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Opinión | Tribuna

La bestia y Brecht

Bertolt Brecht.

Bertolt Brecht. / INFORMACIÓN

Este año se cumplen los setenta de la muerte de Bertolt Brecht, un escritor alemán que utilizó sus más de dos mil páginas de literatura dramática como panoplia contra los autoritarismos del primer tercio de siglo XX. Brecht pasa a dominio público este año. En 1940, durante su exilio en Helsinki, Brecht escribió una parábola sobre el ascenso de Adolf Hitler y la llamó “El evitable ascenso de Arturo UI”, en el que su protagonista es un gánster. Hay una frase espléndida de Brecht en boca de Butcher: el especulador empedernido siempre visita a su abogado acompañado de otro abogado”. Releyendo sus páginas, me he hecho una serie de preguntas sobre nuestro contexto.

¿Hasta qué punto somos indulgentes con el comportamiento reprobable hasta la náusea en política? ¿Hasta qué punto consideramos que el matonismo es una actitud natural en política como las balas en la guerra o el tipo de interés de una hipoteca? ¿Hasta qué punto hemos naturalizado que un político puede ser maltratado, puede ser objeto de bullying o de mobbing como parte de su carrera y de su nómina a cambio de un salario público? ¿Hasta qué punto consideramos ya un valor intrínseco que los cargos políticos orgánicos como institucionales son aquellos que muestren más capacidad de depravación, de falta de escrúpulos, de deslealtad? ¿Hasta el punto de considerar esto lo mismo que unas maniobras militares con fuego real?¿Hasta qué punto la política hace salir a la bestia que llevan algunos dentro porque el contexto en el que vivimos no solo lo admite de buena gana sino que lo valora como un atributo necesario en el gobernante? ¿Hasta qué punto se considera hoy día que esto es así porque debe ser así? ¿Cuándo fue el momento en que cambiamos la teogonía por la antropogonía? ¿Cuándo empezamos a considerar el diálogo como flojera, el entendimiento como horror vacui? ¿Cuándo empezó esto de considerar todas las preguntas anteriores como retóricas?

Para demasiada gente, el ejercicio político empezó hace mucho tiempo a ser un acto básicamente repugnante llevado a cabo no ya por gente inexperta y hasta ignorante que solo busca un salario, sino por gente dedicada a la coacción, a la extorsión, al chantaje, al acoso. ¿Hasta qué punto tiene ahora solución que se regule con leyes desmontar lo que durante decenios no solo se ha permitido sino que se ha alentado en tantos despachos? Como Arturo Ul, que nos obliga a vender coliflor a punta de pistola. ¿Hasta qué punto se oye la voz de la prensa responsable cuando han alimentado a la bestia que algunos llevan dentro hasta convertirla en un simple monstruo gesticulante, que brama y chilla contra todo? Y sobre todo y fundamentalmente: si hemos dado a luz a una bestia contra la democracia, ¿hasta qué punto nos hemos de extrañar de que terminemos votando y dejando que nos gobierne mañana esa misma bestia?

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