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A mi amigo Luis Carlos Amérigo

Luis Carlos Amérigo, en el pasaje que recibe su apellido, en una imagen del año 2015.

Luis Carlos Amérigo, en el pasaje que recibe su apellido, en una imagen del año 2015. / Rafa Arjones

Conforme la edad va abrigando cada vez más estrechamente nuestros cuerpos -hay quien a eso lo llama el paso del tiempo, cuando somos nosotros los que pasamos a través del tiempo- sin darnos siquiera la oportunidad de abrir una ventana a lo que hemos sido, cómo hemos vivido, a quién conocimos, qué hemos hecho en el camino, cuáles eran las señas de identidad de nuestra ciudad, los resortes que nos movían en el ejercicio de nuestra actividad profesional, como la abogacía; conforme el frío se nos acerca furtivo, glacial, sin advertirnos de que ese ampuloso e incómodo abrigo que nos comprime no sirve de nada frente a la ventisca del destino; cuando suenan las notas de una postrera partitura que no necesita ser leída porque el director la conoce de memoria, querido amigo Luis Carlos, más delgadas quedan mis venas del recuerdo, la amistad, el reconocimiento y el cariño. Se empequeñecen de tal forma los canales de la vida, quedan tan endebles los alambres que sujetan las imágenes pasadas, los momentos vividos en compañía de otros amigos que hace tiempo emprendieron el camino sin retorno, que la memoria de tantos años compartidos en la cercanía y en el calendario del tiempo, quiebra, se rompe en mil pedazos imposibles de recomponer.

Luis Carlos Amérigo, fallecido el pasado día 6, fue un alicantino importante, un brillante abogado, un político que colaboró en tejer esa delgada, delicadísima tela que logró envolvernos en la reconciliación y la esperanza -hoy denostada Transición- que tanto necesitaba España. Fue concejal del ayuntamiento de Alicante por UCD, teniente de alcalde, portavoz de su partido y vicepresidente provincial del mismo (nada he leído de nuestra Casa Mayor sobre de su muerte, quizá solo el olvido). Yo no escribo hoy una laudatio, ni una pequeña biografía, lo hará el tiempo por mí si fuera el caso. Pero sí reivindico que Alicante no solo debe, sino que tiene la obligación de imprimir en su memoria colectiva los nombres de aquellos que la hicieron mejor, hombres y mujeres que, con su trabajo, su esfuerzo, su colaboración y su prestigio, la ayudaron a ser algo más que una ciudad de paso. En ese anónimo e ilustre panteón se encuentra ya, para siempre, Luis Carlos Amérigo Asín.

La intimidad y el respeto por su mujer, María Amparo, y por sus hijos, hacen que el paso de mi amigo Luis Carlos al otro lado de la laguna Estigia se haya hecho quedamente, en el brumoso silencio de las aguas que mece el remero Caronte, aquellas que pintara Patinir. Pero yo, sin invadir la oscura esmeralda verde de las riberas que conducen más allá de nuestra alargada sombra, te he querido rescatar para mi memoria, para la memoria de todos, para la olvidadiza y perezosa memoria de Alicante. Ya sé que es muy poco, un corto instante, ese en el que los viejos amigos deben abandonar su dolor para recordar el dolor que se aleja. Un abrazo, Luis Carlos.

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