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Fernando Ull

El ojo crítico

Fernando Ull Barbat

Nunca mires atrás

Javier Reverte. Virginia Guzmán

Qué extrañeza me ha producido leer el último libro póstumo de Javier Reverte sabiendo, ahora sí, que no se se editará ningún otro libro del que es el mejor escritor español de viajes. Después de 30 años leyendo sus reportajes, crónicas y libros de viaje, no volveré a ir a la librería más cercana de mi casa para buscar y comprar un nuevo libro suyo. He leído su recién publicado La frontera invisible. Un viaje a Oriente ( Plaza y Janés, mayo de 2022) , demorándome en cada párrafo, casi en cada línea, sin poder evitar sentir esa nostalgia que se siente el último día que se pasa en una ciudad de un país extranjero en la que has sido feliz sabiendo que, probablemente, nunca regresarás.

Fue Javier Reverte un escritor que gracias a su estilo, sencillo pero muy culto, logró atraer tanto a lectores poco iniciados en la lectura de viajes como a los que buscaban documentarse gracias a la extensa bibliografía que aportó en cada uno de sus libros. Viajó siempre en solitario porque como solía decir no conocía otra manera mejor de hacerlo y mientras lo hacía contaba lo que veía, las conversaciones que tenía con lugareños de las ciudades que visitaba, su gastronomía, su historia y recordaba a los escritores que habían estado allí antes que él. Y todo ello teñido de una socarronería marca de la casa para criticar desde el humor costumbres poco edificantes o actitudes insolidarias y catetas. Concebía el viaje, como aclara en las páginas de La frontera invisible, como un acto de curiosidad intelectual, como una sorpresa continua y como el cuestionamiento de uno mismo. Es decir, para Reverte, viajar es imprescindible para tener una visión clara del mundo y de la vida que aminore la ignorancia.

No fue Javier Reverte hombre que se dejase llevar por la nostalgia de lo vivido. Ni siquiera cuando supo que su enfermedad era incurable. Siempre dijo que el mejor viaje era el próximo. Sin embargo, cuando describe Estambul antes de ponerse en camino a Irán no puede evitar preguntarse si volverá a ver la ciudad que marca la frontera entre Oriente y Occidente. Aunque en realidad lo que habría que preguntarse, a la vista de la numerosas incursiones que ambos mundos han hecho en el otro, es si de verdad existe esa frontera. Siguiendo los pasos de Alejandro Magno Reverte recuerda que el rey de Macedonia llevó a cabo, en su conquista de Oriente, el más importante intento de unir a ambos mundos, o lo que en aquella época era, hace 2.300 años, la cultura griega con la persa. Alejandro Magno, que tuvo como preceptor a Aristóteles y como libro de cabecera La Odisea nos recuerda cada vez que leemos sobre cómo fueron sus conquistas que siempre hay que mirar hacia delante, nunca atrás.

Como he dicho al principio me he demorado todo lo que he podido en leer este último libro de Javier Reverte, como si se tratase de un largo abrazo, como si hubiese estado apoyado en el puente de Gálata de Estambul mientras observaba un barco alejarse lentamente. De vez en cuando interrumpía su lectura, lo cerraba, volvía a leer la contraportada, miraba de nuevo las fotografías y después regresaba sus páginas. Bajo la mirada de Javier Reverte, Irán es una dictadura cuya población trata de ser feliz a su manera en un paisaje desértico e inclemente.

Hace veinte años recorrí Grecia y Turquía durante un mes buscando las raíces de Europa y para, como dijo Ryszard Kapuscinski, saber cómo vivían los que estaban al otro lado de las montañas que veía desde mi casa. Los tres últimos días de mi viaje los pasé Estambul. Me levantaba por las mañanas y echaba a andar sin rumbo fijo, deambulando por los barrios. Una tarde me acerqué a los muelles del lado occidental desde donde parten los transbordadores que cruzan el Bósforo o van a las islas cercanas. Observé cómo la gente introducía un par de monedas en unos tornos de acceso y no lo pude evitar. Me subí al ferry más cercano sin pensarlo, segundos antes de que partiera. Me acomodé en un costado, cerca de la proa, y mientras una luz cremosa se apoderaba lentamente de Estambul, de sus casas de madera, de la mezquita de Santa Sofía y de la docena de minaretes que parecían vigilar la historia de la ciudad más oriental de Europa, recordé que en las negras aguas que tenía delante de mí se hundieron los barcos de todos los imperios que creyeron que iban a hacer el mundo suyo. No tenía ni idea de adonde me iba a llevar aquel barco. Si hubiese sido por mí habría seguido las antiguas rutas comerciales que se perdían durante años en algún país de la antigua Persia. Nunca mires atrás. El mejor viaje es el próximo.

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