Opinión

Blasco Ibáñez: una historia familiar

Vicente Blasco Ibáñez.

Vicente Blasco Ibáñez. / AYUNTAMIENTO DE VALÈNCIA

Desde muy pequeño me acostumbré a ver las obras completas del escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez en alguna de la librerías que tenía a mi alcance. En todas las casas en las que viví, aquellos tomos elegantes de letra antigua que han sido testigos de la historia de una familia, la mía, acostumbrada al perigrinaje en la búsqueda de la libertad, la figura de Blasco Ibáñez, pero también su significado como parte de esa generación de españoles que quiso desterrar el Antiguo Régimen de España, con sus títulos sugerentes que me transportaban a un tiempo muy lejano, aquellos libros, repito, estuvieron siempre muy presentes en mi día a día.

La mitad de ellos están encuadernados con unas elegantes tapas color marfil y una tipografía característica de los años 20 del pasado siglo en colo oro. Son de la Editorial Prometeo, editorial que dirigió el propio Blasco Ibáñez en cuyo catálogo predominaban autores franceses y que dio a conocer por primera vez en España a Jack London. La otra mitad, que aún contienen en su contraportada esos bonitos dibujos originales que introducían al lector en la historia, fueron encuadernados con tapa dura en Zaragoza, en la imprenta Ángel Moreno. Y es aquí donde empieza esta historia.

El primer poseedor de las obras completas de Blasco Ibáñez que llevan en mi familia más de 100 años fue mi bisabuelo Juan Ull Ferrando, de profesión Ingeniero de Minas. El propio Blasco Ibáñez se las regaló como señal de la amistad que unía a ambos. Una amistad que había surgido por compartir las mismas ideas políticas. Mi bisabuelo, nacido en Benifaió, localidad cercana a Valencia, debió conocer al escritor a principio del siglo XX. El cómo y el porqué se pierden, como se suele decir, en la noche de los tiempos.

Cuando mi bisabuelo falleció los libros de Blasco Ibáñez pasaron a ser custodiados por el mayor de sus dos hijos, Agustín Ull Vernis. La primera referencia que tengo de él fue una columna cómica que público en el diario La Independencia de Málaga alrededor de 1925 cuando cursaba sexto de bachillerato. Una columna al estilo de la época con tintes de absurdo. Qué hacían mis antepasados en Almería o cuánto tiempo estuvieron viviendo en Andalucía lo desconozco. No debió de ser mucho en cualquier caso además de ser motivado por razones laborables de mi bisabuelo. Poco después se fueron a vivir a Zaragoza llevando con ellos los libros de Blasco Ibáñez. En Zaragoza mi abuelo estudió la carrera de Medicina y en aquel tiempo tan convulso, me refiero a los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, mi abuelo fue detenido por primera vez. En concreto por desórdenes públicos tipificados por la Ley de Orden Público de Primo Rivera. Es decir, por participar en manifestaciones contra la dictadura. En 1934 fue detenido por segunda vez. En pleno bienio negro. El motivo es sorprendente. En concreto por “incautación de un aparato emisor de radio”. Siendo un niño recuerdo a mi abuelo en sus últimos años de vida pasar largas horas en su despacho del chalet en el que vivía rodeado de sus aparatos de radioaficionado. Con 24 años, en 1934, recién terminada la carrera su deseo de comunicarse con el resto del mundo ya debía estar presente.

Durante la Guerra Civil española tuvo el grado de capitán médico del ejército de la República siendo responsable de la sanidad en la zona centro y dirigiendo el conocido hospital de Tarancón de la Brigadas Internacionales. Al terminar la guerra estuvo internado dos años en un campo de concentración no pudiendo ejercer la medicina al ser liberado más que en pueblo de 200 habitantes. Y en todos esos pueblos las obras de Blasco Ibáñez le acompañaron a él y su familia.

El siguiente poseedor fue mi padre, Miguel Ull Laita. También médico. Firme defensor de la sanidad pública rechazó, durante su vida laboral, sustanciosas ofertas del sector privado. Participó en la redacción de la Ley General de Sanidad de 1986 y en todas las casas en las que vivió, unas veinte, las obras de Blasco Ibáñez recordaban lo que España pudo ser. Desde pequeño escuché a mi padre contra que faltaba uno de los volúmenes de la colección ya que uno de mis tíos se lo prestó a un amigo que nunca lo devolvió. Tras fallecer mi padre revisé todos ellos. Entre sus páginas encontré papeles con anotaciones, alguna fotografía y marcapáginas de laboratorios. Objetos con más de 60 años. Y en la primera página de uno de ellos, En busca del Gran Kan, hay una pequeña pegatina de una librería de segunda mano de Madrid con una fecha escrita por mi padre: 21-11-20. Un mes antes de ingresar en el hospital La Paz por Coronovirus mi padre consiguió completar de nuevo la colección.

Yo soy ahora el custodio de estos libros, unos libros que resumen el devenir de una familia que nunca ha tenido bienes ni dinero pero que ha participado en acontecimientos políticos y culturales de especial relevancia en la historia de España. Libros que algún día serán de mis hijos y mis nietos, cuando yo sólo sea la sombra de un recuerdo.