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Vergüenza torera

Luis Mazzantini era un torero vascoitaliano. Por su afecto hacia las artes, lo llamaban el “señorito loco”. Mazzantini es el autor del famoso concepto de “vergüenza torera”. El Instituto Belmonte ofrece una definición pomposa del dicho: “Es el listón más alto de valor, de mérito, de capacidad, de excelencia, que representa una persona. Es ese sentido de responsabilidad que impone la obligación de cumplir con el propio deber”.

Desde la toma de alternativa de las diferentes corporaciones municipales, hemos asistido a actos de veto y cancelación de distintas manifestaciones artísticas. Los vetos y las censuras no son algo nuevo en democracia, todos recordamos la censura de la imagen de Zaplana en el cartel de una obra satírica en el Teatre Arniches o la desaparición de la bandera republicana y de unas frases alusivas a Franco en el Ay Carmela de Sanchis Sinisterra en el Teatro Principal de Alicante ya en este siglo. Pero si aquella era una censura pasivo-agresiva, ahora se trata de una censura institucional.

La respuesta de Santiago Abascal ha sido clara. Ha entrado al trapo: harán donde gobiernan “lo que a ellos les parezca”. No han hecho matizaciones, no están abiertos al diálogo, ni al consenso, ni a ser receptivos. Vaya, extrema derecha que llaman. Al menos, con esto ya sabemos que no serán ambiguos, que no les pillarán en un renuncio. Agárrense los machos.

Dos días antes de que Carlos Mazón tomara la alternativa de manos de la presidenta negacionista de Les Corts, quince asociaciones profesionales del sector productivo valenciano “manifestaban su inquietud” por la posibilidad de que Barrera fuera conseller de Cultura y tendían la mano para un “diálogo abierto” en un impecable discurso de educación democrática. La posibilidad de un conseller de extrema derecha no genera en mí inquietud, sino una profunda repugnancia por vetos como los de Virginia Woolf, que es como vetar a Rosalía de Castro, a Emilia Pardo Bazán o a Teresa de Ávila. Pero similar rechazo también me producen contemporizaciones de autores como Roal Dahl o la autocensuras como la de La vida de Bryan. Hacer desaparecer todo lo que nos disgusta del pasado es la manera más rápida de abrazarse a él. Dice María Galindo, escritora argentina anarcofeminista, que “seguramente un personaje racista es imprescindible para generar cualquier discurso. Otra cosa es definir los escenarios bajo un canon racista o clasista o transfóbico”. Solo el interés bastardo o la estulticia no discriminan una cosa de la otra, y ahí es donde se encuentran los extremismos, en su sacra mediocridad, permítanme sostener bajo riesgo de cancelación.

¿Y cuál fue la respuesta de Mazón ante la revuelta de la Cultura valenciana? Pues a Mazón no lo mandaron al hule esas declaraciones, desde luego. La política cree que a dos puyas no hay toro bravo. Vio que el toro era cubeto y dijo estar encantado con el conseller torero, ese que duda si poner a su caballo “Mussolini” -burlándose así de cien millones de muertos en la II Guerra Mundial- o si le pone “Franco” -burlándose de cuarenta años de democracia, de medio millón de víctimas de la Guerra Civil y de centenares de miles de exiliados. Mazón le cantó a Barrera “Marinero de luces” a paso de banderillas. La Cultura pretendió dejar a Mazón en las astas del morlaco, y Mazón los despachó de una estocada hasta la bola.

No sé qué habría pasado si el sector cultural hubiera citado en corto con una huelga indefinida mientras VOX dirija la Cultura como la que guionistas y actores de Hollywood declaraban ese mismo día, o si el sector cultural hubiera hecho un recorte con un boicot a todos sus actos culturales sine die, pero después de estos cambalaches entre PP y VOX, deberíamos saber qué significa un pacto de gobierno a cambio de Cultura: a toro muerto, gran lanzada. Cuanto antes el sector que da de comer a sus familias con las artes advierta que ha de abandonar toda esperanza por ser el área más irrelevante de este o cualquier gobierno, mejor: a los cojos sigue el toro. Cuanto antes nos convenzamos de que no siempre da más cornadas el hambre, mejor. Quien quiera asumir aquel “Si el amo va a los toros, vámonos todos”, está en su derecho. Tendrán que asumir también que eso es pintar lienzos a los desnudos. El resto podría empezar a consultar a quienes lucharon contra la dictadura en aquel pasado cómo reaccionar hábilmente en este presente.

Posado en mullido triclinion de la clase burguesoprogresista a la que pertenezco con vanidad, creo que la cuestión a la que hemos de atender sobre todo es si los creadores vamos a colaborar o no con una Conselleria de Cultura de VOX, porque no se trata de que VOX vete y censure a los creadores, se trata de que a mí VOX no me veta. Si se ha de dar un caso será el de que yo les vete a ellos. Y si eso significa que he de chapar como escritor en la Comunitat Valenciana durante cuatro años para contribuir a que no se conviertan en cuarenta, ya lo he hecho en el pasado por motivos mucho menos áureos. “En el toro hay que tener vergüenza torera, y antes de perderla y defraudar a los que confían en uno, es preferible tomar otro camino”, dijo Luis Mazzantini. La vergüenza del arte ha de ir siempre dos pasos más allá.

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