Opinión
Hogueras y daños colaterales

Niños jugando con petardos, en una imagen de archivo. / Pilar Cortés
Cuando me dispongo a escribir este artículo nos encontramos inmersos en las fiestas de las Hogueras de San Juan. Todo debe transcurrir dentro de la normalidad: mascletàs, plantà de las hogueras y barracas, música y jolgorio. Nada que objetar. Pero hay algo que las autoridades locales deben de eliminar de inmediato: el vandalismo de algunos salvajes que, aprovechando la impunidad que les da la fiesta, se dedican a poner petardos de alta intensidad en los portales de los edificios e interior de las papeleras o contenedores, produciendo un gran estruendo y alarmando a vecinos y viandantes. Estos personajes disfrutan mucho más disparando sus potentes artefactos en la madrugada, dándoles lo mismo perturbar el descanso de enfermos, ancianos, bebés, personas con discapacidad, mascotas, etc. Lo único que están consiguiendo es que cada vez más alicantinos aprovechen estos días de fiesta para marcharse de viaje o a casa de algún familiar fuera de la capital. ¡De pena, siempre tienen que huir las personas educadas dejando su espacio a los bárbaros!
En Alicante no es extraño ver a menores, yo diría muy menores, con un mechero en la mano derecha y los bolsillos abarrotados de petardos, lanzando continuamente sus, al parecer inocuos explosivos, con el beneplácito de sus padres. Y en algunas ocasiones, cuando estas detonaciones molestan a algún viandante, sus progenitores les ríen la gracia.
Pero, si analizamos el tema, aquí existen varios responsables. Primera imprudencia: los niños más pequeños, según algunos padres, también tienen derecho a “divertirse”. Es evidente que a tan temprana edad no se deben manipular mecheros ni petardos, por muy inofensivos que parezcan.
La Policía Local, tan rápida en llamar a la grúa para arrastrar vehículos, poner multas de tráfico y realizar intervenciones que puedan reportar pingües ingresos a las arcas municipales, a la hora de sancionar a los infractores en materia de explosivos mira para otro lado porque, al parecer, en fiestas todo vale.
Hay que ponerle coto a estas prácticas que no son tan inocentes como quieren dar a entender. La pólvora es siempre peligrosa y, aún manipulándola los especialistas, hay veces que son inevitables los accidentes mortales.
Otro inconveniente para las personas y mascotas citadas anteriormente: los horarios. Está claro que, en su mayoría, no son respetados, por lo que las personas que tienen que trabajar, así como los discapacitados intelectuales, ancianos y demás seres sensibles a esta clase de ruidos, a falta de no poder ausentarse de la ciudad, sufren durante las fiestas las consecuencias, llegando, incluso, a tener que medicarse para soportarlo.
En fin, ahora que tanto se habla de solidaridad, seamos conscientes de que, todo el mundo no puede participar de las fiestas y merecen su derecho al descanso.
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