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Opinión | Eurogaceta

Kayed

Palestinos regresan a lo que queda de sus barrios en el norte de ciudad de Gaza tras la retirada de las tropas israelíes por el acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamás.

Palestinos regresan a lo que queda de sus barrios en el norte de ciudad de Gaza tras la retirada de las tropas israelíes por el acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamás. / Europa Press/Contacto/Omar Ashtawy

"En 1948, la comunidad internacional había despejado el camino para una catástrofe, una catástrofe tan intensa que tomó su nombre de la palabra árabe Nakba"

Illian Pappé

Kayed no tiene lágrimas, se le agotaron hace muchos años, a veces llora hacia dentro.

Kayed ha sufrido torturas, la cárcel, las bombas, es una víctima de un genocidio eterno y sin final a la vista.

Kayed camina con algún problema, pero siempre te cede el paso amablemente y observa todo lo que pasa a su alrededor mientras avanza, no quiere perderse un segundo de vida, después de la muerte.

Kayed no quiere tomar arroz, lo aborrece porque ha sido una dieta obligada por la penuria durante muchos años. Mira, casi disecciona, las sabrosas algas verdosas de la guarnición del salmón que le prepara Manolo y nos recuerda su menú gazatí que podía incluir cualquier hierbajo, pienso de animales e incluso tierra.

A Kayed le parece sorprendente la diferencia que aquí hacemos entre agua potable y no potable, y reconoce que para su familia es una bendición abrir un grifo en España o tener más allá de ocho horas diarias de luz, gracias a un simple interruptor. Son las diferencias entre el primer y tercer mundo, aunque matiza que Gaza no es el tercer mundo, es el cuarto, el quinto o el sexto mundo

Kayed y los suyos llevaban sufriendo casi veinte años la tortura psicológica de los drones israelíes sobrevolando su cielo, sustituyendo sus estrellas. Explica que la sofisticación de la deshumanización llegó a partir de octubre de 2023 cuándo a estos sofisticados aparatos les incorporaron crueles sonidos de bebés llorando, gritos de mujeres o ladridos de perro, con un volumen ensordecedor que el ejército israelí aumentaba hasta la locura en plena madrugada gazatí.

Uno de las zonas más afectadas por los bombardeos israelís en Gaza.

Uno de las zonas más afectadas por los bombardeos israelís en Gaza. / Agencias

Kayed se siente culpable por dormir ahora en una cama en España, tener luz eléctrica, caminar por un parque o un jardín bien cuidado y repleto de colores y olores; se siente culpable por dormir sin ruidos, respirar aire puro. Se siente culpable por ser un superviviente y piensa constantemente en sus compatriotas, en los que viven y permanecen en aquel infierno, y también recuerda a los que murieron, familias enteras, y entiende que la supervivencia conlleva la responsabilidad de sacar adelante a su familia y contar el genocidio allá donde le inviten porque es lo menos que merecen los palestinos.

Kayed perdió a su hijo mayor en Gaza cuando intentaba llevar medicinas a un amigo herido en el hospital: “(…) Es lo peor que le puede pasar a cualquier padre, la muerte de un hijo”. La muerte por todos los lados, en todo momento, ese ha sido su día a día durante todos estos años, y solo el azar, estar uno o dos centímetros más cerca o más lejos, su perspicacia, su instinto, ser invisible, conocer cada piedra de Gaza, le han salvado de morir y permitido salir del infierno, su infierno.

A Kayed le sacaron de Gaza tres periodistas españoles que promovieron el respaldo para una acción diplomática que acabó en éxito, no lo esperaba, no lo buscó, pero está en España y no quiere perder un minuto de tiempo, está cansado, necesita paz, pero su misión es denunciar, con voz pausada y firme y lleno de argumentos, la barbarie que han sufrido y sufre su gente palestina. Porque la limpieza étnica no empezó el 7 de octubre de 2023, fue mucho antes, allá por 1948, y no ha cesado, aunque hoy el relato ha cambiado, hoy el mundo entero sabe -gracias a personas como Kayed y cientos de periodistas palestinos, 273 de ellos asesinados- quienes son las víctimas y quienes los verdugos (los que ejecutan, lo que patrocinan, los que aplauden y los que miran para otro lado).

Kayed habla con orgullo de España o Irlanda y ese orgullo nos lo traslada con entusiasmo y es correspondido y nos contagia y nos agranda el corazón. Nos cuenta que antes nadie conocía Palestina y que el otro día un taxista en Valencia se emocionó al saber que en su asiento de atrás llevaba a un palestino. El relato ha cambiado. El miedo ha cambiado de bando, aunque no lo parezca.

Imagen de archivo de la guerra de Gaza

Imagen de archivo de la guerra de Gaza. / Europa Press/Contacto/Hashem Zimmo

Kayed habla con conocimiento de causa de la profesionalidad de muchos periodistas españoles que no buscan la gloria que no son farsantes, ni suicidas en busca de aventuras o falsos secuestros, simplemente son grandes periodistas que ahora y antes quisieron contar la limpieza étnica en la mayor cárcel del mundo: la franja de Gaza, y en la Cisjordania ocupada y humillada por colonos fanáticos capaces de cometer los mayores crímenes que se puedan imaginar en el nombre de Dios. Y entre todos esos periodistas, Kayed esboza una sonrisa de complicidad y gratitud cuando se refiere a Mikel Ayestaran y Ramón Lobo. Se emociona cuando entra en el aula Ramón Lobo de la UMH y cuando le muestro la jacaranda que se le plantó en el Jardín de los Honoris Causa. Ramón y Kayed eran uno, un buen fixer son los ojos y el alma del periodista en un conflicto y así fue la relación entre ambos.

Kayed mira al Mediterráneo mientras hacemos el recorrido entre Elche y Alicante, y me recuerda que compartimos mar y que más allá del horizonte, lejos, pero no tanto, está su querida Gaza y que sigue en pie, como siempre lo estuvo… y que un día será libre.

Kayed es dignidad y sabiduría.

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