Opinión | tribuna
Las bombas caen cada vez más cerca
Los problemas de acceso a la vivienda son cosa de gran parte de la población

Bloques de viviendas en el PAU5 de la playa de San Juan de Alicante. / Pilar Cortés
Un hombre viudo y sus dos hijas, una universitaria y la otra aún en Bachillerato, están de mudanza. Quince años después del fallecimiento de la madre y esposa, el padre se ha enamorado de otra mujer. Juntos, con los hijos de ella, son siete, pero han esperado a que el mayor se fuera a estudiar fuera para buscar un piso donde convivir que no requiera de tantas habitaciones. Ambos tienen un buen trabajo y pueden permitirse cierta comodidad. Después de mucho buscar, recalan en un piso de 160m2. Van a tener que hacer algún encaje extraño de habitaciones entre hermanastros hasta que se independice la siguiente, pero la ilusión por construir un nuevo hogar puede con todo.
Se sienten afortunados. No van a poder contar con el alquiler del piso que deja él porque con el tope de precios les queda una cantidad que no llega a cubrir su parte del nuevo alquiler. Al ser un piso, el nuevo, de más de 150 m2 no tiene tope. Pero la vida les ha ido bien, están ilusionados y pueden hacer el esfuerzo, a pesar de que critican fuertemente la medida. No se sienten especuladores ni ricos, y afirman que no deberían recibir el trato de los grandes tenedores. Él compró su piso hace veinticinco años y no se ha movido de allí en todo ese tiempo. Debería poder sacar un poco más del alquiler, argumenta.
Por una cuestión de clase o de mirada no cae en quejarse de que el propietario del nuevo piso de más de 150 m2 se escaquea del tope. El malestar hacia las medidas de control ha calado, pues les afecta directamente. Sin embargo, una de las hijas, la mayor, estudiante de económicas, un día plantea: si subes el precio del alquiler de nuestro piso alguien como yo, cuando acabe la carrera, no podrá acceder a él. Me vas a tener viviendo aquí hasta los treinta, después de haber pagado escuela y un año en el extranjero, un patrón que les hace sentir que todavía pertenecen a una clase social bienestante que ya casi no existe. Y la que resiste vive absolutamente pinzada.
A algunos les podría dar la sensación que lo de los alquileres que veremos no les pertenece, que es cosa de personas con muchos otros problemas como la falta de trabajo y la pobreza, y por ello no se implican. Se equivocan. Los problemas de acceso a la vivienda es cosa de gran parte de la población y es como pasa a cierta edad con las enfermedades: las bombas caen cada vez más cerca. Quizá las soluciones no son las adecuadas, pero existe una necesidad imperante de protegerse para el presente y para el futuro.
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