Elena (Vicky Luengo) e Iván (Pol López) deciden irse a reconstruir una masía en mitad de la montaña embarcándose en una de esas empresas en las que hay que arremangarse bien y meter los pies en el barro, un plan que suena romántico e ilusionante... hasta que aparecen las primeras dificultades fruto de la hostilidad del campo y la desigualdad de roles y en las cargas de trabajo. Irse a vivir lejos de la ciudad, dejarlo todo y arrancar juntos una vida nueva no es fácil; mucho menos si vives de la comodidad que ofrecen las grandes ciudades modernas (metaversos incluidos), con la variedad de opciones que ofrecen para conocer, consumir y dar media vuelta cuando te canses. En el campo no se puede hacer esto: el campo requiere cuidados.

Mikel Urrea nos lleva a una finca rodeada de bosques de alcornoques para presentarnos en ‘Suro’ muchas cuestiones que hoy día ocupan libros de filosofía y sociología críticos con la deriva posmoderna. Elena está gestionando mentalmente y trabajando en construir un buen sitio para lo que va avenir; él, fuera de lugar, busca validarse en ese sitio lejos del ambiente de chico indie con pinta de escuchar a Leiva todo el tiempo. Tendrán que convivir con vecinos del pueblo, los jornaleros del corcho y un burro mientras construyen para el futuro sin mirar mucho al presente. Nada parecido a La isla de las tentaciones, aunque la finalidad real sí es la de poner a prueba (aunque sin morbo) y ver si se contienen los incendios que amenazan con quemarlo cuando viene la tramontana.

Al Amor líquido de Bauman recuerda una película tan bien construida sobre la tensión entre no querer dejar ir las ilusiones y tener que aprender a reconstruir con cada nueva grieta en la cimentación: comprender y escuchar en un mundo cada vez más individualista. En la línea sociológica también da algunas ideas presentes en La agonía del Eros de Byung-Chul Han: ¿cuán consumistas necesitamos que sean nuestras relaciones? ¿cuánto “aguantaríamos” gestionando aquello que el compañero no quiere gestionar? ¿mejor decir adiós y pasar página como si, en lugar de personas, nos relacionáramos con personajes de los Sims? Y, aún peor, ¿qué hacer con lo que no quiere gestionar tu pareja o “excompa” en momentos en los que te comes sola un marrón? Vivian Gornick publicaba hace unos meses El fin de la novela de amor, un conjunto de los ensayos que la autora de ‘Apegos feroces’ nos ofrece ahora en castellano (25 años después). Se unen estos pensamientos a los que también están aportando otras autoras, como Eva Illouz, sobre el tema de las relaciones líquidas y el amor romántico: la búsqueda de un equilibrio y reciprocidad para las mujeres que siempre han sufrido el lado más violento de la desigualdad.

Suro

La soledad de Elena en mitad del bosque, tratando de encontrar el motivo que la llevó hasta ahí te mantienen en tensión toda la película: ella sostiene y tira del carro. Él se queda paralizado y hace cosas para reafirmarse en un terreno que le resulta hostil; pasas todo el film esperando a que se ofrezca a cargar con parte de la mochila de Elena, es exasperante (y quizá esa sea la finalidad). Urrea ha construido un personaje femenino con el que muchas se identificarán, cuya carga mental atraviesa la pantalla y que hace todo lo que de cara al espectador más conservador pudiera parecer “cosas de una mujer que se ha vuelto definitivamente histérica”. Está en sus manos decidir o no si prenderle fuego a la finca, al bosque entero o a la relación y, de hecho, la frase que detona el final del film resulta tan incendiaria e inesperada como cualquiera de las opciones. Tan recomendable es verla como debatirla después.