Opinión | Tribuna

Anna Grau es periodista, escritora y exdiputada en el Parlament de Cataluña
Que Trump nos pille trabajando
¿Y ahora qué? Yo no estoy de acuerdo en que este resultado se «carga» la democracia. La gente ha votado lo que le ha dado la gana, digamos lo que digamos nosotros y The New York Times. El problema es que la democracia no es incompatible con la antipolítica

Donald Trump en la noche de su victoria electoral. / AP
Era muy difícil que Kamala Harris lo consiguiera. No es lo mismo tener soluciones o magnetismo que tener la prensa progre a favor. Las burbujas mediáticas cada vez son más autistas y pretenciosas. Y luego pasa lo que pasa. Si Joe Biden hubiera admitido que se tenía que ir mucho antes, quizá habría habido tiempo de probar con Michelle Obama. Y quién sabe si la antigua magia habría podido volver. Kamala Harris fue siempre un sucedáneo de emergencia, cuando no una parodia, de los Kennedy in black.
Ambigua sobre su raza, tímida sobre su género, ahogada en las contradicciones de un Partido Demócrata que vende más humo que coherencia, a Kamala le ha pasado como a Woody Allen: que sus películas tienen más éxito en Europa que en Estados Unidos.
¿Y ahora qué? Yo no estoy de acuerdo en que este resultado se «carga» la democracia. La gente ha votado lo que le ha dado la gana, digamos lo que digamos nosotros y The New York Times. El problema es que la democracia no es incompatible con la antipolítica. Algo sabemos aquí de la polarización extrema, ¿no? Uno es tan del uno o del otro –hasta el punto de buscar la muerte civil del partidario del rival–, que nadie va a cambiar de opinión, pase lo que pase. Con lo cual la única posibilidad de vencer pasa por movilizar al máximo a tus fanáticos, y que los fanáticos de enfrente se queden en casa. Trump le ha pegado un baño a Harris por la sencilla razón de que miente menos. Su verdad será lo que tú quieras. Pero se le entiende todo y, horror: te lo crees. Ah, y también es verdad que en Estados Unidos es más fácil ser presidente si eres negro que mujer. A los hechos me remito.
¿Cómo nos afecta esto a nosotros? El declive de Estados Unidos, esa gran potencia menopáusica, es un serio problema para los europeos que llevamos desde la Segunda Guerra Mundial viviendo de prestado. Making America great, y cada vez más aislacionista, Trump nos va a hacer más pequeños. O nos va a obligar a afrontarlo.
Ojo que con Kamala Harris no habría sido tan distinto. Quizá la única diferencia significativa entre Harris y Trump, por lo que a nosotros respecta, es que la primera se conformaba con dejarnos tirados. Él va más allá. La alt-right americana no es tímida a la hora de bombear apoyo político y financiero a los focos de extrema derecha nacionalista que emergen en toda Europa. Igual que la extrema izquierda bolivariana tiene sus terminales aquí, entre nosotros. Por no hablar de Irán, Hamás, etc. En Israel hace tiempo que no esperan nada de nadie.
El perímetro del mundo imperfecto pero libre se estrecha dramáticamente. No estamos lejos de donde estaba Churchill cuando plantaba cara en solitario a Hitler, Francia se rendía, Washington no quería saber nada de la guerra y, cuando al fin entró, no por eso evitó que la URSS llevara los límites del imperio ruso hasta Berlín. Salimos de aquello y saldremos de esta. Pero no mirando a la Casa Blanca ni mirándonos el ombligo. Que Trump nos pille trabajando.
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