Opinión
Constitución, información y libertad

Constitución, información y libertad / Elisa Martínez
En los años 50, mi padre solía sintonizar la radio por las noches para escuchar las noticias de Radio Nacional de España. El boletín comenzaba con: “Son las diez de la noche en el reloj de la puerta del sol”. Luego conectaba con la “emisora pirenaica” o Radio España Independiente, dirigida desde Bucarest y Berlín Oriental por Jordi Solé Tura, un abogado comunista. Más tarde, aquel jurista junto al sociólogo Jordi Borja Sebastiá, fundaron en la clandestinidad el partido “Bandera Roja”, mi partido. Durante la transición democrática, Jordi Solé Tura fue uno de los ponentes de nuestra vigente Constitución. En los años duros de la dictadura, gracias a él, españoles como mi padre accedieron a versiones alternativas para conocer la situación real del país. Gracias a siete personas como él, hoy disfrutamos de una Constitución que garantiza nuestros derechos, entre ellos el derecho a la información, recogido en su artículo 20.
Actualmente, la televisión es reconocida en Europa como el principal transmisor de información. Hasta ahora, me sentía orgulloso de vivir en un país donde podía acceder a programas de opinión, informativos digitales y telediarios de todos los colores y tendencias. Pero esta idílica diversidad informativa, monumento a la libertad de expresión, no podía durar mucho.
En los primeros días de la reciente riada, nuestros representantes políticos suspendieron sesiones en el Congreso y el Senado. Sin embargo, no todas: continuaron las dedicadas al reparto de cromos entre los socios del gobierno sobre los puestos directivos de la televisión pública.
En ese reparto, se le ha otorgado un puesto importante en el consejo de RTVE a Angélica Rubio, periodista y exasistente de prensa de José Luis Rodríguez Zapatero. Es conocida por haber generado y difundido el inmenso bulo de que el juez Peinado tenía dos DNI con propiedades adjudicadas a ambos documentos. Paradójicamente, al asumir su nuevo cargo, declaró que su misión será “combatir los bulos”.
Si este nombramiento se combina con el anunciado paquete de medidas de “regeneración democrática” que amenaza con decretar el presidente del gobierno, no es difícil intuir lo que puede suceder en el próximo futuro: publicar críticas al gobierno o su administración podría convertirse en una actividad de alto riesgo. Los críticos serían objetivos prioritarios en los “combates” de Angélica y conejillos de indias para aplicar esas “medidas regeneradoras”.
No considero democrático crear medios de control político sobre la calidad de la información. Muchos opinamos que la mejor ley de prensa es no tener ninguna. Vivimos en un estado de derecho que ya contempla en su Código en el Penal mecanismos para rectificar informaciones falsas y sancionar injurias, calumnias o atentados contra el honor.
Hoy, los ciudadanos enfrentamos un constante bombardeo de información sesgada y cocinada. Para navegar en este laberinto, lo que menos necesitamos son medidas purgatorias. Contamos con nuestras capacidades: educación, espíritu crítico y sentido común.
En España disfrutamos de libertades formales limitadas que han costado vidas y esfuerzo. Aunque acotadas, son indispensables. Ahora, esas libertades están amenazadas por iniciativas como las “fiscalizaciones de bulos” y medidas de “regeneración democrática”, destinadas a combatir un fantasma: la mil veces mencionada “máquina del fango”. Una narrativa represora, repetida hasta el cansancio a golpes de publicidad y que ya se ha instalado en millones de mentes.
Estas medidas podrían generar nuevas formas de censura, y lo más grave: autocensura. Las aplicarían quienes se consideran propietarios de “la verdad” e intentan imponerla como pensamiento hegemónico y dogma político. Esos mismos que han hecho de la mutación de sus propias verdades, del “cambio de opinión”, su forma habitual de gobernar y su estrategia para permanecer en el poder a cambio de siete votos.
Libertad, soñada libertad… Los medios deberían involucrarse más en su defensa. Nosotros, los ciudadanos de a pie, apenas podemos aportar esto: nuestra voz.
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