Opinión
Aquellos jueves de Carnaval en Orihuela

Ateneo Casino Orcelitano. / LOINO
Dos lugares emblemáticos de la Orihuela de mi juventud acaparaban el interés de la ciudad durante los carnavales: El Casino Orcelitano y el Hotel Palas.
El primero, todavía resiste en pie. El viejo Casino lucha por sobrevivir en esta sociedad en la que parece no haber otra cosa que escaparse los fines de semana y los días festivos con sus correspondiente “puentes” a la segunda residencia, o incluso, al extranjero. El Estado del bienestar tiene eso.
El segundo, el Hotel Palas. Quiero decir antes de nada que después de tantos años de su desaparición, todavía cuando paso por el Puente de Levante dirijo instintivamente la mirada hacia ese mastodóntico y frío edificio que ocupa su lugar, entonces viene a mi memoria aquel emblemático inmueble con su puerta acristalada giratoria, la terraza que instalaban en verano y algunos soleados domingos de invierno en el exterior, junto a la barandilla del puente, donde se podía degustar un arroz y costra o cocido con pelotas escuchando el sonido de las aguas al romper sobre los azudes; pero sobre todo las veladas de baile.
Era costumbre que los jueves de carnaval casi todos fueran de merienda al monte de San Miguel, justo detrás del Seminario había una planicie con oliveras donde la gente iba a pasar la tarde, la juventud se divertía jugando al tranco, al caliche, a las cartas o al fútbol... las chicas saltaban la comba y así transcurría la tarde, llegada la hora, se abrían las fiambreras y las botas de vino y, entre bromas, daban buena cuenta de lo que allí se ponía sobre un mantel de cuadros en el suelo; después, al regreso se cantaban canciones populares oriolanas, recuerdo unas estrofas que me hacían mucha gracia, decía así:
Sólo tú, sólo tú conejo hermoso.
Pasarás por mi gaznate.
Con pimientos y tomates.
Allá arriba, allá arriba en San Miguel.
Cántaro y medio de vino.
Entre cuatro zapateros.
Y el que menos ha bebido.
Son tres litros, son tres litros por lo menos. (...)
Pasada la tarde, era la hora de prepararse para los bailes de carnaval, como decía al principio los dos lugares principales para ello eran el Casino y el Hotel Palas.
Los disfraces estaban autorizados, siempre y cuándo se pudiesen reconocer a las personas, por lo tanto, había hombres que se vestían de mujer, mujeres de hombre, pequeños antifaces o grotescas caretas de cartón atadas a la cabeza con una goma.
El Casino organizaba sus bailes y eran muy concurridos; pero al ser una entidad cultural y recreativa cuyo acceso estaba restringido a sus socios, mucha gente, aunque abriesen las puertas ese día, se retraía a la hora de participar, no ocurría lo mismo en el Hotel Palas, los bailes de carnaval de este hotel permanecían abiertos a toda clase de gentes sin cortapisas de clase alguna, a mi juicio, eran mucho más divertidos, su salón se ponía a rebosar, costaba atravesar la puerta para entrar en el interior; en las pequeñas mesas circulares apenas quedaba espacio para poner un vaso, y la gente se apiñaba de pie alrededor de la barra del bar.
La “orquestina” (llamada entonces así la orquesta), dejaba sonar los ritmos de moda; la “vocalista” (también se denominaba así a la cantante), entonaba sus melodías embutida en los vestidos estrechos con abertura lateral, a lo “Gilda” o Abbe Lane, que tanto se llevaba entonces. La gente lo pasaba en grande en aquel lugar donde todos se conocían y se saludaban siendo la risa y la alegría la nota predominante.
Quiero decir que, tanto el Casino, (que todavía pervive), como el desaparecido Hotel Palas, me causan gran tristeza, el primero porque lo veo decrépito y no acaba de encontrar la “medicina” que lo revitalice; el segundo porque torpemente fue demolido.
Aquellos jueves de carnaval quedaron ya en el olvido.
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