Opinión | Tribuna
Y en mayo, san Isidro Labrador

Iglesia de las santas Justa y Rufina, lugar donde comienza la romería de san Isidro Labrador de Orihuela. / Tony Sevilla
En el mes de mayo, todos los años, me vienen a la memoria las fiestas que se celebraban en mi niñez en honor de san Isidro Labrador en mi Orihuela natal. Esta festividad era importantísima en los años 40 y 50 del siglo pasado. Se conducía en romería el santo desde su sede en la Iglesia de las santas Justa y Rufina hasta la ermita ubicada en el barrio de su mismo nombre. Iba tanta gente a pasar el día que, con el fin de coger un buen sitio, muchos pernoctaban la noche anterior en el lugar para montar sus cobertizos, invadiéndose todo desde la ladera del túnel hasta la entrada de la actual barriada. Por entonces aquella zona era un abrupto campo lleno de algarrobos, pinos y chumberas.
En las primeras horas del día de san Isidro desfilaban carrozas ornamentadas con ramaje de álamos y flores por toda la ciudad, llegando hasta la barriada. Las rondallas competían entre sí, unas de las más populares de la ciudad eran las del «Gordito el Panadero» de la barriada del Rabaloche, y otra la de los «Mamaillos» en la plaza Condesa Vía Manuel. Cantaban y bailaban las chicas y chicos ataviados con el traje típico, aquella letrilla cuyo estribillo decía así:
San Isidro, San Isidro/
San Isidro labrador/
danos salud y alegría/
para que el año que viene/
volvamos en romería […]
Algunos jóvenes en grupos organizados vestían el traje típico huertano con zaragüell.
A continuación se celebraba misa solemne en la ermita del santo, una vez concluida ésta, las mujeres se disponían a preparar la comida que solía cocinarse allí, casi siempre arroz con conejo al estilo huertano, mientras tanto las chicas saltaban a la comba, los chicos jugaban al fútbol en alguna de las planicies del escarpado terreno y, los más mayores, se echaban su partida de «julepe» o de «caliche» mientras se iban tomando la primera «paloma» o «canario».
Tras la comida, la gente caía rendida con mantas en el suelo a la sombra de los árboles. El madrugón y las abundantes viandas que, generalmente iban acompañadas del buen vino de las bodegas Payá o Pomares, hacían su efecto soporífero y nadie se resistía a la siesta.
A la puesta de sol comenzaban a recoger los enseres y procedían al regreso a sus domicilios una vez concluida la jornada festiva y campestre, no sin antes hacer una visita de paso a la Patrona de Orihuela, Ntra. Sra. de Monserrate.
Aquellas fiestas populares fueron perdiéndose en aras de la modernidad. La proliferación de vehículos y la segunda residencia —generalmente en las playas de Torrevieja— han hecho que las costumbres hayan cambiado ¿Para bien?... Lo ignoro.
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