Opinión | Tribuna
Un año después de la dana: memoria, verdad y dignidad

Rafa Arjones
Este 29 de octubre se cumple un año desde aquel día en que la dana arrasó con todo lo que encontró a su paso. Un año desde que la lluvia se convirtió en tormenta, la tormenta en tragedia y la tragedia en duelo. Un año desde que muchas familias quedaron rotas para siempre, desde que nombres propios, personas, vidas, sueños, se convirtieron en cifras que alimentaron titulares fugaces.
Y aquí estamos, doce meses después. El agua se retiró, las calles se secaron, las casas se reconstruyeron a medias y los políticos cambiaron de agenda. Pero el vacío, ese agujero negro en el alma de quienes perdieron a los suyos, sigue intacto. A veces incluso más grande, porque lo único que puede doler más que la muerte es la indiferencia.
Las familias que aquel día lo perdieron todo aún siguen esperando explicaciones. Siguen golpeando puertas que nadie abre, siguen reclamando papeles que nadie entrega, siguen buscando una justicia que se escurre como agua entre las manos. ¿Qué falló? ¿Qué protocolos no se activaron? ¿Quién debía haber avisado y no lo hizo? ¿Quién decidió que aquel riesgo era asumible? Silencio. Silencio administrativo, silencio político.
No solo se perdieron los seres queridos, se perdió la normalidad, la confianza en las instituciones, la inocencia de creer que alguien se haría responsable. Lo que quedó en pie aquel día fue el dolor, y lo que ha quedado un año después es la certeza de que nadie, salvo las familias, están dispuestas a cargar con la memoria de lo ocurrido.
Debemos aprender para que no se repita lo sucedido. Y aquí, lo cierto, es que ni se aprende ni se recuerda. Apenas se improvisan homenajes tibios, se colocan coronas de flores oficiales y se pronuncian discursos huecos que pesan menos que una gota de lluvia.

Imagen de archivo de la dana de Valencia. / INFORMACIÓN
No, no basta con recordar con solemnidad impostada. Hace falta memoria con dignidad. Hace falta verdad. Porque sin verdad no hay duelo posible, y sin duelo no hay futuro. La memoria de las víctimas no se honra con minutos de silencio, sino con horas de investigación. Y la dignidad de las familias no se conquista con abrazos de ocasión, sino con respuestas claras, con responsabilidades asumidas.
Un año después, esta tribuna quiere ser también un grito incómodo: las vidas que se fueron no son números que archivar en una estadística de fenómenos meteorológicos. Fueron madres, padres, hijos, abuelos, vecinos. Tenían proyectos, tenían rutinas, tenían futuro. Y lo perdieron porque un sistema falló, porque un engranaje no funcionó, porque las alarmas que debían sonar no sonaron o sonaron tarde.
La dana fue un fenómeno natural, sí, pero la tragedia humana fue consecuencia de la desidia. No nos engañemos, la lluvia no mata por sí sola, mata la negligencia, mata la falta de previsión, mata la soberbia de pensar que nunca pasará nada.
Por eso, hoy no basta con llorar a las víctimas, hay que exigir verdad por ellas. No basta con compadecer a las familias, hay que acompañarlas en su lucha. No basta con mirar al cielo, hay que mirar a los despachos donde se esconden las responsabilidades.
El aniversario de esta tragedia no debería ser solo un recordatorio triste, sino una advertencia contundente. Porque lo que no se esclarece se repite. Y lo que se repite, mata de nuevo.
En memoria de quienes se fueron y en apoyo de quienes se quedaron con la herida abierta, esta tribuna no pretende ser un adiós, sino un reclamo. Que la voz de los que claman por justicia no se apague debajo del ruido del silencio. Que los nombres de las víctimas no se disuelvan como tinta en el agua. Que la memoria pese. Que la verdad incomode. Y que, al fin, la dignidad se abra paso entre la indiferencia.
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