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Opinión | Tribuna

¿Qué nos pasa con el fin del mundo?

Quizá la fascinación por el fin no es solo una cuestión de morbo, sino también una necesidad de encontrar algo vital en ese caos

Las imágenes del apagón en Elche.

Las imágenes del apagón en Elche. / Áxel Álvarez

La promesa era clarísima: la exposición permite a los visitantes sentirse como pasajeros a bordo del transatlántico, explorando su historia y su trágico fin de forma inmersiva. Y con esa sensación de morbo fui a ver la exposición del Titanic que está estos días en Barcelona. La promesa después lo es un poco a medias y en el desajuste encontré la pregunta: ¿de verdad deseaba sentir cómo es estar en un barco que se hunde en medio de aguas heladas en las que nadie podría sobrevivir? Es un éxito, la cola era larguísima y casi no quedaban entradas.

Hay algo en las catástrofes ajenas o en las casi catástrofes que nos hace sentir muy vivos. El lunes del apagón había una especie de comunión apocalíptica entre los ciudadanos. Parecía más sugerente la versión del ciberataque que el prosaico fallo del sistema y rondaba una alegría terminal: si se tiene que acabar, que se acabe para todos a la vez y que nos pille tomando una cerveza al sol. ¡Qué remedio! 

Lo hemos visto en las series donde el fin del mundo es casi un género es sí mismo. A las puertas del apocalipsis no hay nada que hacer. Se acumulan las propuestas en las que un apagón, una crisis climática o un virus ponen a los protagonistas al límite de la supervivencia. ¿Qué harías tú? ¿Con quién te irías? ¿A quién ayudarías? ¿De qué serías capaz para salvar tu vida? ¡Estamos hambrientos de aventuras! Personas queridas que se vuelven zombis, mundos sobrenaturales, kits de emergencia y sálvese quien pueda. En los 90 teníamos a MacGyver, hoy no somos capaces de ver todas las series que giran sobre el fin del mundo. ¿Qué nos pasa con eso? ¿Por qué nos atrae tanto? Es como si, en alguna parte, deseáramos ver hasta dónde llegaríamos cuando todo lo demás se desmoronara. Quizá la fascinación por el fin no es solo una cuestión de morbo, sino también una necesidad de encontrar algo vital en ese caos, algo que nos despierte, nos conecte o, quizás, nos libere de la rutina. O de la expectativa de una desaparición lenta y progresiva, previsible y nada heroica. Estamos aquí y habrá un día que no. Quizá hay algo épico en irse a lo grande. Un final rotundo, sin duda, rompe la expectativa.

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