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Un revólver.

Llamamos ruleta rusa inversa a aquella que consiste en meter cinco balas en un tambor de seis para mermar las posibilidades de sobrevivir. Ahora bien, puestos a jugar, sería más lógico meter las seis y esperar un milagro. O seis milagros. Un milagro sería que todos los clientes y empleados de este supermercado en el que me hallo ahora mismo entraran en un coma profundo mientras compro. Todo el mundo muerto transitoriamente menos yo. Cogería los productos de siempre, sin abusar, y pasaría por caja sin provocar menoscabo alguno en mi economía. Cuando llegara a la calle, el mundo se pondría nuevamente en marcha. El mundo debería detenerse de vez en cuando para darme la oportunidad de sacarle alguna ventaja. Pero el único que se para aquí soy yo.

Ahora mismo me he detenido en el pasillo de las infusiones porque soy de detenerme mucho en esta sección. Té verde, rooibos, ginkgo biloba… Imagino que en todos esos sobrecitos, en vez de una bolsita con hierbas, hubiera pequeñas cartas manuscritas a través de las cuales los extraterrestres intentaran comunicarse conmigo. Pero mientras yo me detengo para delirar, el mundo se mueve a velocidades de vértigo alrededor de mí al objeto de llegar antes que yo adondequiera que haya que llegar. Soy poco competitivo, me digo tomando al fin una caja de poleo menta. En esto, una señora miope, aunque sin gafas, me pide que le lea la composición de un bote de garbanzos cocidos. Se la leo.

-Léame también la fecha de caducidad.

Le leo todo y ella me escucha atentamente, como si le leyera un cuento. Luego exclama con expresión de desconcierto:

-¡Creo que tengo prisa, pero no estoy segura!

Le digo que no se preocupe, que yo tampoco estoy seguro. A veces creo que sí, que tengo prisa, pero es pura ansiedad, y a veces creo que no y es pura depresión. Nos despedimos en las conservas. Hay productos enlatados que no caducan hasta dentro de seis o siete años. Millones de personas morirán entre tanto y la lata de almejas de Chile continuará cerrada. Tal vez alguien la abra el día de mi fallecimiento, como si fuera una de las balas del tambor de la ruleta rusa inversa. ¡Bum!

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