Opinión
Palabras antiguas

Una línea de autobús. / Jose Navarro
Me gusta la expresión “objeto mental” porque parece haber en ella una cierta contradicción, como si los productos de la cabeza no pudieran ser cosas. Ahora mismo cierro los ojos y me represento un autobús de color azul lleno de gente. Los viajeros van tan apretados que sus miembros se confunden. Yo me encuentro entre ellos y no sé si este brazo derecho es mío o de la persona que tengo al lado. De súbito, el brazo se mueve un poco sin que yo haya hecho intención de hacerlo, de donde deduzco que no me pertenece. Pero entonces, ¿dónde se encuentra el mío? Por fin doy con él, pero al poco descubro que también es de otro. Definitivamente he perdido una de mis extremidades, lo que me provoca un ataque de ansiedad que controlo diciéndome mentalmente palabras tranquilizadoras, como el que intenta calmar a un animal asustado. Me pregunto luego si las palabras son también objetos mentales y me respondo que sí.
Me vienen a la memoria entonces palabras antiguas, palabras de mis padres, ya fallecidos. Recuerdo frases enteras de ellos a las que doy vueltas en interior de la cabeza como el que monta y desmonta un mecano. Mi madre solía decirme que acabaría en la cárcel.
Estuve a punto de darle el gusto en varias ocasiones, pero en el último momento me funcionó siempre una especie de instinto de conservación, de modo que no acabé en la cárcel, aunque la visité, por curiosidad, en varias ocasiones para hacer reportajes. Cada vez que entraba en una, imaginaba que me visitaba a mí mismo o, mejor dicho, a la versión de mí que tenía mi madre en la cabeza. Me pregunto si la versión intelectualizada de los hijos podría calificarse de objeto mental. Y me respondo que sí con la lengua real, con la lengua que tengo dentro de la boca. En la boca real sólo cabe una lengua real; en una boca imaginaria, en cambio, cabrían varias lenguas superpuestas, cada una para un idioma.
En esto, el autobús mental en el que viajaba rodeado de gente llega a una parada y se baja todo el mundo, yo incluido. Ya a pie de calle, recupero mi brazo derecho, que se había quedado dormido por la presión. Observo atentamente mis manos, que se convierten de inmediato en dos chismes mentales.
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