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Opinión | Tribuna

Diga 33

Cartel de la muestra.

Cartel de la muestra. / INFORMACIÓN

Quizá se pueda resumir lo que supone la historia de las 32 ediciones previas de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos que el Ministerio de Cultura organiza en Alicante comparándola con el efecto de leer todos los dramas históricos de William Shakespeare en una tarde sin luz y con amenaza de dana. La Muestra ha parecido alternar una zozobra inadmisible el día de la batalla con un tedioso sitio de la ciudadela el resto del año.

Y así ha sido durante treinta y dos años, se dice pronto. No le vamos a restar dificultades a la organización de esta edición, in extremis de nuevo, pero es bien cierto que flotan en el ambiente otras sensaciones, contrarias a las que se respiraban tras la 32 edición, cuando incidencias internas salieron a la luz. Los éxitos también tienen responsables, y si ante los fracasos hay que demostrar descontento, es justo ofrecer lo contrario a lo bien ejecutado.

Para empezar, el clima de incertidumbre sobre la organización de la Muestra ha cesado (por el momento). El INAEM respondió en tiempo y forma, el diputado de Cultura Juan De Dios Navarro refrendó el nombramiento de una nueva dirección inmediatamente y se puso en marcha con el resto de instituciones. Cuando la Administración quiere, tiene cintura. Que Aguas de Alicante se haya incorporado en esta edición como anfitrión de la presentación de la Muestra es otra buena noticia.

La novedad con respecto a estas pasadas ediciones es que un dramaturgo y director de escena se encarga de nuevo de la Muestra, Roberto García (València, 1968). Roberto se distingue por escuchar a las voces más emergentes tanto como a las grandes majors porque en parte esa ha sido su trayectoria hasta hoy. Y sobre todo por tener sensibilidad hacia el estrato más joven. Roberto se ha sabido rodear, además, de un equipo local de amplia experiencia en la gestión cultural, recuperando el estilo de Guillermo Heras. No podemos olvidar que también suma el hecho de haber sido director de Artes Escénicas del IVC.

La programación recoge en tiempo récord un muestrario donde destaca haberse adelantado a la concesión del Premio Nacional de Literatura Dramática con la programación de Victoria Szpungberg, como también el estreno de la única persona valenciana que ha alcanzado ese mismo premio, la alicantina Lola Blasco, en una producción del IVC (con dos sesiones por primera vez). Merece atención el énfasis en autoría valenciana a consecuencia de la dana de 2024. Así, vendrá el que posiblemente es el autor más disruptivo (en cualquier sentido) de la ciudad de València, Xavo Giménez, pero no menos interesante serán las visitas de Patrícia Pardo o Ester Medrano.

Otra de las novedades es la recuperación del teatro de animación. Hay que celebrar la visita de Sònia Alejo y Tomàs Ibáñez, a los que se suma Estela Santos y su recorrido urbano. En general, la programación se sustenta por la amplia participación de dramaturgas actuales. Es decir, es una muestra realista. Si he de poner un pero, es la curiosa participación de adaptaciones. Creo que incorporar en estas últimas ediciones adaptaciones o versiones de novelas deja en mal lugar a la convocatoria abierta de recepciones de títulos dramáticos originales y quizá desmerece a la dirección. Que este año se incorpore la de un novelista tristemente desaparecido como Francisco Casavella, por muy interesante que sea la versión escénica o represente a mi generación, no deja de parecerme un flaco favor a una muestra de autores de teatro contemporáneos vivos. Llámenme rígido.

Por otra parte, el ímpetu del aspecto sociocultural crece en esta edición con más acciones, todas ellas bien interesantes, acciones que cosen la autoría teatral con el ámbito social y la vida en los barrios, siempre despreciada. A destacar, las acciones con los sindicatos de inquilinos y la de los trabajadores sociales. Quizá con el tiempo veamos que la Muestra se extiende a la periferia, como el Encuentro de Teatro de Alicante en los años ochenta, sustituido por esta muestra, precisamente. Y quizá también veamos la recuperación de la autoría infantojuvenil.

Les seguiría hablando de sus eventos, pero lo conveniente es que les intoxique cuanto pueda de buen rollo para que no falten a la cita. Quizá como colofón y siempre bajo mi inmodesta opinión, parece que la muestra recobra el vuelo en el ecuador de los años veinte entre la irreparable pérdida de Guillermo Heras y el horizonte prometedor de una nueva dramaturgia española en carne viva. Quizá al fin y ojalá, now is the winter of our descontent.

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