Opinión

Alexander Karp, el Oppenheimer de la Inteligencia Artificial

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Alexander Karp estuvo en Madrid el pasado fin de semana, formando parte del selectísimo Club Bilderberg. Esa reunión anual que, desde hace 70 años, congrega a ricos, poderosos y señores de este mundo. La inteligencia artificial era uno de los temas de esta edición, también los conflictos bélicos. Y, en ambos asuntos, nuestro personaje tiene mucho que decir.

Karp (1967) se crio en Filadelfia y tiene inoculada en vena la sensación de vulnerabilidad. Su padre, judío, es pediatra clínico, y su madre, afroamericana, es artista. Muy movilizados en su juventud, el niño solía acompañarlos a las protestas políticas. Ahí nació esa obsesión por la seguridad que no le ha abandonado. Está convencido de que, si la extrema derecha llega al poder, él estará entre sus primeras víctimas. Su temor no impidió que su socio y amigo de la juventud, Peter Thiel, fuera uno de los apoyos de Donald Trump y que la empresa lograra contratos millonarios durante su presidencia.

“Ese niño judío de extrema izquierda, racialmente amorfo y, también, disléxico” -así se define Karp- estudió en una escuela con raíces cuáqueras con una sólida tradición de disidencia. Era introvertido y muy aplicado. Después estudió Derecho en Stanford, donde pasó “los tres peores años” de su vida adulta. Fue allí donde conoció al que sería su socio. Les unió el desprecio por la facultad y su pasión por el debate político (Thiel, de tendencia conservadora). Tan pronto acabaron las clases, Kart se fue a Frankfurt a estudiar alemán. En seis meses alcanzó el nivel suficiente para ser admitido en la Universidad Goethe. Aunque el filósofo Jürgen Habermas iba a ser el asesor de su tesis, una discusión entre ambos obligó al alumno a buscar otra directora. El joven acabó el doctorado y fundó una empresa de gestión de dinero. Su idea era asegurarse una fuente de ingresos que le permitiera llevar una vida intelectual en Alemania, pero la persuasión de Thiel le hizo cambiar de planes. Su amigo estaba montando una empresa y le necesitaba.

Han pasado 21 años desde el nacimiento de Palantir Technologies. La empresa se fundó con dos objetivos: crear un ‘software’ que protegiera al país del terrorismo y ofrecer una solución tecnológica al desafío de equilibrar la seguridad pública y las libertades civiles. Hoy, tiene en su cartera de clientes a la NSA, el Pentágono y el FBI, también a numerosas empresas y gobiernos, entre ellos el de España. Sus ‘softwares’ procesan millones de datos basados en el comportamiento de individuos y colectivos. Se la considera cómplice necesaria en la política de represión contra la inmigración en EEUU. Contratada por el gobierno de Ucrania, ha automatizado buena parte de la guerra. También mantiene una pública e intensa conexión con Israel. De hecho, Palantir es una de las empresas sospechosas de haber facilitado al gobierno de Netanyhahu la herramienta de Inteligencia Artificial (IA) que señala objetivos a los que atacar y que está diezmando la población civil. 

Para algunos, contratar a Palantir es asegurarse una suerte de ángel protector. Para otros, es vender el alma al diablo. “Los activistas por la paz son activistas por la guerra”, soltó Karp en una reciente convención sobre industria militar e IA en Washington. Excéntrico, provocador, siempre necesitado de ovaciones, se burló de las protestas universitarias contra la masacre en Gaza y las describió como una “religión pagana que infecta nuestras universidades”. 

Entre guerra y guerra, control y más control, Karp asegura esquiar 5 horas al día cuando la meteorología lo permite y practicar Qigong, también afirma tener solo un 7% de grasa corporal, la misma que Michael Phelps en su etapa de nadador olímpico. En su oficina, guarda 20 pares de gafas de natación idénticas y un buen surtido de vitaminas. A través de un canal de vídeo interno, habla a sus empleados sobre temas como la codicia, la integridad y el marxismo. Rodeado de guardaespaldas, ha convertido su obsesión por la seguridad en un objetivo empresarial. El verano pasado publicó un ensayo en ‘The New York Times’ que tituló “Nuestro momento Oppenheimer: la creación de armas de IA”. En él animaba a aprovechar el potencial de las armas con IA para cambiar el campo de batalla y señalaba a EEUU como el país que debe liderar el esfuerzo. Claridad no puede negársele. La comparación con el padre de la bomba atómica nos sitúa perfectamente en el momento y las intenciones. Karp es o quiere ser el hombre.

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