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Opinión | Miradas alicantinas

Sombra y descanso eterno en Tabarca

La Plaza Grande de Tabarca.

La Plaza Grande de Tabarca. / INFORMACIÓN

A caballo entre los años 1912 y 1913 dos destacados acontecimientos tuvieron lugar en la isla de Tabarca. Unos eventos que animaron el tranquilo día a día de una isla que, pese a haber entrado con el resto del mundo en el siglo XX, seguía anclada en el pasado, por lo que cualquier evento que distrajera su quehacer diario era todo un acontecimiento. En esos primeros años del nuevo siglo Tabarca comenzaba un lento progreso. Aún quedaban varias décadas para que el turismo lo cambiara todo.

Iremos por orden. El 8 de diciembre de 1912 la isla de Tabarca organizó su Fiesta del Árbol, una popular celebración que arraigaba en nuestro país y que viviría su apogeo durante los años de la Dictadura de Primo de Rivera.

Según narró Diario de Alicante, la idea surgió del alcalde pedáneo Pascual Chacopino y, como en todas las celebraciones del Día del Árbol, contó con la participación de los escolares de la isla. A las autoridades se unió también el poeta malagueño Salvador Rueda, que pasaba largas temporadas en Tabarca, isla que hoy le recuerda con una calle a su nombre. 

Acompañados por los maestros Manuel Seva y Josefina García los alumnos desfilaron en pareja por las calles del poblado acompañados por la dolçaina i el tabalet hasta la Plaça Gran donde entonaron los himnos patrióticos de rigor. El día anterior los mismos alumnos habían llevado en procesión los jóvenes tallos de los nuevos árboles que poblarían la plaza principal de la isla. Habían sido donados por el ingeniero Francisco Mira que en esos momentos trabajaba en la reforestación del monte Benacantil. Varios tabarquinos se habían desplazado días antes a los viveros de Guardamar a recoger los arbolitos. Con la ayuda de los vecinos de la isla, treinta y cinco ejemplares de pinos, moreras, acacias y otras especies, fueron plantados en el corazón de una isla que carecía de la más mínima sombra. Las mujeres tabarquinas ayudaron también en la tarea trayendo cántaros de agua del aljibe y dando forma a los alcorques.

Habría que esperar al año 1957 para que la Plaza Grande recibiera de nuevo su arbolado

Al llegar frente a los árboles plantados el día anterior, cada alumno colgó una tablilla con su nombre en el tronco del ejemplar escogido. Otros tres árboles fueron dedicados al Ayuntamiento de Alicante, al ingeniero Francisco Mira y a la Asociación de la Prensa. Tras los discursos de los maestros y del cura de la isla, Eleuterio Rico, se ofreció una merienda a los alumnos.

Por desgracia los árboles no debieron durar mucho. Si revisamos las imágenes del vuelo americano de 1945-47 vemos una plaza absolutamente desértica; un auténtico erial. Ni rastro de la plantación infantil. Habría que esperar al año 1957 para que la plaza recibiera de nuevo su imprescindible arbolado parte del cual se mantiene a día de hoy.

Poco después, con el inicio del año 1913, Tabarca veía conseguida una de sus peticiones más repetidas: tener un nuevo cementerio. Como cuenta Armando Parodi en su blog La Foguera de Tabarca, los tabarquinos habían solicitado en 1911 un lugar digno para enterrar a sus muertos. Y es que el viejo cementerio, situado frente a la Puerta de Levante se encontraba en un estado lamentable pese a los parches y reparaciones. Los huesos, mortajas y maderas roídas se extendían por la exigua superficie de un camposanto ya colmatado donde era fácil meter la pierna hasta la rodilla en un ataúd podrido enterrado a ras de suelo. 

El cementerio de la isla.

El cementerio de la isla. / Google

El nuevo camposanto situado en el Cabo Falcó entró en uso con el entierro del primer cadáver el 24 de enero de 1913. Tal y como contó el diario El Luchador se daba la casualidad de que el primer tabarquino allí enterrado, Francisco Ruso era hermano de la última persona enterrada en el viejo camposanto, Cayetana Ruso, fallecida la víspera de Reyes. Apenas unos días de diferencia entre ambos decesos significaron la separación de los dos hermanos en dos cementerios diferentes. Casualidades de la vida.

Con unas dimensiones aproximadas de 40 metros de fachada por 20 de longitud, la construcción del nuevo cementerio de Tabarca fue aprobada por la Corporación presidida por el Alcalde Federico Soto estimándose un importe de 2547,87 pesetas (poco más de 15€). Los tabarquinos pagaron religiosamente su parte del coste de las obras con el dinero sacado de la venta del agua de los aljibes, pero el Ayuntamiento demoró el pago de su parte ante la falta de liquidez. Por todo ello el constructor Tomás Antón se negó a entregar a las autoridades la llave del cementerio que había quedado terminado el 15 de enero de 1913. Tras la promesa de pago del nuevo Alcalde Edmundo Ramos se procedió a la entrega de la llave y a inaugurar de forma discreta el nuevo cementerio de Tabarca.

El viejo cementerio, ya sin uso, vio acelerada su degradación. En la documentación conservada en el Archivo Municipal leemos que en agosto de 1925 el Alcade Pedáneo Tomás Baeza comunicó al Ayuntamiento que el viejo camposanto estaba en un estado lamentable, añadiendo que «hasta los perros frecuentan dicho lugar, dándose el caso de haber sacado algunos huesos de cuerpo humano». Sorprendentemente el Ayuntamiento en su respuesta, afirmaba desconocer si el nuevo cementerio había sido ya inaugurado y si ya se podían hacer enterramientos. Y eso que había pasado más de una década desde su construcción. 

El viejo cementerio, situado frente a la Puerta de Levante se encontraba en un estado lamentable

El cura párroco, Miguel Díaz, del que dependía el cementerio, respondió al Ayuntamiento indicando que desde 1913, fecha de apertura del nuevo cementerio, ya no se realizaban enterramientos en el viejo. Al igual que el Pedáneo, Díaz alertaba del estado de ruina de las tapias y de la necesidad de la monda del viejo camposanto y del traslado al nuevo de los restos humanos que quedaban.

Curiosamente dos años antes, al instaurarse el gobierno dictatorial, la Inspección de Sanidad, con el médico Pascual Pérez a la cabeza, ya había estimado conveniente la desaparición del viejo cementerio y el acondicionamiento del terreno una vez trasladados los enterramientos al osario del nuevo camposanto. Por lo visto nadie se había leído el informe.

De nuevo fue Tomás Antón, el constructor del nuevo cementerio, el encargado del derribo, terraplenado y saneamiento del viejo camposanto una vez cumplido el plazo de un mes para el traslado de los cadáveres reclamados. La obra se presupuestó en un primer momento en 1295 pesetas (7,80 euros), importe que quedó reducido poco después al revisarse el jornal de los tres peones y del maestro de obras a sugerencia del Arquitecto municipal Francisco Fajardo. 

En 2022, ante la saturación y la falta de espacio para nuevos enterramientos, el Ayuntamiento de Alicante acordó ampliar el cementerio de Tabarca, triplicando así su capacidad. 

Los cementerios de Tabarca y Villafranqueza así como el parroquial de Tángel, de los que ya hemos hablado en estas páginas, son los únicos cementerios situados en las partidas rurales de Alicante.

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