Opinión

Redactora jefa de INFORMACIÓN. Especialista en información jurídica.
Que venga Dios y lo vea
Blanquear la violencia de género debería estar prohibido. Hacerlo desde un púlpito, castigado

El coche fúnebre cargado de coronas con el féretro del asesino machista este martes en el tanatorio La Siempreviva de Alicante. / DELGADO
Hasta no hace mucho había en mi pueblo un cementerio civil separado del otro por una tapia encalada en el que yacían para siempre quienes por unas razones u otras, todas prefijadas por la Iglesia, no eran aptos para ocupar plaza en el camposanto principal.
Allí, sin rastro de cruces ni restos de santos, descansaban no bautizados, comunistas y algún que otro suicida porque, como acostumbraba a repetir el cura, «Dios no puede acoger en su seno a quien pone fin a una vida, aunque sea la propia».
Este martes, un sacerdote, el vicario general de la Diócesis Orihuela-Alicante para más señas, ha oficiado el funeral por el asesino machista que el domingo acabó en el Raval Roig con la vida de su mujer descerrajándole dos tiros en la cabeza y suicidándose después.
Lo ha hecho cantando las bondades del ejecutor, poniendo incluso en duda la versión policial (lo mismo ocurrió al revés y fue ella la asesina, ha llegado a aventurar, cuando la mujer murió al menos una hora antes que su ejecutor) y sin hacer, aunque solo hubiera sido por humanidad o mera caridad cristiana, mención alguna a la víctima: una chica de 36 años cuyo cuerpo aguarda en las cámaras frigoríficas del tanatorio a recibir sepultura a varios miles de kilómetros de donde nació y reside su familia.
Lejos de condenar la violencia de género, máxime tratándose de un alto cargo de la jerarquía eclesiástica y con la alarmante realidad de casi media docena de mujeres muertas a manos de sus parejas solo en los últimos días, el prelado ha enfatizado lo mucho que el asesino de Margarita, como se llama la víctima, «estaba sufriendo» llegando a «explicar» su acción «porque estaría fuera de sí» ya que «un chico bueno y servicial como era él no hacía esas cosas», ha proclamado desde el púlpito. ¡Madre del amor hermoso!
Una vergonzosa y cuasi delictiva justificación de un crimen de género a la que, sin obviar el dolor de la familia del asesino (pero ¿qué pasa con la de la víctima?) han contribuido también quienes se han acercado hasta el tanatorio, algunos con funciones de representación en la actualidad o responsabilidades públicas en tiempos no muy pretéritos, para expresar sus condolencias por la muerte de quien, antes de quitarse la vida, se la arrebató a su mujer a golpe de escopeta. Si esto no es blanquear la violencia de género, que venga Dios y lo vea.
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