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Opinión | Tribuna

Aquella Semana Santa de los niños oriolanos

El trono de La Diablesa en la procesión del Santo Entierro

El trono de La Diablesa en la procesión del Santo Entierro / Antonio Amorós

Este año hemos visto como los niños de los colegios Oratorio Festivo y Santo Domingo han realizado su Semana Santa particular. Eso no es nada nuevo, se ha hecho siempre, el niño oriolano, desde que yo tengo memoria, tras la Semana Santa hacía por calles y plazas su singular procesión, aunque no con tantos medios como se poseen ahora. El lector debe situarse mentalmente en aquella época de la posguerra cuando tantas necesidades pasaban.

No era nada improvisado, se preparaba todo al detalle. En mi calle residía Pepe Tormo, que era el artífice de toda la organización. Con trozos de madera que desechaban en las carpinterías se construían andas y las imágenes en miniatura se adquirían en un puesto que había en la plaza Nueva, lo regentaba una bondadosa mujer de edad avanzada llamada Soledad. En realidad, no era nada más que una mesa que instalaba por la mañana y recogía por la noche, se auxiliaba con varios capazos donde trasladaba su mercancía: santos de arcilla, canicas, peonzas, carretillas, petardos, mistos de trueno… había miniaturas muy logradas de Nuestro Padre Jesús, la Virgen del Carmen, San Antonio, Sagrado Corazón de Jesús, etcétera.

La ornamentación de las andas se hacía con flores recogidas en algún huerto cercano o de la misma sierra, también iban provistos de una vela encendida en cada una de las esquinas del paso.

A los niños les confeccionaban sus madres las vestas con papel de seda que se adquiría en Struch, valía cada pliego lo que se denominaba «un real», es decir, 25 céntimos de peseta. Los capirotes de cartón forrado del mismo papel. Los tambores se conseguían con botes grandes de conservas que se solicitaban en las tiendas de «La Cibeles», «Jeromo el del Puente», o «Comestibles El Chi». Estas latas se forraban con retales de tela negra imitando los tambores de La Convocatoria.

Las niñas vestían con su traje de domingo y una peineta hecha con cartón que teñían de marrón. De mantillas utilizaban el velo negro de encaje que sus madres tenían para asistir a misa. Alumbraban con un cirio de cera y sobre su cuello lucían una cadena con medalla, algunas iban maquilladas con un poco de carmín en los labios y portaban abalorios de sus madres o hermanas mayores.

Estos desfiles se realizaban prácticamente en todos los barrios de Orihuela, pero estaban muy logrados los de la calle Meca, calle del Horno, calle Acequia, algunas calles del Rabaloche, calle de Arriba, plaza de Santa Lucía, La Mancebería. […]

Está claro que estos «desfiles procesionales» que solo se circunscribían al entorno de la calle o plaza donde se realizaban se trataba de un juego de niños, pero era la otra Semana Santa que ahora renace con nuevos niños, con nuevos y mejores medios, pero siempre con la misma vocación: el amor de los oriolanos por sus tradiciones que se transmite de padres a hijos.

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