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¿Quieres ayudar, concejal?

Así era Antonio Colomina: entregado con los más vulnerables en el barrio de Colonia Requena

Así era Antonio Colomina: entregado con los más vulnerables en el barrio de Colonia Requena / Rafa Arjones / Pilar Cortés / Jose Navarro / Héctor Fuentes / Alex Domínguez

Era febrero, un febrero desangelado y ventoso, como casi siempre. Los viejos edificios de Colonia Requena eran el único refugio de los que a esas horas salían a trabajar o entraban en la escuela. Antonio levantaba la persiana metálica con un solo brazo, acostumbrado a alzar sin esfuerzo el peso de las cosas y de los sinsabores. Cuando volvía a casa cada noche, me acordaba de aquella frase de mi abuela: “Que no nos envíe Dios todo lo que podemos aguantar”. En el caso de los vecinos de Colonia Requena, la frase está grabada en cada puerta. Hay casas en los barrios nobles que están aseguradas de incendios. En Colonia Requena las lumbares y los meniscos deshechos se suben cinco pisos cada día y las casas no están aseguradas de nada.

Había conocido a Antonio pocos meses atrás visitando junto a Luis y Andrés por primera vez Colonia Requena. Sí, debería avergonzarme de que fuera por primera vez. Fuimos a El Loro y al calor de un café y del ruido de la tragaperras empecé a aprender el lenguaje del barrio. Esa mañana de febrero había salido pronto de casa solo y fui directo a Colonia Requena. Solo me crucé con el marroquí de la papelería que hacía las veces también de ferretería y de recarga de móviles. Antonio me recibió ese día en la puerta del bar. Me miró de arriba abajo y, un tanto irónico, me saludó como saludaba a todo el mundo: “Qué pasa, chaval”. Antonio iba en pantalón corto, y yo echaba de menos hacía rato unos calzones polares. De pronto, se giró, me miró fijamente y me preguntó sin dudar: “¿Quieres ayudar?” Yo no dudé un instante, sospechaba que necesitaba de la redacción de algún texto, del análisis de algún documento oficial, del estudio de unas cifras, de la opinión sobre una ordenanza o, incluso, sobre alguna ley. Pero no, Antonio me dio una palmada que me descolocó la clavícula y me dijo: “Acompáñame”. Comencé a caminar a su lado envuelto en la bufanda, con las manos escondidas en los bolsillos del abrigo mientras ascendíamos barrio arriba y Antonio daba los buenos días a cada vecino. Llegamos hasta lo más alto de la loma y allí nos quedamos. Esperando. Nada pasaba. Hablamos del estado de las pistas deportivas, del parque inacabado y de tantas cosas más. Colonia Requena da para mucho. Antonio terminaba cada epígrafe con el mismo colofón: “Una vergüenza”. Seguimos esperando. Y esperando. A mí me resultaba extraño estar allí, pegado a la iglesia, pasando un frío enorme, y que Antonio no me dijera qué narices hacíamos allí. De pronto, se acercó una furgoneta, paró frente a nosotros y bajaron dos hombres que me fueron presentados como “los argelinos que estábamos esperando”. Yo seguía sin más información. Antonio sacó un manojo de llaves y abrió el local de la iglesia. Los hombres abrieron las puertas de la furgoneta: estaba hasta arriba de sacos de naranjas. Eran naranjas que Antonio había conseguido de unos agricultores para repartirlas entre los más necesitados del barrio, y el párroco les había ofrecido depositarlas allí. Antonio me miró, tomó una y dijo: “Es para los niños, están todos constipados”. Luego agarró un saco como quien saca un klínex del envoltorio y me dijo: “¿Quieres ayudar, chaval?” Yo le respondí que por supuesto. “Entonces, vamos a meter estos sacos dentro”. En un santiamén descargamos los sacos y nos despedimos de aquellos hombres, que subieron raudos a la furgoneta y la pusieron en marcha para regresar a sus campos de cultivo, no sé en qué lugar de la Vega Baja. Antonio cerró la puerta y regresamos cuesta abajo. Cuando llegamos a la esquina de su bar, me dio un golpe en la espalda que volvió a colocar la clavícula en su sitio, y me dijo “Adiós, buenos días”.

Yo estaba a punto de cumplir 56 años. Al poco, decidí crear allí un grupo con las mujeres senegalesas de Talatay Nder para que aprendieran a leer y escribir. Muchas llegaban con sus pequeños hijos e hijas. Luego, también venían madres magrebíes. Más tarde, una joven senegalesa comenzó a darles clases mientras los niños merendaban en el suelo un yogur… o una naranja. Luego, la pandemia se nos echó encima. Nos vimos muchas veces con Antonio el resto del tiempo en el que fui concejal. En una ocasión, incluso leyeron unas palabras mías en una concentración en protesta por la situación de abandono del barrio. Pasado todo este tiempo, a veces me gusta pensar que Antonio, cuando nos cruzábamos en el barrio, no me distinguía del resto porque me llegó a otorgar el enorme honor, la alta distinción de ser un vecino más de Colonia Requena. Quizá Antonio había comprobado que, aunque yo -como todos los políticos- no servía para nada, al menos él podía contar con mis manos y mi espalda si hacía falta descargar unos sacos de naranjas para los chiquillos. Eso es mucho más que una iniciativa de pleno, más que una sesuda y engolada columna de opinión. Solo puedo darte las gracias por ello, Antonio.

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