Opinión

Turismofobia, un tiro en el pie

Llegada de turistas en el aeropuerto de Alicante-Elche.

Llegada de turistas en el aeropuerto de Alicante-Elche. / Áxel Álvarez

Leía, días atrás, en el diario económico Expansión que el mundo vive una fiebre viajera que supondrá que “En menos de dos décadas el número de viajes anuales en todo el mundo se disparará en casi mil millones. En 2023 se registraron 1.256 millones de salidas, todavía por debajo de los niveles de 2019, y se espera que en 2040 la cifra se incremente hasta 2.400 millones.

A lo que se añadía que “con 110 millones de llegadas previstas para 2040, España será el destino más visitado, desbancando a Francia (105 millones) y superando a EEUU (100 millones) y a China (90 millones).” Es decir, las previsiones en materia turística son que nuestro país afianzará su posición como uno de los destinos turísticos más atractivos del mundo, fundamentalmente gracias a su riqueza paisajística, su cultura y su gastronomía.

Ya a día de hoy el sector turístico aporta alrededor del 12,8% del Producto Interior Bruto y genera el 13% del empleo total, esto es, 186.596 millones de euros y 2,8 millones de afiliados a la Seguridad Social en 2023. El sector se sustenta fundamentalmente en las llegadas de turistas internacionales que en el pasado año fueron 85 millones, con un gasto medio per cápita de 1278 euros. Si bien el turismo doméstico también es importante, con los españoles realizando alrededor de 160 millones de viajes dentro del país. Y la previsión para la campaña turística de verano de 2024 es en términos de empleo 600.000 contratos, un 12,4% más que en 2023 lo que subraya la capacidad del sector para crear empleo y dinamizar la economía.

Sin muchos circunloquios, todo ello significa que el turismo es un sector clave de la economía española y desde luego también lo es para comunidades como la nuestra, que ha sobrepasado ya los 10 millones de visitantes al año y en la que hay municipios cuya riqueza y empleo deriva en más de 50% de la industria turística.

Sin embargo, estamos viendo como en algunas ciudades y sectores de opinión surge un sentimiento de rechazo y aversión hacia el turismo y los turistas, que se ha dado en llamar turismofobia y que es la expresión del malestar social y la reacción frente las consecuencias negativas derivadas del hiperturismo y de la falta de regulación. Me vienen a la mente ciudades como Venecia, Roma, Ámsterdam e incluso, en España, Barcelona y algún municipio en Canarias y Baleares.

En ese sentido, resulta evidente que la apuesta por el turismo en un determinado territorio genera profundas mutaciones urbanas que pueden llegar a generar conflictos entre los intereses de los residentes y la industria turística. El turismo no solo cambia la fisonomía tradicional de las ciudades, si no que transforma la oferta comercial, genera un encarecimiento del precio de la vivienda y provoca algunas molestias derivadas de la mayor presencia de personas, de la mayor demanda de ocio y de la saturación de determinados servicios públicos. En definitiva, es cierto que la actividad turística produce intensos cambios que transforman el entorno y el modo de vida de quienes allí viven y trabajan habitualmente.

Sin embargo, estoy absolutamente convencido que decir simplemente 'no más turistas' es “darse un tiro en el pie” y es, en realidad, un grave riesgo para la industria turística y un lujo que no nos podemos permitir. Lo afirmaba con elocuencia hace solo unos días ante los empresarios del sector, el presidente de AVE, Vicente Boluda, cuando decía que a los turistas hay que agradecerles “que hayan escogido España y la Comunidad Valenciana como su destino”.

Es cierto que la masificación y el hiperturismo lleva aparejadas consecuencias negativas, algunas particularmente preocupantes, que es necesario corregir y resolver. Pero no se trata, ni mucho menos, de “No gastemos ni un euro más en el marketing de la ciudad. No queremos más gente" que dijo con tanta elocuencia como poca inteligencia el ministro de Turismo de los Países Bajos.

Al contrario, considero que se trata de propiciar un crecimiento sostenible de la economía turística, favoreciendo un proceso que conlleve invertir en innovación, en digitalización, en profesionalización, en infraestructuras y desde luego también en mejora de los servicios públicos, con el fin de garantizar la calidad y la competitividad del modelo turístico y su coexistencia con el modelo urbano y social de nuestros municipios. Y todo ello, sin perder ni un ápice de nuestra hospitalidad y amabilidad, que son la clave de bóveda de nuestro liderazgo mundial del sector.

En definitiva, siendo conscientes de los problemas derivados de la masificación y la turstificación para las comunidades locales y para la propia economía turística, no perdamos de vista que el turismo es una actividad clave para nuestro desarrollo individual y colectivo, como país y como Comunidad; y que, para seguir siéndolo, el camino debe ser la búsqueda del equilibrio y la armonía entre la mayor satisfacción de las personas que nos visitan con la calidad de vida de los residentes, con el uso racional del territorio y con nuestra valiosa riqueza ambiental y patrimonial; para lo que es preciso, planificación estratégica, regulación del sector, diálogo y pedagogía y, desde luego, una intensa cooperación entre los agentes turísticos y la Administración pública.

En conclusión, huyamos del simplismo y de las recetas fáciles y sigamos trabajando con profesionalidad, con inteligencia, con responsabilidad y con visión de futuro, enamorando a los turistas y haciendo que España continúe siendo un líder mundial en el sector y que eso que se ha dado en llamar “la industria de la felicidad”, siga aportando riqueza, empleo y prosperidad para todos.