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Antonio Sempere

Sin palabras

Foto de archivo

Produce tristeza pensarlo. También una sensación de fracaso. Mezclado con el miedo al tipo de sociedad que hemos creado. Porque puede ocurrir que desde que me levanto y salgo de casa hasta que vuelvo a ella no tenga necesidad de hablar absolutamente con nadie. Y eso, a partes iguales, me apena y desazona. Un ser sin socializar muere igual que una maceta sin una gota de agua.

Los trenes (ahora el Tram), esos lugares que hace tiempo eran lugar de conversación espontánea y obligatoria, se han convertido en espacios desagradables en los que el lobo es el lobo para el hombre. Las taquillas se han sustituido por las máquinas. El billete se introduce en tornos. Apenas existe la figura del interventor. Si lo hay, actúa sin palabras. En los buses, tres cuartos de lo mismo. Ni el menor amago de saludo.

La gente, pertrechada con sus móviles y auriculares, vive en su burbuja. Si osas mirar a alguien, te conviertes en sospechoso. Porque el simple acto de mirar violenta. En cualquier parte y a cualquier hora. En las grandes superficies la gente prefiere pagar a las máquinas. Al cine ya se va con la entrada comprada online. Pasaron a la historia los chascarrillos en taquilla: “1 para la 7”. Acudimos directamente al lector digital, y a acomodarse.

Con un poco de suerte, si no te cruzas a ningún conocido durante la jornada, o lo haces con alguien que hace como que no te ve, puedes regresar al hogar sin haber abierto la boca, sin haber escuchado tu voz.

Esto era el futuro. Así es la sociedad hiperconectada, la de los miles de contactos por redes sociales. Perdonen que no les llame amigos. Y lo que viene es el metaverso.

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