iguales. Preguntándome si tendría que presentarme porque he dejado de ser reconocible o si tendría tema de conversación. Todo fue fácil y no paramos de hablar. Detrás de la barba y el pelo largo, vi al empollón que dominaba la Física. A la chica que siempre sonreía y que hoy lo continúa haciendo o al que ya era guapo de adolescente y sigue siéndolo. Llevo días dándole vueltas a la emoción que me provocan esos encuentros. La evidencia del paso del tiempo, la nostalgia de una época en la que era feliz sin ser consciente de ello, la duda sobre qué habría pasado si hubiese tomado decisiones diferentes o lo afortunada que me siento hoy. Algo difícil de describir. Seguramente, algo con mucho flow. 

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