Opinión | Tribuna
El globo

Globos ya deshinchados, junto a otro que ha sido pinchado. / FERRAN MONTENEGRO
Es un amanecer digno de verse. Las nubes surcan el cielo dejando una estela de copos grisáceos, acariciando el sol su vientre con dedos de un matiz rosáceo. Durante demasiado tiempo los días y noches fueron extremadamente cálidos. Esa mañana hace fresco. ¡Ya era hora!
Asomado al balcón contemplo que Elche viste de verdor y lozanía advirtiéndose aún el limpio olor de la extinta madrugada libre de la fetidez del tráfico.
Acabo mi tanda de ejercicios, y cuando me dispongo a devorar el desayuno flotan en el ambiente de la cocina las voces cautelosas de locutores y analistas desmenuzando la actualidad. No tardé en desazonarme con el «come-come» que esas noticias me producen. Y enseguida me viene a la mente una imagen.
En determinados programas de entretenimiento una de las pruebas consiste en responder tandas de preguntas o superar una serie de pruebas que, en caso de error, se penaliza con un arreón de aire a un enorme globo que de esta forma va inflándose hasta reventar. Y esa es la sensación que me produce el alud de acontecimientos que desde hace ya demasiado tiempo se vienen desarrollando.
El terrible drama de Gaza, al que asistimos como quien disfruta de una película y nos está llevando a un estado de indiferencia que hace dudar de la condición humana. Los esfuerzos para aislar, separar deporte y política cuando no debemos obviar que los Principios Fundamentales del Olimpismo, incluidos en la Carta Olímpica, recogen: «El objetivo de este movimiento es poner el deporte al servicio del desarrollo armónico de la Humanidad». Verdad es que reconoce que «la práctica del deporte ocurre en el marco de la sociedad; las organizaciones deportivas del Movimiento Olímpico aplicarán neutralidad política». Pero, no obstante, la neutralidad es más difícil de lo que parece. En sus comienzos históricos en la celebración de los juegos se establecía una tregua militar entre los distintos pueblos. Por tanto la simbiosis entre deporte y política es antigua. La manida máxima de que es apolítico sirve de apoyo y blanqueo a determinados regímenes. De ahí, gestos como el de Muhammad Alí, los JJ OO en la Alemania nazi, el «apartheid», la vuelta ciclista...
A todo esto, a la hinchazón del globo abunda la ideologización y politización de casi todo. El «ellos o nosotros». Los extremos que se «hooliganizan» y no permiten el diálogo mínimamente organizado, alcanzando cotas cuanto menos preocupantes dando la cara disensiones y asomando fuerzas peligrosamente activas de origen extremista a uno y otro lado, muy venidos arriba. La sobreinformación con la respectiva carga emocional excesiva con opiniones extremas que se retroalimentan, manoseando los asuntos a tenor de los intereses de unos u otros, petulantes y vehementes. La sensación de que el relativo bienestar del que disfrutamos, el orden social y el económico se descomponen, se desintegran. La incertidumbre ante el futuro a lo que se añade la opresiva sensación de encontrarnos inmersos en una sociedad individualista y en grado sumo competitiva. Todo ello provoca distorsiones cognitivas y errores en el proceso de asimilar la información.
El comportamiento de gobierno y partidos, o de los políticos; de la falta de acuerdos y la nula capacidad de colaboración proliferando las deleznables puestas en escena en las que los oponentes se desgastan; y sutiles mecanismos que erosionan el sistema, que lo desmoronan lentamente. Basta invertir un momento para la reflexión y pensar en la tumultuosa aparición de razones para explicar este hartazgo por las medidas, acciones y decisiones que en más de una ocasión esconden intereses espurios. Y salvo laudables excepciones la dedicación a la política cada vez exige más experiencia profesional y vital, más conocimientos, aptitudes y actitudes, precisándose con urgencia más estadistas y menos mediocridad y arribismo con ocurrencias estultas. La sensación de estar bajo liderazgos corruptos, por causa de unos cuantos, y su ineficacia ante los problemas reales condicionan el deseo de un cambio radical en las estructuras. La cultura de la desafección, hartazgo constante que va insuflando fétido aire al globo. Tiempos de desconexión del mundo político y, al final, desinterés. Algo habrá que hacer por parte de quien corresponda para que ese globo se desinfle. Y cuanto antes, mejor. No existen espacios para el silencio, todo se amasa en un «totum revolutum» que taladra las entendederas y sume en un estado de ánimo tan bajo que te va tumbando. Lo queremos todo y ya, nos cansamos al instante de la nueva mercancía, de las aficiones, de las relaciones. Divagamos con la mente dispersa y no somos capaces de mantener la atención de forma constante. Instalados en el temor, la parálisis y la contención respirando una realidad compleja. No existe nada más triste que uno vaya decepcionándose del mundo, de la gente. En este ambiente opresivo de codicia desmedida y odio que poco a poco va diluyendo todo escenario en el que se albergue, se cobije la ternura, el amor, la espiritualidad, la amistad. En el que ni siquiera nos conmuevan las desgracias ajenas. En el que se pierden, o al menos se ponen en duda la mayoría de las certidumbres. Niveles significativos de estrés, ansiedad, con los jóvenes afectados por una serie de factores adversos y carentes de expectativas. La gente anda de un lado a otro con la preocupación y tristeza en sus rostros. Podemos llegar al agotamiento, al cansancio mental por un abuso de la conectividad que conduce a la sobreexplotación; a una sensación pavorosa a veces. Contribuyamos a desinflar el globo o, al menos, no colaboremos en insuflar más pernicioso aire.
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