Opinión | La columna
Desolación

Varios voluntarios continuan con la limpieza de calles en el municipio de Paiporta.
La eliminación y el recorte presupuestario en la prevención de las emergencias climáticas es una irresponsabilidad política que se ha hecho evidente en la DANA del 29 de octubre. Minimizar y negar el cambio climático, tal como trasmitía el actual gobierno autonómico de la Comunitat Valenciana, resulta de una gravedad insoportable. A los hechos me remito y, en concreto, a los centenares de víctimas mortales que hubieran podido evitarse. Detrás del negacionismo hay una lógica económica voraz que trata las reivindicaciones sociales y ecológicas con indiferencia. La socióloga Ellen Meiksins Wood, al analizar la democracia frente al capitalismo, afirma que el neoliberalismo difícilmente puede librarnos de la devastación ecológica. Y no es la única que lo mantiene. En realidad, su lógica expansionista es hostil a la salud ecológica y a un mundo sostenible y respetuoso con la naturaleza, sus ciclos y sus necesidades. Una situación dramática que obliga a repensar lo político y lo público y que no exime de responsabilidad a quienes gobiernan.
En medio de tanta desolación y duelo ha destacado la solidaridad de la ciudadanía que ha sabido responder como un organismo vivo en el que sus partes están relacionadas entre sí. En esencia, actuar con solidaridad es sentirse parte de un todo, pertenecer a un mismo conjunto y compartir una historia común. Todo ello genera cohesión e interdependencia y eso mismo dejaba ver la cadena humana que llegaba a las zonas dañadas en auxilio de las personas damnificadas. Un voluntariado, de todas las edades y de todas las partes, se movilizó de inmediato mostrando un sentimiento de comunidad que antes de la catástrofe no parecía existir por ningún lado. De ahí el asombro inicial que provocaron las imágenes de tanta gente joven aplicada a las tareas de desescombro y socorro. No cabe duda que ha sido crucial su participación en ese saberse parte de una comunidad real, efectiva y concreta. Habría que tenerlo en cuenta para no dejar que el sentimiento de comunidad se convierta en algo ilusorio, formal y desvinculado de la vida en vecindad. Es este sentimiento de solidaridad, subjetiva y objetiva, el que tendría que fomentarse educativamente para interiorizar la diferencia que existe entre ser una sociedad o ser una multitud.
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